Internacional

La misión de la ONU se va de Somalia: los desafíos de uno de los países más pobres del planeta

La crisis climática que atraviesa uno de los países más empobrecidos del planeta ha agravado los problemas de una población ya de por sí mermada

Mujer somalí en el campo de Barwaaqo (Baidoa).
Mujer somalí en el campo de Barwaaqo (Baidoa). | Said Fadhaye / UNICEF

Hace menos de cuatro meses, a finales de junio de este año, Antonio Guterres pronunció un discurso en la reunión oficiosa de la Asamblea General de las Naciones Unidas para conmemorar el Día de la Carta fundacional de la organización. El secretario general de la ONU apeló a las tres primeras palabras con las que inicia la Carta de las Naciones Unidas: "Nosotros los pueblos". El ex primer ministro portugués puso énfasis en explicar el significado de estas palabras, señalando que "no se refieren a nosotros los poderosos". Guterres, ya en la recta final de su mandato, añadió que "todos nosotros, unidos por una sola convicción, estamos más seguros, somos más fuertes y más humanos cuando permanecemos unidos". Que desde las Naciones Unidas se traslade este mensaje podría significar que hasta en el rincón más recóndito del planeta la población respire aliviada pensando que sus crisis están próximas a solucionarse. En cambio, la realidad parece bien distinta, especialmente para una de las regiones más vulnerables del globo, como es la del Cuerno de África, y en concreto para Somalia, un país que actualmente atraviesa una crisis total.

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La paradoja entre el discurso de Guterres y los hechos se hace patente este sábado: tras más de tres décadas ininterrumpidas de misiones políticas sobre el terreno, Naciones Unidas pone fin este 31 de octubre a su Misión de Asistencia de Transición en Somalia (UNTMIS). El repliegue, solicitado por las autoridades somalíes para asumir una mayor "apropiación nacional" en la construcción del Estado, sella la transferencia de responsabilidades al Ejecutivo federal y a las agencias locales del organismo, cerrando un ciclo histórico iniciado tras el colapso del régimen en 1991, y justo cuando el país encara una encrucijada crítica.

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El Informe de Desarrollo Humano lanzado por el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) correspondiente al año 2023 ya ponía de manifiesto que Somalia era el país más empobrecido del planeta, con el Índice de Desarrollo Humano (IDH) más bajo. Lejos de mejorar, las cifras demuestran que su situación es ahora aún peor. Desde que en 1960 Somalia se proclamó Estado independiente, la inestabilidad ha sido una constante en la región. Ha habido conflictos con Etiopía, una cruenta guerra civil y un continuo desmembramiento del país en regiones autónomas. Para muchos es el ejemplo más acabado de Estado fallido.

Un país donde el clima hace estragos

Aunque el punto al que ha llegado Somalia se explica por una conjunción de factores, el hecho que ha agravado su situación ha sido la crisis climática actual. Las sequías han provocado que haya crecido el número de población afectada por las hambrunas. Naciones Unidas revela un dato estremecedor: en un país cuya población supera apenas los veinte millones de habitantes, seis millones "pasan días sin comida suficiente". Y las previsiones no invitan a pensar que la situación pueda revertirse en un corto plazo, más aun teniendo en cuenta que se espera que el actual fenómeno de El Niño deje inundaciones en varias regiones del país. El último análisis de la Clasificación Integrada de las Fases de Seguridad Alimentaria (IPC) estima que casi cinco millones y medio de personas estarán expuestas a una situación de hambruna entre octubre y diciembre de este año.

Pablo Arconada Ledesma, profesor en la Universidad de Valladolid y director del Observatorio de Estudios Africanos, explica a El Independiente que "en los últimos años las sequías son más frecuentes, al igual que las inundaciones". Esto se traduce en que "el país se ve afectado en la capacidad de producción de alimento para su propia población".

