Tres hombres se mueven ocultos entre la niebla de un cementerio a las afueras de Londres. Llevan palas de madera, para no hacer ruido al chocar contra las piedras, una palanca, un gancho de carnicero y un saco de tejido grueso. Se dirigen a robar algo de entre las tumbas, pero no buscan ni joyas, ni ropa ni otros objetos de valor. Puede parecer rocambolesco, pero su labor es en beneficio de la ciencia, y de la humanidad. 

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En menos de quince minutos, estos tres hombres cavan un pozo estrecho que llega justo a la cabecera del ataúd recién sepultado. Introducen la palanca, parten la madera de la caja con un chasquido seco y meten el gancho carnicero buscando la mandíbula o la clavícula del finado. Una vez asegurado, tiran con fuerza hasta que el cuerpo emerge de la tierra como una muela arrancada. Pero antes de meter al difunto en el saco, le quitan meticulosamente la mortaja y la tiran de vuelta a la fosa, desvelando así la motivación del “robo”.  

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Investigación de Tewksbury, 1833.

Y es que a principios del siglo XIX, las prestigiosas facultades de medicina británicas dependían de una alianza clandestina con el hampa para poder llevar a cabo sus estudios sobre la anatomía humana. A la mañana siguiente, ese mismo bulto desnudo y cubierto de tierra era recibido en la puerta trasera de un ilustre anfiteatro anatómico. Para los ladrones, el riesgo de robar cualquier objeto de una tumba los exponía a ser castigados con la deportación o la horca. Pero en cambio, robar un cadáver humano era una simple falta administrativa, ya que un cuerpo muerto no pertenecía a nadie. Gracias a esta extraña relación, la medicina moderna estaba naciendo y, paradójicamente, fue ayudada por ladrones de cadáveres. Una historia digna de Halloween, recogida por el oftalmólogo James Moores Ball en el libro "Ladrones de cadáveres, una realidad aterradora" (El Desvelo Ediciones).

El cinismo de los bisturís

Las disecciones de cadáveres era una práctica médica ininterrumpida desde la Grecia clásica. Durante las primeras décadas del siglo XIX, Edimburgo y Londres se coronaron como las mecas mundiales de la anatomía. Estudiantes de todo el continente acudían en masa a las clases de grandes cirujanos para aprender disección práctica. Sin embargo, la ciencia estaba limitada por la insuficiencia de “materia para practicar”.

La ley británica únicamente autorizaba la disección de criminales ajusticiados en la horca, un residuo del Murder Act de 1752 concebido como el castigo definitivo para el delincuente. Pero las ejecuciones públicas descendían a medida que se suavizaban las penas, al mismo tiempo que las matrículas universitarias de medicina se multiplicaban. Para cubrir esta demanda de lecciones anatómicas, hacían falta centenares de cuerpos cada trimestre para abastecer las mesas de disección.

Ante este problema, la solución de los galenos fue mirar hacia otro lado y abrir la chequera. Los anatomistas más respetados de la época pagaban sumas exorbitantes (entre cuatro y catorce guineas por “pieza”, el equivalente a varios meses de salario de un obrero) sin hacer preguntas sobre la procedencia. Una práctica que tuvo fuerte polémica, pero defendida por cirujanos de la talla de Sir Astley Cooper, el más célebre de Londres, que llegó a declarar ante un comité parlamentario con mucha sangre fría: “No hay persona en este reino, sea cual sea su posición social, a la que yo no pueda conseguir diseccionar si me lo propongo”.

De desenterrar cadáveres a producirlos

Esto generó en un terror colectivo entre la ciudadanía al ser conscientes que podían acabar sobre una tabla de zinc a la mañana siguiente de fallecer. En los cementerios escoceses todavía pueden verse los testimonios mudos de ese temor. Estructuras como los mortsafes, jaulas de hierro que se atornillaban sobre las fosas o torres de guardia se usaban para proteger a los cadáveres.

Mortsafes para cadáveres en el cementerio de Cluny. | Martyn Gorman

Hacia finales de la década de 1820, la vigilancia en los cementerios se intensificó tanto que el negocio se volvió arriesgado. El precio del cadáver subió, pero la demanda se mantenía constante. Es así como en 1828, en los callejones más pobres de Edimburgo, William Burke y William Hare descubrieron un modelo de negocio. Regentaban una pensión de mala muerte cuando un anciano inquilino falleció debiéndoles cuatro libras de alquiler. Para cobrarse la deuda, llevaron el cuerpo al doctor Robert Knox, el anatomista más admirado de la Universidad de Edimburgo. Knox pagó por el cuerpo siete libras y diez chelines sin pestañear y dejó caer una sugerencia: estarían encantados de recibir más “material”.

Burke y Hare captaron la indirecta. Durante los diez meses siguientes se dedicaron a asesinar mendigos, prostitutas y viajeros solitarios en su pensión tapándoles la nariz y la boca con una mano y sujetando la mandíbula con la otra. Este método, bautizado como burking, no dejaba marcas ni hematomas, para satisfacción de los anatomistas. El doctor Knox recibió dieciséis cuerpos tibios, frescos e intactos, pagando religiosamente por cada uno una pequeña fortuna.

El bisturí de la vergüenza

El horror acabó cuando Burke fue descubierto, juzgado y ahorcado ante una multitud de 25.000 personas. Irónicamente, su cuerpo fue diseccionado en la misma universidad a la que abastecía, pero esta terrible práctica no se detuvo con su muerte. Pocos años después, en 1831, los llamados London Burkers replicaron la matanza en la capital inglesa ahogando a niños e indigentes en pozos antes de entregarlos al King’s College.

Era una situación insostenible y en 1832 se aprobó la Ley de Anatomía (Anatomy Act) para erradicar este negocio nocturno. Una medida que legalizó la entrega a las universidades de los cuerpos de cualquier persona que muriera en hospicios, asilos u hospitales de caridad sin familiares que costearan su entierro. El saqueo de tumbas terminó, pero no la deuda moral. Los atlas médicos sobre los que se cimentaron la cirugía moderna y las técnicas que hoy salvan millones de vidas no nacieron únicamente en la pulcritud de los laboratorios. Inicialmente se valieron de la carne no reclamada de los más vulnerables.