Leer el último trabajo de José Carlos Ruiz es inquietante. En su obra ‘filosofía ante el desánimo’ (Ediciones Destino) analiza las mutación que está sufriendo la sociedad moderna a consecuencia de la irrupción de la globalización, de la hiperconectividad de las nuevas tecnologías, el «infierno de lo igual» que se ha instalado y la «aberración del siglo XXI» que guía la búsqueda de una falsa identidad. «Conócete a ti mismo» (e ignora tu entorno, tu contexto).

Este doctor en filosofía contemporánea muestra cómo las relaciones sociales, laborales, familiares, amorosas o de amistad están modificándose a consecuencia de la cada vez mayor presencia de las nuevas tecnologías y las redes sociales. Advierte de que lo hacen a un ritmo muy superior a la formación de una mirada crítica ante ellas que amenaza con contaminar y confundir la vida real con la vida virtual. «Es una hibridación peligrosa».

El ego de las redes sociales y sus ceremonias «esclavizan» y alejan cada vez más de los «ritos» familiares y sociales que se comparten en comunidad y en los que se asienta la identidad propia para enriquecerse con la de los demás. «Antes la mirada del otro te interpelaba, ahora sólo interesa la mirada del otro en las redes, en el avatar». Un ritmo frenético por descubrir y ver que está matando la memoria y los recuerdos, «revisar, recordar se ha convertido en una rémora que te impide progresar, seguir avanzando». También la singularidad atraviesa malos tiempos ante la homogeneización social que se extiende por las redes.

Ruiz describe cómo la «ideología de la personalidad» se ha convertido en una ‘bulimia emocional’ que nos obliga a acumular experiencias cuyo único objetivo es «vomitarlas ipso facto en las redes sociales». Un rito que exige un ritmo de productividad insaciable en busca de una vida plena y que aboca a cada vez más personas a una suerte de desánimo crónico. Ante esta amenaza, el autor reivindica el pensamiento crítico que aporta la filosofía como vacuna ante el riesgo de unas tecnologías que no demoniza pero ante las que se debe actuar con una mirada formada: «No se trata de estudiar las nuevas tecnologías sino de dar una armazón intelectual a los niños, un pensamiento crítico para convivir en ese entorno virtual».

Pregunta.- Usted apela a la ‘Filosofía ante el desánimo’ en un mundo en el que las nuevas tecnologías, las redes sociales lo han cambiado todo: nuestra construcción de la identidad, nuestras relaciones, nuestro modo de entender el amor, la amistad, el trabajo… ¿Por qué estamos desanimados?

Respuesta.- Antes de la pandemia investigué y vi que las aspiraciones de mucha gente de la que me rodeaba estaban viniéndose abajo, se estaba filtrando el desánimo en distintos aspectos de la vida de esas personas, ya fuesen ancianos o gente joven. Me preocupó cómo el desánimo se estaba apoderando de sus relaciones amorosas, en el trabajo, en la familia. El desánimo aparece cuando la configuración de tu vida, de tu mundo o de cualquier otro ámbito, se derrumba y no encuentras ni motivos, ni energías para volver a edificarla y te vienes abajo. Antes, el desánimo se podía apoderar de ti en momentos puntuales, pero ahora el desánimo se está ampliando porque las exigencias que te impone el entorno hiperconectado actual en muchos aspectos vitales son enormes.

P.- ¿Nos desanimamos por no alcanzar las expectativas a las que nos fuerza la sociedad globalizada y pseudovirtual?

R.- Sí, hay ‘listas’ de objetivos que parece que se deben cumplir para alcanzar el éxito. Comienza a interiorizarse unos conceptos en torno a la familia, al amor, al entretenimiento, etc., que cuando la realidad se impone te cuesta mucho trabajo asumirla. Vivir en un mundo casi virtual como el que se nos presenta en las redes sociales, en el que la tragedia desaparece y se publicita la felicidad, pero se relega al ámbito de lo privado es difícil. Ahora el duelo y el sufrimiento parecen haber desaparecido de la vida. Cada vez más, la gente no tiene esa pedagogía de lo trágico y esa educación es fundamental adquirirla en los procesos de construcción de nuestra identidad. Quienes sí lo tenían, en los últimos 15 años se han ido olvidando porque la hiperacción ha hecho que se centren en conseguir los sueños que te van presentando en distintos formatos para alcanzar esa vida perfecta. Ahora se nos presiona para dar la mejor versión de ti en todas las facetas; en el trabajo, el ocio, en el amor, en la paternidad, etc. Es imposible. Por eso el desánimo se va a colar, porque no jerarquizas.

La tragedia ha desaparecido. Ahora el duelo y el sufrimiento parecen haber desaparecido de la vida»

P.- Asegura que la frase ‘conócete a ti mismo’ es la más rastrera del siglo XXI. ¿Por qué?

