Los hechos históricos son los que legitiman las reclamaciones territoriales de los países. Por ello, la pugna entre Madrid y Rabat por la soberanía de Ceuta y Melilla ya no se libra en la diplomacia, el pulso entra en el terreno de la memoria histórica. Un extenso ensayo publicado en el diario marroquí le360 bajo la firma del urbanista e historiador Mohamed Métalsi, ha abierto el debate al calificar a Melilla de "ciudad olvidada" y resume su estatus político a un enclave puramente rifeño, islámico y amazigh (bereber) que fue amputado de su territorio natural tras la llegada castellana en 1497.
La "urbe olvidada" del Rif
La tesis de Métalsi sostiene que la historiografía española ha recurrido al término "ocupación" de forma interesada para obviar ocho siglos de presencia islámica y justificar la toma de una ciudad presuntamente vacía. En su artículo, reconstruye la cronología de Melilla desde las primeras comunidades neolíticas y el puerto fenicio de Rusadir, pasando por el reino mauro y la posterior etapa islámica (Malila), vinculada a las tribus de los Guelaya (Iqer'iyen). A su juicio, el "relato colonial" español transformó un puerto mercantil en un presidio militar en guerra permanente con su entorno.
Sin embargo, historiadores como Alberto Bolaños mantienen una postura distinta. Para Bolaños, este lamento responde a una clara intencionalidad política: "Es una forma torticera de utilizar la historia que no tiene base documental". Frente a la pretensión de englobar el pasado medieval de la plaza bajo la soberanía de un Marruecos histórico, el historiador puntualiza la realidad política del Magreb a finales del siglo XV. En aquel momento gobernaban los sultanes watasíes desde Fez, no los alahuitas que ocupan el trono actual de Rabat. El historiador recuerda que Marruecos, como Estado-nación con fronteras delimitadas y control efectivo sobre todo su territorio y sus cabilas, no surge hasta su independencia en 1956.
"Intentar atribuirle al Marruecos contemporáneo la herencia de los reinos bereberes es como pretender que el Egipto actual reclame derechos territoriales invocando a los faraones. Compartían el espacio geográfico, pero eran realidades políticas y sociales radicalmente distintas".
Seguridad, piratería y la doctrina de frontera
La expedición de 1497 tampoco respondió a un afán de conquista colonial ultramarina, sino a una estricta necesidad defensiva. Con la toma del Reino Nazarí de Granada en 1492, la Corona de Castilla culminaba la Reconquista peninsular, pero la memoria de las sucesivas invasiones norteafricanas que habían alterado el curso peninsular (almorávides, almohades y benimerines) seguía muy viva.
"Castilla y los reinos peninsulares entendían que en el norte de África había un problema crónico de seguridad", explica Bolaños. Y es que la amenaza de nuevas incursiones se sumaba una piratería endémica en el Estrecho de Gibraltar y el mar de Alborán, que asfixiaba el comercio marítimo. Tras conquistar Granada, Isabel la Católica y más tarde el cardenal Cisneros impulsan la política norteafricana con un fin muy concreto: neutralizar las bases de piratería corsaria y asegurar el flanco sur peninsular.
Parte de la Corona, no colonia
Uno de los aspectos medulares donde choca la narrativa marroquí con la posición española es la naturaleza jurídica de Melilla. Desde Rabat se insiste en asimilar las ciudades autónomas a colonias o vestigios imperialistas pendientes de descolonización, equiparándolas en ocasiones al contencioso de Gibraltar, pero existe una diferencia abismal. Gibraltar es una posesión británica cedida por el Tratado de Utrecht (1713), pero nunca ha formado parte del territorio metropolitano del Reino Unido. Ceuta y Melilla, en cambio, se integran desde el primer instante en la Corona de Castilla. "Son tan españolas como pueda serlo Asturias" explica Bolaños.
En el caso de Melilla, el salto de plaza fuerte a ciudad moderna quedó sellado tras la Guerra de África (1859-1860) mediante los tratados bilaterales hispano-marroquíes de 1859, 1860 y el posterior deslinde de 1862, rubricado mediante el célebre disparo de cañón desde el fuerte de Victoria Grande que fijó el territorio de la ciudad.
La frontera del Protectorado
El estatus no colonial de ambas ciudades quedó manifiesto en el siglo XX, durante la vigencia del Protectorado español en Marruecos (1912-1956). Ni Ceuta ni Melilla formaron jamás parte del protectorado.
Eran comandancias generales y territorio español de pleno derecho con siglos de anterioridad. Por eso la capital del protectorado se estableció en Tetuán y no en Ceuta ni en Melilla. "Ambas plazas estaban formalmente fuera del territorio protegido porque eran suelo español soberano", recuerda Bolaños. De hecho, el historiador apunta una anécdota poco conocida sobre la delimitación decimonónica: "El propio Francisco Franco se lamentaba décadas después de que en los tratados de 1860 no se hubiera aprovechado la victoria militar para extender el perímetro de Melilla hasta el monte Gurugú, lo que habría otorgado una mayor profundidad estratégica y defensiva a la plaza".
Frente a los intentos recurrentes de la diplomacia y los medios marroquíes por transformar la historia de Melilla, los archivos y el derecho internacional continúan arrojando el mismo testimonio: Melilla no fue segregada de ningún Estado marroquí preexistente, sino configurada a lo largo de más de cinco siglos como un componente indisociable de la soberanía hispana en el Mediterráneo.
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