Si existe un político “clásico” de entre ese selecto grupo de los que yo califico como “imprescindibles”, de los que siempre “están ahí” y son completamente necesarios, ya sea como diputados, como ministros o como claves de bóveda en la, siempre necesariamente compleja, arquitectura institucional de un Estado, ese es sin duda José Manuel García-Margallo.

Me encuentro ante un hombre, y no es corriente en estos tiempos, con un poso intelectual absolutamente apabullante. Fue educado en Deusto primero, y en Harvard Law School, y se nota, García-Margallo ha sido ministro de Asuntos Exteriores y Cooperación entre 2011 y 2016. Eurodiputado entre 1994 y 2011, ha sido también diputado en el Congreso en cuatro legislaturas diferentes. Nos recibe en su elegante domicilio madrileño, rodeado de libros y de recuerdos familiares, entre los que destaca en su despacho un retrato de su bisabuelo, Juan García-Margallo.

Autor de más de veinte libros, en realidad, la “excusa” de nuestra cita de hoy y de nuestro café, era charlar con él del último de ellos: “Gibraltar. La Segunda Rendición”, que ha escrito con Fernando Eguidazu y que me ha impresionado vivamente… pero yo sabía que era inevitable que nuestra charla deviniera en un apasionante turbión de ideas sobre la delicada situación política que vive España, sobre los recientes resultados electorales en Cataluña, y sobre el pulso, delicado también, del que sigue siendo su partido, el PP. García-Margallo tiene las ideas muy claras sobre los liderazgos en política, pero también sobre los programas.

P.- Me gustaría comenzar esta entrevista, señor Margallo, con una frase de San Ignacio: «En tiempos de desolación, no hacer mudanzas». Pero hete aquí que, en en su partido en unos tiempos no precisamente favorables para el PP, el señor Casado decide dejar la histórica sede de Génova 13. ¿Le parece una decisión acertada? 

R.- Me parece irrelevante. El problema no es la sede. El problema estriba en poner sobre la mesa un programa lo suficientemente atractivo para agrupar a todo el centro derecha disperso, a todo el centro e incluso a una parte del socialismo que no comulga con la deriva “podemita» de Pedro Sánchez. La Transición española no se hizo cambiando las Cortes de sede sino planteando un programa que superara la dictadura. Por tanto, no me parece (el debate sobre la sede) un asunto que merezca mayor comentario.

El problema no es la sede. El problema estriba en poner sobre la mesa un programa lo suficientemente atractivo para agrupar a todo el centro derecha

P.- Yo dije, desde el mismo día en el que Pablo Casado fue elegido presidente Nacional del PP, que deberían haber cambiado de nombre, de sede y hasta de color a su partido. Además consideré fundamental una renovación no solo en formas sino también en contenido para dejar atrás el aznarismo y el rajoismo y empezar una nueva era, la “Era Casado”. Es evidente que no me hicieron caso. Volviendo al tiempo actual, hace apenas 24 horas tuve oportunidad de hablar con algún dirigente de esta formación que me decía que es ahora cuando «empieza la era Casado». ¿Qué puede querer decir esto? ¿Que antes no había comenzado aún? ¿Que no era el momento? 

R.- ¿Si empieza ahora quiere decir que antes no se había empezado? El problema es hacia dónde vamos. Por seguir con los clásicos, Séneca decía que «no hay viento favorable para quien no sabe adónde va». El problema es qué es lo que necesita España en este momento…

P.- … mucho más que lo que necesita el PP. 

R.- Mucho más importante que lo que haga el Partido Popular y mucho más importante de lo que represente Casado. Decía también el clásico: «Qué me importa a mí la suerte del César si está en juego la suerte del Imperio». En España estamos en una deriva extraordinariamente compleja. El PSOE, desde el mismo momento en el que entra Zapatero, deja de ser un partido socialista clásico para convertirse en un partido radical a la italiana que lo que intenta es agrupar a todas aquellas minorías que se han sentido desamparadas a lo largo del tiempo. Eso explica el feminismo, el movimiento «gay», el movimiento de la Alianza de Civilizaciones y el hecho de dirigirse a las religiones minoritarias, a los nuevos españoles, entendiendo por nuevos españoles a los emigrantes y sobre todo a los nacionalismos periféricos. Ahí está lo realmente importante. El pacto que hace Zapatero con los nacionalistas periféricos es lo que Trotsky decía: «Los jugadores se reparten la banca». Zapatero sueña, y eso empieza en el (Pacto del) Tinell, con un mapa político en que el PSOE sirve de muleta, de apoyo, de comparsa, a los partidos separatistas de las nacionalidades históricas. A cambio de eso se asegura su lealtad en Madrid.