La situación extrema que se vive en el país está provocando desplazamientos masivos dentro de sus propias fronteras, con población abandonando sus hogares en búsqueda de zonas con recursos. Para poner nombre y rostro a esta crisis, El Independiente ha hablado con Saviano Abreu, director de Comunicación y Marca de UNICEF España, quien compartido la historia de Sahra Maday. Esta mujer, de 39 años, tras ser abandonada por su marido, tuvo que dejar su casa, situada en la región de Lower Shabelle, y desplazarse unos 150 kilómetros hasta el asentamiento de Caaneyste, en Mogadiscio. Abreu cuenta que Maday, quien estaba a cargo de cinco hijos, era consciente de que el más pequeño, Abdelmalik, necesitaba ser ingresado, ya que sufría desnutrición aguda grave. Sin embargo, la mujer no tenía con quién dejar a sus otros hijos, también en situación de desnutrición. Actualmente, según relata Abreu, Maday está recibiendo la ayuda de una asociación para asegurar el tratamiento de Abdelmalik. No obstante, el caso de esta mujer es tan solo uno entre millones. Es el reflejo de lo que una parte significativa de la sociedad somalí está viviendo en este momento.

Sahra Maday junto a sus hijos en el asentamiento de Caaneyste (Mogadiscio).
Sahra Maday junto a sus hijos en el asentamiento de Caaneyste (Mogadiscio).

La lacra de la violencia

Pese a que en Somalia las figuras de los señores de la guerra son más propias de los años noventa, aún hoy el terrorismo y los grupos armados son uno de los principales problemas que afronta el país. El territorio sur está en la práctica controlado por Al-Shabaab, una rama de Al-Qaeda. "La amenaza del terrorismo es híbrida, ya que la gente que comete los atentados es la parte visible", explica Arconada, pero "si Al-Shabaab sigue resistiendo en el sur de Somalia es también por motivos sociales, económicos y políticos". De hecho, "hay una parte de la población somalí que todavía defiende a Al-Shabaab porque lo entienden como un grupo de liberación armada", añade.

Abreu cuenta la historia de Abdirrissak, un joven de veintidós años que se unió a un grupo armado cuando aún era un niño. Con dieciséis años y un futuro desesperanzador, Abdirrissak pensó que sus posibilidades de tener una mejor vida pasaban por unirse al grupo armado de la región. El joven, que incluso estuvo alentado por uno de sus tíos, finalmente ingresó en la organización, aunque no duró demasiado tiempo. Llegó a entrenar, pero no participó en ninguna operación. Abdirrissak se dio cuenta, gracias a algunos familiares que consiguieron contactar con él, que acabaría "atrapado" en una espiral de violencia si seguía por ese camino. Finalmente, el joven abandonó las filas del grupo armado y recurrió a la ayuda de una asociación, que fue la que le proveyó de una educación y de recursos para poder tener un futuro mejor. A sus veintidós años, Abdirrissak trabaja en una escuela privada gracias a los conocimientos informáticos que adquirió e incluso sueña con ser director de dicha escuela.

Un horizonte difícil pero esperanzador

Hasta hace pocos años, Somalia encabezaba la lista de naciones que más ayuda internacional recibían. Pero el retorno de Donald Trump a la Casa Blanca en enero de 2025 cambió por completo las reglas del juego para el país. La decisión de Estados Unidos de reducir sus partidas de ayuda al desarrollo desembocó en un desequilibrio entre recursos necesarios y disponibles, como refleja el resumen que publicó en agosto la Oficina de las Naciones Unidas para la Coordinación de Asuntos Humanitarios (OCHA). Sin embargo, Arconada ve en esto "la oportunidad de que a Somalia se le permita desarrollarse siguiendo su propio curso".

Con la salida de la UNTMIS, Mogadiscio asume formalmente las riendas institucionales del país, pero con el hándicap de una tutela internacional en retirada y la amenaza constante de Al-Shabaab en el sur. El traspaso coincide, además, con un escenario de debilidad militar: la Misión de Apoyo y Estabilización de la Unión Africana (AUSSOM) afronta serias dudas sobre su viabilidad financiera ante la negativa de Washington a respaldar prórrogas que contemplen apoyo logístico de la ONU. Así, la voluntad de emancipación política queda mermada por el desamparo operativo al que se enfrentan las autoridades.

Aunque Abreu insiste en que "la ayuda humanitaria, pese a ser un parche, urge y no puede esperar", reconoce que la clave para que Somalia pueda desarrollarse y superar sus crisis pasa por lograr una estabilidad política en la que haya un gobierno capaz de garantizar los servicios esenciales. "Los problemas no se van a solucionar de la noche a la mañana", constata Arconada, que, pese a todo, se muesra "optimista" dada la "capacidad de resistencia y resiliencia de los somalíes".

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