“Enlace Ciudadano” era el nombre del programa de variedades que tenía cada sábado Rafael Correa cuando era presidente de Ecuador. Se trataba de un formato inspirado en el “Aló Presidente” de Hugo Chávez, pero sin electrodomésticos de regalo en medio de los ataques a los medios de comunicación y a la oposición. Entre otras cosas, Correa se dedicaba a comentar las noticias que no le gustaban y, sobre todo, a ensañarse con autores de las columnas de opinión acusándolos de falta de objetividad, es decir, de no opinar lo mismo que él, en una de las secciones curiosamente titulada “La libertad de expresión ya es de todos”. En otro espacio del programa, “La canallada de la semana”, alguna vez atacó monográficamente a algún plumilla -término despectivo para referirse a los periodistas que el Sr. Óscar Puente ha vuelto a poner de actualidad-.
Sin duda, el episodio más memorable fue cuando al caricaturista Bonil le tocó en suerte ser el protagonista. De él dijo: “Estos sicarios de tinta que cobardemente se refugian en un tintero para palabras o caricaturas porque son jocosos y lo que tratan es de desfogar su enfermizo odio, cobardemente porque son como francotiradores que disparan y ellos no pueden defenderse porque ellos son jocosos con sus caricaturas y en realidad expresan su mala fe” (sic).
El motivo de su ira fue una caricatura sobre un operativo policial en el que incautaron los ordenadores del activista Fernando Villavicencio -quien años más tarde sería asesinado cuando fue candidato a presidente-, cuyo título decía: “Policía y Fiscalía allanan el domicilio de Fernando Villavicencio y se llevan documentación de denuncias de corrupción”. Inmediatamente, al periódico que publicó la viñeta se le impuso una sanción equivalente al 2% de la facturación promedio de los últimos tres meses y el autor fue obligado, por el órgano censor del Gobierno, a emitir una rectificación porque “estigmatizaba la labor de la Policía y la Fiscalía”. En respuesta a tamaño argumento, Bonil realizó una nueva caricatura que mostraba a la Policía entrando al domicilio de Villavicencio con educación y amabilidad.
Con una versión menos show business, el expresidente mexicano Andrés Manuel López Obrador -el mismo que mandó la carta al Rey para que pidiera disculpas y que el Ministerio de Exteriores dejó sin contestar- también tenía en “Las Mañaneras”, sus ruedas de prensa diarias, un espacio llamado “¿Quién es quién en las mentiras de la semana?”, donde atacaba a medios y periodistas por noticias que el Gobierno consideraba falsas. Obviamente, era más bien una cuestión de matices, puntos de vista u opiniones, pero el presidente señalaba con nombre y apellido a los plumillas que ponían en evidencia los errores o irregularidades del Gobierno o su entorno.
En honor a la verdad, he de reconocer que los presidentes arriba citados son unos paladines de la libertad de prensa en comparación con los gobiernos autoritarios del dueto Ortega-Murillo en Nicaragua y de Bukele en El Salvador. Aunque a veces Bukele juega al ratón y al gato con periodistas que lo cuestionan, en términos generales ha seguido el ejemplo de la dictadura nicaragüense y ha cortado por lo sano, forzando el cierre de medios y el exilio de periodistas que buscan evitar un inminente encarcelamiento. Les invito a escuchar el pódcast titulado “Canarios de las minas de carbón: las batallas de la prensa centroamericana”, de “El Hilo”, donde se explica la situación crítica de los informadores en esa región. Cubre de forma presencial el momento en que dos de ellos, pertenecientes al periódico salvadoreño El Faro, deciden autoexiliarse cuando, al finalizar un evento internacional sobre libertad de prensa se enteran de que van a ser encarcelados si vuelven a su país por haber publicado un reportaje en el que daban cuenta de la negociación del presidente Bukele con las principales maras de ese país.
