Cuando un jefe de Estado visita Costa Rica, la recepción oficial incluye a un grupo de niños que porta banderas nacionales. En otros países, estas ceremonias suelen estar a cargo de miembros de las Fuerzas Armadas que rinden los correspondientes honores militares. Sin embargo, Costa Rica no puede reproducir ese protocolo porque carece de ejército desde el 1 de diciembre de 1948, cuando José Figueres Ferrer, presidente de la Junta Fundadora de la Segunda República, anunció su abolición. Dicha decisión quedó consagrada en el artículo 12 de la Constitución de 1949.
No fue ésta la única prohibición, ya que la Junta Fundadora también ilegalizó al Partido Vanguardia Popular, nombre que entonces utilizaba el Partido Comunista Costarricense. Ambas decisiones estuvieron directamente relacionadas con la guerra civil de 1948, que enfrentó al Ejército de Liberación Nacional, dirigido por Figueres, con el Gobierno de Teodoro Picado que estaba respaldado por los seguidores de Rafael Ángel Calderón Guardia, los comunistas y el propio ejército. Tras la victoria de los insurgentes, Figueres presidió la Junta que reorganizó el Estado y sentó las bases de la Segunda República. En resumen, para Figueres los principales factores de inestabilidad eran los comunistas y los militares, y decidió cortar por lo sano.
José Figueres Ferrer no era militar de carrera, sino empresario agrícola, intelectual autodidacta y hombre de acción. Tenía una personalidad enérgica, un marcado sentido de misión y la capacidad de reunir alrededor de sus ideas a sectores muy distintos de la oposición. Su liderazgo procedía menos de una trayectoria política convencional que de su carisma, su audacia y su disposición a enfrentarse al poder. Cuando estalló la crisis de 1948, el grupo armado que encabezó fue denominado Ejército de Liberación Nacional porque sus integrantes se presentaban como una fuerza destinada a liberar al país y a fundar un nuevo orden político. El nombre expresaba el carácter épico que Figueres atribuía a su causa y también su convicción de que Costa Rica necesitaba comenzar de nuevo.
Con la Segunda República empezó una prolongada etapa de estabilidad política y democrática marcada, durante los primeros años, por el predominio del Partido Liberación Nacional, fundado por Figueres y situado en la tradición socialdemócrata, frente a distintas fuerzas conservadoras y calderonistas que terminaron agrupándose en el Partido Unidad Social Cristiana, de orientación de centro derecha. Desde la década de 1980, ambos partidos se alternaron en el poder y articularon uno de los sistemas bipartidistas más estables de América Latina. La pérdida de identidad de ambas organizaciones, su progresiva aproximación programática y varios escándalos de corrupción aceleraron el desgaste.
Las cosas cambiaron en las elecciones de 2002, cuando el recién creado Partido Acción Ciudadana, surgido de una escisión del liberacionismo, obtuvo un resultado suficiente para romper la competencia entre los dos partidos tradicionales y forzar por primera vez en la historia del país una segunda vuelta presidencial. El ciclo se cerró en 2014, cuando el Partido Acción Ciudadana ganó la Presidencia y dejó al Partido Unidad Social Cristiana fuera de la disputa principal. El nuevo partido canalizó la crítica de una generación más joven contra la gerontocracia tica y contra unas élites que parecían repartirse el poder por turnos. Pero la alegría duró poco y, después de gobernar durante dos mandatos, el partido prácticamente desapareció del escenario político. El comienzo de su fin coincidió con la aparición de Rodrigo Chaves, que se presentó como el crítico de quienes habían llegado al poder, a su vez, criticándolo todo.
Rodrigo Chaves era casi la personificación del tecnócrata que se convierte en caudillo. Economista de formación, trabajó durante veintisiete años en el Banco Mundial y tuvo una breve experiencia como ministro de Hacienda antes de presentarse a las elecciones de 2022 por el Partido Progreso Social Democrático, una organización pequeña y sin una estructura territorial comparable a la de los partidos tradicionales, aunque en realidad su partido era él y su propia personalidad.