R.- Totalmente. Es una frase muy tiránica. Decirle a alguien que se conozca a si mismo sin decirle además que el mejor conocimiento de uno mismo pasa por la interrelación con los otros… El relato de tu vida se configura con el relato de los demás. No eres una entidad abstracta que se crea a sí mismo. La idea del hombre hecho a sí mismo hace mucho daño en la construcción de la identidad. Desde que la psicología positiva se ha apoderado de esa frase y la ha utilizado en los ‘coaching’ y la autoayuda ha desaparecido el contexto. La frase está esculpida en el templo de Apolo en Delfos, pero se refería a que fueras consciente de tu contexto y circunstancias dentro de un enclave social. Saber a qué clase social pertenecías en Grecia, cuáles eran tus derechos y deberes.

P.- La máxima, por tanto, habría que completarla con ‘Conócete a ti mismo y a tu entorno’.

R.- Así es. Los elementos principales son las circunstancias y los contextos tuyos y ajenos. Un buen pensamiento crítico se desarrolla sabiendo que hay una buena parte de ti que no eliges, que la componen tus circunstancias. Otra parte está en las circunstancias de las otras personas con las que te relacionas.

P.- Explíqueme por qué la uniformización actual a la que parece que nos aboca el entorno tecnológico nos ha arrebatado las ‘máscaras’, o modos de presentarnos en sociedad, y que siempre han sido un signo de respeto y enriquecimiento social.

R.- Antes había muchas ‘mascaras’. Una con los amigos, otra con tus padres, con los profesores, etc. La multiplicidad de máscaras era una seña de civilidad, de ser una persona cívica que tenía en cuenta la mirada del otro y se adaptaba, se ponía la máscara.

P.- La máscara como capacidad de adaptación a unas circunstancias y contexto adecuado…

R.- Eso es, un saber estar porque entiendes el contexto en el que estás y las circunstancias que te rodean en cada situación. Es una deferencia, es poner el foco de atención en el otro. Esas ‘máscaras’ enriquecían la construcción de las identidades. En el siglo XXI las máscaras se reducen a apenas una sola en la que el individuo dice ‘yo soy así, si te gusta bien si no, no me interesa’. Se va fabricando además el ‘avatar virtualizado’ que cada vez es una máscara más potente y que se apodera de la construcción de nuestra identidad. Por eso se está perdiendo la capacidad de socializar de la gente. Ahora la socialización en vivo y directo se está sustituyendo por el streaming, nos interesa el directo, no el ‘en vivo’.

Si queremos que la gente entinda la diferencia entre e yo real y el virtual hace falta pedagogía»

P.- Con esta obsesión cada vez más extendida por priorizar la construcción de nuestra identidad virtual, ¿corremos el riesgo de terminar por convertirnos en un avatar? ¿De ser avatares que viven juntos pero no conviven?

R.- Es una pregunta que me preocupa. No sé si corremos el riesgo, pero sí estamos en un proceso mutacional que hace que cada vez pasemos más tiempo y dediquemos más recursos, más intensidad, a ese avatar que fabricamos. Cada vez más recursos de nuestro yo real se los lleva el yo virtual. Me preocupa mucho la hibridación del mundo real con el virtual. El mundo virtual entra ya en el mundo real sin cambiar el discurso ni el relato. Esa hibridación es peligrosa.

P.- Las redes sociales están transformando nuestras relaciones, nuestra identidad, ¿la singularidad ha sido sustituida por la uniformidad?

R.- Cuando los avatares se imponen llega la homogenización. Ocurre con los filtros de las imágenes en redes. Con un experimento con mis alumnos llegamos a la conclusión de que había cuatro filtros principales que ellos empleaban en las imágenes que subían. Eso implica que el criterio de belleza se está homogeneizando en lugar de pluralizarse. En la vida real, en una clase, la belleza queda abierta y la experiencia de lo real hace que te puedas enamorar de múltiples personas por lo estético. Pero si su interrelación se realiza como avatar y con otros avatares y todos emplean los mismos filtros, se homogeniza el criterio de belleza. Se está cambiando la sensibilidad.

P.- Además de irreal, ¿el mundo en el que vivimos tiene mucho de falso, de artificio?

La prioridad ya no es la comunidad, es participar en ceremonias virtuales en el que el centro eres tú, el ego»

R.- No sé si es falso, yo hablo de hiperreal. Se toma lo real y se intenta alcanzar la perfección de esa realidad con la frase que pones, la imagen, etc. Quieres dar la mejor versión de ti en un nivel exagerado. La auto exigencia que te impone es tan alta que todo ese tiempo que dedicas se lo restas a la construcción de tu yo real. Por eso cada vez te importa menos la mirada del otro en vivo, en la calle. Antes, la mirada del otro te interpelada, te intimidaba. Hoy pasa a un segundo plano, lo que interesa es la mirada del otro en las redes, en su avatar. Cada vez más se suben contenidos sólo para esperar la evaluación positiva del otro, se somete el criterio propio de evaluación a la evaluación del otro. Es una locura y es preocupante.