Ese movimiento, que después pretendió hacer en el País Vasco con Bildu y que no salió por la bomba de la T-4, que llegó a tener también en Galicia, supone además que el PSOE, aún en posición subordinada, (sería) el único capaz de estar en estas nacionalidades históricas y de vertebrar la nación. Sánchez completa este desarrollo con lo que está intentando ahora que es ocupar todos los centros de poder. Esto comprende la Fiscalía, el CGPJ, para a través de los nombramientos de los jueces hacerse con la jurisdicción, silenciar a las Cortes y tener un control, esto Pablo Iglesias lo tiene infinitamente más claro, que llaman un «control democrático de los medios de comunicación», es decir, el control del Gobierno sobre los medios de comunicación. Con estas maniobras, el panorama de alternancia en el poder es nulo. Con lo que ha soñado siempre el PSOE es con México. Lo que les gustaba tener es un PRI y contar con un PAN que les legitime esto. 

Quien manda ahí es Iván Redondo, al que yo conozco muy bien. Se trata de un modelo electoral. Si las cesiones en Cataluña le restan más apoyos en el resto de España, no cederá

P.- O como la Democracia Cristiana en Italia, que evitó -aunque de forma diferente- la llegada del PCI al poder. 

R.- Claro. Al primero que quiso hablar de un compromiso histórico, Aldo Moro, lo mataron. Esto es así y o reaccionamos ante todo esto o dentro de muy poco será irreversible.

P.- Su foto es extraordinariamente lúcida, tan es así que no le he escuchado en ningún foro ni tampoco a ningún político con tanta lucidez y por esto le pregunto. Entonces, ¿qué es lo que hay que hacer? 

R.- Vayamos a los números. Para ser presidente del Gobierno necesitas 176 escaños sobre un total de 350. Pedro Sánchez, con este reparto de la banca entre los jugadores, tiene siempre una prima de 50, entre Junts (que se matarán entre ellos pero que siempre le apoyarán) más Bildu y el PNV, que también lo harán. Por tanto, quedan 300. Si a estos les restamos 50 escaños de Vox, quedan 250. Quiere decirse que hay que conseguir 176 escaños de 250, lo cual es una maniobra complicada. Si además el centro está dividido en dos partidos que se disputan el mismo espacio, con la Ley D’Hondt, la tarea se torna casi imposible. Lo que hay que hacer es una maniobra de refundación en un partido de centro. Pero no un partido de centro porque tenga a alguien a la izquierda y a alguien a la derecha… eso sería un partido de «enmedio». Es necesario un partido de centro que se defina como lo hacen los partidos de centro. Estoy preparando un libro en el que intento ir como las muñecas rusas: dónde estamos y dónde tenemos que estar unidos los que comulgamos con esas ideas. En lo que se llama la «democracia liberal», que es lo que se está viviendo en el resto del mundo.

Lo más grave que está ocurriendo en el mundo es que se está cuestionando el orden liberal internacional que nos dimos desde 1945 desde el mismo sitio desde el que se alumbró, desde la Casa Blanca. ¿Qué quiere decir el «Orden Liberal Internacional»? Hay unos rasgos claros: un compromiso insobornable con los derechos y libertades humanas. Estamos en la década en la que el respeto a los derechos y libertades es el más bajo. Empieza a haber ataques claros y gravísimos ya a la libertad de prensa, incluso en lo que llamamos Occidente, como Polonia o Hungría. A ello hay que añadir la separación de poderes. Es obvio que, en España, el Congreso ha pasado a ser una cámara de resonancia del Ejecutivo. A Franco le preguntaron qué eran las Cortes y respondió que «la ‘clac’ del Movimiento». Nunca se ha abusado tanto de los decretos leyes y nunca se han dificultado tanto las comisiones de investigación. La Fiscalía está en manos de una exministra de Justicia militante socialista. Quieren saltarse la norma de que el CGPJ tenga un equilibrio entre mayoría y minoría para que los nombramientos no dependan del gobierno de turno. El tercer pilar es la «economía social de mercado». En la democracia liberal hay dos modelos distintos: el anglosajón y el europeo. En el modelo anglosajón, la libertad es «contra los otros». Y la igualdad es la igualdad de oportunidades, pero nada más. Si tú quieres tener una pensión o una sanidad, o ahorras, o te quedas fuera. En España o en Italia eso no encaja, porque son países católicos y el catolicismo siempre ha sentido una cierta repulsión por la riqueza. 

P.- Se da cuenta de que, desde una perspectiva ideológica completamente diferente, estaría usted de acuerdo con Pablo Iglesias cuando afirma que estamos en una democracia que «no es plena»… 

R.- No, no te confundas, porque es mucho menos plena en aquello adonde él nos quiere llevar. Yo creo que hay que corregir estos defectos para ir a ese modelo de democracia liberal y él lo que quiere es cargarse la democracia liberal para ir a un modelo “tipo” Gramsci, Laclau o bolivariano. 