Chaves trasladó a la política la seguridad del experto convencido de que los problemas públicos tienen soluciones técnicas que no se aplican por culpa de una burocracia ineficiente y de unas élites interesadas en conservar sus privilegios. Sus tendencias autoritarias no se expresaron mediante un rechazo abierto de la democracia, sino en su dificultad para aceptar los límites que la democracia impone al poder. Así, presentó a la Asamblea Legislativa, a la Contraloría, a la Fiscalía, al Tribunal Supremo de Elecciones, al Poder Judicial y a parte de la prensa como obstáculos que impedían cumplir la voluntad popular. En su discurso, los controles institucionales dejaron de ser garantías democráticas para convertirse en excusas al servicio de quienes no querían que el país cambiara.
Su Gobierno obtuvo resultados económicos importantes. Costa Rica mantuvo un crecimiento elevado, redujo el peso de la deuda pública, atrajo inversión extranjera y registró descensos de la inflación, el desempleo y la pobreza. Algunos de estos avances procedían de reformas fiscales anteriores y de una coyuntura internacional favorable, pero Chaves supo presentarlos como pruebas de que su manera de gobernar funcionaba.
Su popularidad se explicó tanto por esos resultados como por su estilo. Hablaba de forma directa, convertía cada controversia en un enfrentamiento entre la ciudadanía y los grupos privilegiados, y ofrecía culpables fácilmente identificables cuando una iniciativa encontraba resistencia. Incluso el grave deterioro de la seguridad y el aumento de los homicidios dañaron menos de lo esperado su respaldo. Una parte importante de los costarricenses no veía en sus enfrentamientos institucionales una amenaza, sino la confirmación de que por fin alguien se atrevía a desafiar a quienes siempre habían mandado. Chaves logró así algo poco frecuente en Costa Rica, convertir el personalismo antinstitucional en una promesa de eficacia.
El éxito político de Chaves ha sido tal que, ante la imposibilidad constitucional de presentarse a una reelección consecutiva, ha conseguido que su antigua ministra Laura Fernández se convirtiera en candidata del Partido Pueblo Soberano y ganase las elecciones de 2026 en la primera vuelta. Más que una sucesión, su victoria representa la continuidad de un liderazgo que no necesita que Chaves aparezca en la papeleta. El aumento de la inseguridad y la expansión del narcotráfico han favorecido una oferta de mano dura que promete leyes más severas, una megacárcel inspirada en el modelo salvadoreño y menos contemplaciones frente a los delincuentes. A esa promesa de orden se ha añadido el enfrentamiento con los órganos de control, los jueces, la Fiscalía y la prensa.
La democracia costarricense se encuentra ahora amenazada por fuerzas que no proceden de los cuarteles, sino de las urnas"
El desacato simbólico ante las instituciones y la presentación de cualquier límite como una maniobra de los enemigos del pueblo han adquirido una centralidad desconocida en la Segunda República. Lo novedoso no es solo que un presidente haya desafiado a las instituciones, sino que una parte mayoritaria del electorado haya premiado esa conducta eligiendo a su sucesora.
La democracia costarricense, que durante décadas fue referente para toda América Latina, se encuentra ahora amenazada por fuerzas que no proceden de los cuarteles, sino de las urnas. La inseguridad genera miedo, el miedo alimenta la demanda de mano dura y el personalismo autoritario ofrece eficacia a costa de saltarse los controles y límites. Las democracias pueden deteriorarse de esa manera, no mediante un golpe repentino, sino con el apoyo de ciudadanos dispuestos a sacrificar instituciones que consideran inútiles cuando sienten que éstas ya no los protegen. Costa Rica demuestra que ninguna tradición democrática es irreversible y que incluso los sistemas más estables son frágiles. Por eso la democracia no solo debe celebrarse con niños y banderas, también hay que cuidarla.
Francisco Sánchez es director del Instituto Iberoamericano de la Universidad de Salamanca. Aquí puede leer todos los artículos que ha publicado en www.elindependiente.com
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