P.- ¿Hasta dónde llegará esta transformación de las relaciones laborales, las amorosas, la amistad, la construcción de nuestra identidad?

R.- No lo sé. Hay que educar la mirada, hacer una pedagogía de la mirada desde el pensamiento crítico. El mundo actual requiere la visualización de lo que nos rodea, pero también el mundo que llega a través de la pantalla. Hoy tenemos dos campos de visualización, pero sólo hemos educado la mirada en uno de ellos. Si queremos que la gente entienda la diferencia entre el avatar y el yo real necesitamos esa pedagogía. Me preocupa que a las nuevas generaciones no las estemos educando en ese análisis crítico visual.

P.- Una de las amenazas de este mundo hiperreal, hiperconectado y que nos obliga a vivir muy rápido e intensamente es la pérdida de la memoria, de los recuerdos. ¿Por qué han perdido peso?

R.- Ahora la memoria se ha convertido en una especie de rémora que te impide progresar y avanzar, se ha estigmatizado. Revisar, recordar, volver a ver significa perder una oportunidad de seguir viendo cosas nuevas, es volver atrás, retroceder. Eso significa que las señas de identidad de un sujeto ya no se anclan en esa revisión, en esos recuerdos. Ese proceso se ha estigmatizado por no ser proactivo. A la sociedad actual le interesa que se generen constantemente nuevos deseos para que seas proactivo.

P.- Perdemos los ritos personales y nos invaden las ceremonias virtuales. Los ritos nos anclan a una identidad y las ceremonias virtuales nos esclavizan.

R.- Es un cambio de paradigma que causa desánimo. El ritual servía para que tu identidad se anclase en el plano de lo real. En casa tenías un ritual, unas costumbres, unos hábitos, y cuando ibas a casa de otro había otros rituales. O los rituales de tu pueblo. Son los que facilitaban el pensamiento crítico por contraste, por asombro y curiosidad y que te llevaban a un cuestionamiento. Había pluralidad, te enriquecía. Ahora, en muchos hogares, sus miembros están más preocupados en participar en sus ceremonias virtuales, las fijadas en las redes. Les preocupa que su avatar participe en ceremonias muy perfiladas en sus redes en el que el centro eres tú, el ego. En el ritual, en cambio, el centro es la comunidad con la que participas, con la que compartes, no tu ego.

Revisar, recordar supone para muchos no seguir avanzando. Se ve ya como una rémora»

P.- ¿Qué hemos sembrado socialmente en los tiempos de la ‘preglobalización’ para que una transformación de tal envergadura haya enraizado?

R.- No hemos tenido capacidad para imaginar la velocidad con la que todo iba a suceder y no lo hemos previsto. Quizá eso hubiese permitido implantar procesos educativos en torno a las pantallas, aunque esto está sucediendo a día de hoy y sigue sin haber asignaturas. No se trata de estudiar las nuevas tecnologías sino de estudiar y trabajar el pensamiento crítico, dar un armazón intelectual a los niños. El progreso tecnológico ha sido tan brutal que a día de hoy estamos aún en fase de asimilación. Hace falta una perspectiva más amplia e interconectada. El problema no es la tecnología sino nuestra educación.

P.- En esta carrera el tiempo va en nuestra contra. ¿Cómo lo reconducimos?

R.- El ser humano ha superado casi todo lo que se le ha puesto por delante. Hay mucha gente con la cabeza bien asentada, no creo que fracasemos en el proyecto de controlar la construcción de la identidad. Habrá cada vez más problemas emocionales. La tecnología diría que es neutra, el problema somos nosotros en el proceso de acercamiento a esa tecnología. No la demonizo ni por un segundo. El problema es acercarse a ella sin criterio, en ese caso será la tecnología la que te cree el criterio. Ese salto es muy importante, si tienes el criterio formado será tu aliado, sin criterio, será la tecnología la que se apodere de ti.

P.- ¿Cuál es la mayor ventaja de todo este proceso de hiperconexión en la construcción de nuestra identidad?

R.- Permite un enriquecimiento brutal de otras opciones vitales. Cuando te interconectas y te saltas el algoritmo encuentras la riqueza de un mundo heterogéneo. La globalización es fantástica, pero para eso es necesario sembrar el criterio. En la construcción de la identidad es fundamental jerarquizar lo importante donde corresponde. La red busca atraparte y nos hemos dejado atrapar de nuestro medio natural por un medio digital y ahí estamos metamorfoseando nuestra identidad. Nos han sacado de la vivencia de lo real, nos meten en lo digital, pasamos horas y horas y estamos sufriendo una metamorfosis en el modo de entender la vida.