Sabemos que Pedro Sánchez recurrió a la coalición con Unidas Podemos (UP) porque no le quedó más remedio si quería continuar siendo presidente. Intentó, con la repetición de las elecciones generales en noviembre de 2019, no depender de Pablo Iglesias, pero no fue posible. El PSOE no alcanzó los 150 escaños que había pronosticado Iván Redondo y tuvo que conformarse con sólo 120.

Así que a Sánchez no lo quedó más remedio que tragarse sus palabras, aquello de que no podría dormir y cosas parecidas, y aceptar una negociación con Iglesias que se cerró el 12 de noviembre de 2019.

Después, en enero de 2020, cuando se conformó el Gobierno, a UP le correspondieron cuatro ministerios, y a Iglesias se le concedió, como él quería, una vicepresidencia. Muy cuco, Sánchez dio a sus socios de coalición ministerios que eran tan sólo pedazos de otros ministerios (como Trabajo, Consumo, Igualdad, Universidades y Derechos Sociales y Agenda 2030, este último para el líder de Podemos).

Sánchez e Iván Redondo pensaron que, al dejarles los ministerios de la señorita Pepis, y quedarse el PSOE con la parte mollar del Gobierno (Economía, Hacienda, Exteriores, Seguridad Social, Fomento, Defensa, etc.), los ministros podemitas tendrían poco margen para enredar. Pero se equivocaron.

Incluso con un gobierno monocolor, las vicepresidencias han sido siempre complicadas. Felipe González concedió a Alfonso Guerra una vicepresidencia política que el vicesecretario general del PSOE ocupó durante casi diez años. Hasta que saltó el escándalo de su hermano Juan. Pero las relaciones entre ambos estaban ya muy deterioradas.

Guerra era un auténtico contrapeso político. Era la poderosa voz del partido sentada en el Consejo de Ministros. González nunca le dejó meter baza en la gestión de la Economía y ahí comenzaron los problemas.

Pero, al fin y al cabo, se trataba de dos líderes e incluso amigos del mismo partido, que compartían una ideología, unas metas, e incluso cuestiones esenciales sobre el ejercicio del poder.

Aunque Sánchez ha metido a Iglesias en un saco en el que hay otras tres vicepresidencias (Calvo, Calviño y Ribera), el líder de Podemos ha sabido, desde el principio, que la única forma de sacar la cabeza en este gobierno en el que a él y a sus compañeros les habían dejado cositas para entretenerse era ejercer en la práctica de auténtico «vicepresidente político».

Iglesias no puede ofrecer un balance medible de su gestión al frente de su ministerio. Las competencias de la Cartera de Derechos Sociales y Agenda 2030 son tan genéricas y están tan repartidas con otros ministerios que prácticamente no puede hacer nada o casi nada. Pero eso a él no le importa.

Iglesias ha hecho lo que más le gusta: marcar la agenda, demostrar que manda. Se ha apuntado como un éxito propio el pacto con ERC y Bildu para la aprobación de los Presupuestos; se ha adjudicado la puesta en marcha del Ingreso Mínimo Vital; la subida del Salario Mínimo; la ley de libertad sexual,… En fin, todo lo que de «progresista» ha hecho el Gobierno.

Sin mirar los callos que pisa, mete en un lío a la ministra de Asuntos Exteriores con sus declaraciones sobre el Sahara, o le mete el dedo en el ojo al ministro de Justicia al decir que no es verdad que exista un pacto con el PP para la renovación del CGPJ.

Los encontronazos son tan sonados y frecuentes que Margarita Robles ha tenido que recordarle públicamente a Iglesias que quien manda en el Gobierno es el presidente.

Los ataques a don Juan Carlos y al rey Felipe VI que contiene el vídeo de Podemos han provocado el mayor enfado de Sánchez con Iglesias desde que se formó el Gobierno

El vicepresidente se ha ganado a pulso el rechazo de la mayoría de los miembros del Gobierno. Juan Carlos Campo, comentaba recientemente a un juez amigo suyo: «Yo estoy de Iglesias hasta el gorro». Otros ministros, en privado, coinciden en que el vicepresidente «va a lo suyo». En Moncloa tratan de reducir la tensión: «Es su forma de hacerse notar». O le dan una falsa apariencia de normalidad, como hace el propio presidente al afirmar que sus diferencias se producen porque los ministros de UP «forman parte de otra cultura política».

Las reuniones semanales de los lunes entre el presidente e Iglesias se han convertido en sesiones de terapia en las que Sánchez tiene que escuchar con paciencia las quejas de su vicepresidente político por los temas más diversos. ¡Y eso que ahora ya no le hacen escraches en su casa de Galapagar!

Las riñas de Iglesias no pasarían de ser un episodio de matrimonio mal avenido si no fuera porque el líder de UP ha decidido dar un salto cualitativo en su afán por marcar territorio. Las descalificaciones al rey emérito se han convertido esta semana en ataques directos a la Monarquía. El vídeo lanzado el pasado miércoles por Podemos, con la música de fondo de la serie Narcos, y en el que se ven no sólo imágenes de don Juan Carlos y la reina Sofía, sino de Felipe VI y la reina Letizia, han escocido en Moncloa.

Ahora ya no estamos ante una diferencia de cien euros en el SMI o ante un comentario malintencionado contra algún ministro, sino ante una ofensiva sin precedentes contra el Jefe del Estado.

Algunos ministros ya no soportan las continuas intromisiones de Iglesias, del que el titular de Justicia ha dicho en privado que está «hasta el gorro»

En Zarzuela no se entiende ese doble juego del Gobierno. Mientras Sánchez defiende en entrevistas la Constitución y el papel del Rey, su vicepresidente alienta las andanadas contra la institución, justo en el peor momento para la imagen de la Monarquía.

Mientras UP propone una Comisión de Investigación sobre las finanzas de don Juan Carlos en el Congreso, el PSOE vota, junto con el PP, Vox y Ciudadanos, en contra. Esta dualidad en un asunto esencial causa desazón en el Gobierno, alguno de cuyos ministros, como es el caso de Nadia Calviño, lleva meses sin compartir esta forma de gobierno bicéfalo que no ayuda en nada a afrontar una situación especialmente complicada para la economía.

No estamos, como ha sucedido con otros asuntos, ante la evidencia de que el PSOE y Podemos son dos partidos distintos con metas diferentes, sino ante una cuestión nuclear. Este pulso no puede acabar en empate. Nos jugamos el crédito de la jefatura del Estado, lo que Iglesias ve como su oportunidad para hacer saltar por los aires el régimen del 78. Si Sánchez le permite seguir adelante con ese peligroso juego, la responsabilidad será suya.