Estos son solo algunos ejemplos de los ataques que han recibido y reciben los plumillas desde el poder. Más allá de que existan potenciales conflictos de interés entre los gobiernos y los grupos empresariales que están detrás de los medios de comunicación, siempre me ha sorprendido que sean las personas que escriben artículos de opinión quienes más fastidian a los autócratas o aprendices de. Y me sorprende por dos razones: una, porque sus textos sólo llegan a un reducido grupo de compradores o suscriptores de periódicos; y dos, porque suelen ser escritos largos e incluso engorrosos, con un vocabulario más complejo que aquel al que está acostumbrado el público que no pasa del titular o del video corto como manera de informarse.
El pecado de Aguilar contra Correa y contra Noboa ha sido el mismo: defender la democracia, poner en evidencia la mediocridad de los políticos y denunciar los casos de corrupción y otras malas prácticas
Mi impresión es que les molestan porque encarnan la evidencia de que hay personas que no les temen ni obedecen. Así, los plumillas son señalados o perseguidos porque son la prueba viviente de que se puede cuestionar al poder con la fuerza de la razón, aunque sus argumentos sean distorsionados por la poca capacidad de comprensión lectora de las autoridades y/o sus palmeros que solo ven insultos o desinformación. Estorban porque son personas que optan por la libertad y decir lo que piensan, aunque sepan que sus opiniones no son populares ni mayoritarias. Molestan porque tienen compromiso público, responsabilidad, dignidad y deber cívico. En definitiva, a los autoritarios no les gustan los plumillas porque no les son serviles.
Un caso reciente de plumilla perseguido es el ecuatoriano Roberto Aguilar, un veterano en estas lides. Fue uno de los blancos favoritos en la diana del expresidente Correa y ahora, durante el Gobierno del anticorreísta Daniel Noboa, ha sido separado del diario Expreso después de que las presiones pusieran a la empresa en riesgo de quiebra económica. Y es que el Gobierno, al no conseguir amedrentar a los dueños con juicios varios e intimidaciones de diverso calado, optó por “persuadir” a las empresas que contrataban publicidad en los medios del grupo editorial Granasa, consiguiendo que los periódicos no tuvieran ni un solo anuncio durante el fin de semana anterior a la salida de Aguilar.
Me resulta difícil entender el miedo y los ataques a la prensa del Sr. Noboa. Imagino que cuando estudió para presidente en Harvard, al menos le explicarían los requisitos mínimos de las democracias (poliarquías) de Robert Dahl, donde aparecen como tal la libertad de expresión y la diversidad de fuentes de información. Además, no creo que las crónicas de Aguilar supongan una seria amenaza para la estabilidad de su Gobierno. En línea con lo que decía más arriba, eran textos complejos restringidos a los suscriptores y exigían lectores que vayan más allá de los titulares. El pecado de Aguilar contra Correa y contra Noboa ha sido el mismo: defender la democracia, poner en evidencia la mediocridad de los políticos y denunciar los casos de corrupción y otras malas prácticas. A pesar de la persecución y conociendo los riesgos, no se calló entonces ni se ha callado ahora.
La pregunta es por qué y la mejor forma de saberlo es dejando que Roberto Aguilar nos lo cuente:
“Por eso y mucho más, hoy, más que nunca, es imprescindible no abandonar el periodismo. Porque practicarlo con responsabilidad es una manera de ejercer ciudadanía y la ciudadanía es, precisamente, el aspecto más deficitario de este despotismo (…). La imagen de los ciudadanos arrodillándose ante el dueño del país para pedir justicia, para rogar perdón, ¿no es un retrato cabal de este gobierno? ¿No es esta la antítesis de una ciudadanía informada y consciente de sus derechos, una ciudadanía cuya relación con el Estado esté mediada por una esfera pública activa y vibrante donde los temas comunes se debatan con libertad y sin miedo? ¿Cómo construir esa esfera pública sin el concurso de un periodismo que huya de la propaganda y de la catequesis? No abandonar el periodismo es una responsabilidad ciudadana. Lo es, además, porque no hay mejor manera de defender la libertad de expresión que ejercerla hasta las últimas consecuencias. Porque si algo caracteriza a quienes integran y alientan este aparato de persecución y hostigamiento de periodistas es que no creen en la libertad de expresión”.
Francisco Sánchez es director del Instituto Iberoamericano de la Universidad de Salamanca. Aquí puede leer todos los artículos que ha publicado en El Independiente
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