Opinión

Sánchez, estafador del amor

Sánchez, estafador del amor
El presidente del Gobierno y candidato a la reelección, Pedro Sánchez (c), durante un acto de precampaña este domingo, en el Palacio Euskalduna de Bilbao. | EFE

Ya está aquí otra vez la playlist de Sánchez, ya están aquí otra vez el amor de confitería, el sentimentalismo de cebolleta, la adolescencia agónica de la cinta grabada, esa cinta con la que nosotros creíamos que íbamos a conquistar a la esquiva chica de rosa y nuestro presidente se cree que puede camelar a la España resabiada o asqueada. Sánchez ya ha pasado página y se ha vuelto a arreglar el tupé de charol, los zapatos de gamuza y el paquete de borlón (o cualquier combinación de esto: tupé de gamuza, zapatos de borlón, paquete de charol…). No era propio de un presidente eminentemente guatequero estar mucho más con ese largo ayuno de alegría, salseo y baboseo, así que lo ha finiquitado todo, nuestro luto y su culpa, poniendo de nuevo música en su Cadillac rosa, pegajoso igual que una flor carnívora. Pronto ha enterrado Sánchez esos trenes que ya entraban solos en las tumbas, como vagonetas mineras, y hasta al ministro Óscar Puente, que ya parecía ir con tierra y hierros de cementerio en los bolsillos. Es cierto que Diana Morant, a quien María Jesús Montero parece haberle pasado su posesión diabólica, aún se atrevió a dedicarle a Puente un alarido y una ola en un mitin, pero la cara de Sánchez nos decía que de ahí ya no se podía sacar nada. El amor, la alegría, la vida y hasta el tupé, por ahí tenía que tirar de nuevo. Es como si volviera un Rick Astley carnicero.

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Sánchez ha vuelto a la playlist, ya no hay duelo ni responsabilidad sino una cosa entre la rave y la sarandonga, con esa camiseta verdaderamente de bakaladero o de paellada que se pone Sánchez en los mítines. Se decía mucho que después de Urda la campaña había cambiado definitivamente, que había terminado incluso, pero Sánchez sólo puede hacer un tipo de campaña, como sólo puede hacer un tipo de política. Sánchez tenía que volver a lo suyo, no podía hacer otra cosa que volver a lo suyo, como el estafador del amor. Sánchez ya ha recuperado su playlist y lo ha finiquitado todo, nuestra rabia y su indecencia, con Extremoduro, que se está convirtiendo últimamente en algo así como La oreja de Van Gogh de los rebelditos. Ama, ama, ama y ensancha el alma, nos ha dedicado Sánchez como esas canciones que se le dedicaban a una peluquerita de fresa a la que se quiere arrastrar al Cadillac del amor, del vicio o de la muerte. El Cadillac o incluso el Simca 1000, claro, que hasta con Los inhumanos se podía ligar. El amor de las canciones, o de la poesía, y las palabras de la política no significan nada, son el consuelo de los solitarios o el truco de los pervertidos. En el amor y en la política lo que valen son los actos. Uno no es poeta duro, roquero tierno, amante bandido ni progresista en flor por poner una canción sobre el tema, no me sean tontos.

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Sánchez ha recuperado su playlist y lo ha finiquitado todo, nuestra rabia y su indecencia, con 'Extremoduro', que se está convirtiendo en algo así como 'La oreja de Van Gogh' de los rebelditos"

Sánchez ha vuelto a la playlist, ha enterrado los trenes de la muerte como los sarcófagos que eran, ha enterrado al ministro de la muerte como a un digno diácono, y ha vuelto enseguida a la fiesta adolescente y al Súper Pop de los suspiros, los guiños y los besos con vaho en las carpetas como en los espejos. No es una táctica, creo yo, sino una necesidad. Está claro que Sánchez no puede competir en la realidad, que usualmente es fea y dura, y menos en la realidad de una catástrofe general, porque ya no se trata de un accidente ferroviario sino del derrumbe de todo el Estado. Quedarse en la realidad significa afrontar que en Adif ahora lo que preocupa es blindar sus bonus, y que la Fiscalía Europea ya investiga posibles fraudes en el AVE de Andalucía, y que está en el punto de mira el último que quedaba del Peugeot. Este Cristian Corvillo, con su cara de polluelo espantado, parece y seguramente es el último mindundi, lo que pasa es que se diría que aquí hasta el último mindundi tenía su papel y su tajada. No se explica uno que diera para tanto hacerle de chófer casual a Sánchez, no se explica uno la magia de este Peugeot, entre máquina del tiempo y cuerno de la abundancia, y menos que la magia tenga que ver con el Peugeot y no con Sánchez.

Quedarse en la realidad significa empezar a asumir que la arquitectura del sanchismo era, básicamente, la que se va descubriendo, este festival de mindundis a costa de lo público, esta aristocracia de la carroza mágica del Peugeot, con Sánchez de princesito bobo o ciego o cómplice, pero que ahí estaba, como origen o finalidad de todo. Mejor la canción que la realidad, pensará Sánchez igual que el adolescente que dejaba su dedicatoria en la radio, su cinta grabada al final del verano, su poemita robado a la canción, su personalidad robada al roquero y su beso robado a todos los amantes. Sánchez vuelve a su música, parece que todo para él es la música, que hasta lo que tiene para Feijóo, más que acusaciones de facha, son acusaciones de triste por no querer listas de Spotify. “No es más triste porque no quiere”, le dijo. Sánchez vuelve con su música, aunque no sé si es de ligón de otra época o de oficio de otra época, como esa música del circo, alegre y triste, épica y ridícula. A lo mejor Sánchez no pasea su Cadillac, como si fuera Loquillo, sino un circo. Sánchez pasea un circo de pueblo en pueblo, con su camiseta de Miliki, su saxofón de pompas de jabón, su margarita con chorro de agua y los viejos tigres como caniches, o los viejos caniches como tigres, del sanchismo cansado y feroz. Esto es mucho más triste, más incluso que Feijóo, que ya es decir. Sí, es como si ese Rick Astley carnicero hubiera terminado en el circo.

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