Seguramente habrá que hacer un partido nuevo. O la Refundación que hizo Aznar en 1989

P.- Pero estará usted de acuerdo en que estamos en un periodo de degradación democrática brutal, empezando por la democracia más importante del mundo, como hemos visto en el reciente ataque al Capitolio. 

R.- Hemos hablado ya de libertad de prensa y podemos hablar ahora de libertad de educación. Isabel Celaá dice que la educación de los niños no corresponde a los padres, sino al Estado. Ese es un pensamiento totalitario que enlaza con Gramsci cuando sostenía: «Denme ustedes la educación que lo demás vendrá por añadidura». Estamos viendo también ataques a la propiedad privada descabellados, como lo que se quiere hacer con los arrendamientos de congelar alquileres o consagrar las ocupaciones. Me recuerda a aquel economista que decía que había dos formas de acabar con las ciudades: una es bombardearla, la otra es limitar los alquileres. 

P.- ¿Cómo ve el modelo de Estado que se busca en el Gobierno de coalición? Porque Podemos tiene clarísimo el tipo de Estado que quiere. ¿Lo tiene claro Pedro Sánchez y el PSOE? 

R.- Sánchez no tiene ningún modelo. Podemos lo tiene. Lo que ha ocurrido en Cataluña y lo que pasará, responde a ese patrón. Cuando él (Iglesias) dice que quiere una España plurinacional y confederal, con derecho de autodeterminación de los territorios que lo integran, eso es un modelo. Sánchez no tiene su modelo y a partir de ahora, para mantenerse en el poder, tendrá que ir cediendo ante sus socios de gobierno y ante los partidos que lo apoyan, por minoritarios que sean. Ahora viene la mesa de negociación.  

P.- ¿Cree usted que lo va a hacer? 

R.- ¿Ceder? No tengo la menor duda. Quien manda ahí es Iván Redondo, al que yo conozco muy bien. Se trata de un modelo electoral. Si las cesiones en Cataluña le restan más apoyos en el resto de España, no cederá. Si es a la inversa, sí cederá. A Sánchez le hemos visto, con una bandera nacional, decir que, si era presidente, no solo iba a mantener el delito de rebelión, sino que iba a restablecer el de convocatoria de un referéndum ilegal. De ahí, ha pasado a decir: «Aquí no hay nada». Sánchez y Zapatero se parecen mucho. Zapatero tuvo dos frases que a mí me impresionaron. La primera, en un prólogo al libro de Jordi Sevilla cuando dijo que en política no hay ideologías, porque ideologías no son ideas lógicas, sino ideas que se lanzan a la mesa y se debaten. La otra fue cuando sentenció que «Nación es un concepto discutido y discutible». Sánchez está en una flexibilidad equivalente. Para él, los conceptos de nación, soberanía, integridad… son de plastilina. Si se levanta con el pie derecho dice que hay que mantenerlos, pero si se levanta con el izquierdo dice otra cosa.

P.- A todo esto, señor Margallo, nos encontramos con un PP en un momento complicado y con un liderazgo cuestionado por algunos. ¿Qué estrategia debería seguir el señor Casado de ahora en adelante? 

R.- Lo primero que debe hacerse es articular un proyecto basado en unas premisas muy simples. La primera, la unidad de España. Después, un compromiso firme con los derechos y libertades, la separación de poderes, la economía social de mercado, el europeísmo militante, y el multilateralismo. Ese es un proyecto al que hay que atraer a todo el que no esté de acuerdo con Sánchez. Lo que ha pasado en Cataluña, lo más grave, es que los partidos que están a la derecha de Sánchez, para no poner etiquetas a Vox, en 2017 tenían 40 escaños: 36 de Ciudadanos y 4 del PP. Ahora hay 20 escaños: 11 de Vox, 6 de Ciudadanos y 3 del PP. Ha sido una debacle histórica. Ha significado menos España porque, por primera vez, el separatismo tiene más del 50 por ciento de apoyo. Ha significado además menos constitucionalismo, porque si a ese 50 por ciento que tienen los partidos separatistas se une a Podemos, que hablan de amnistía y de autodeterminación que son figuras que no están contempladas en la Constitución, nos podemos en un 57 por ciento. Si nos encontramos con que los partidos a la derecha de Sánchez han caído al 20 por ciento, el panorama es absolutamente desolador. 

P.- Esa atracción de votantes de la que me habla, ¿podría tener éxito entre quienes hoy son electores de Ciudadanos y de Vox? 

R.- ¿Por qué nacen Ciudadanos y Vox? Ambos son escisiones del PP y se deben a que, como decía el clásico, la naturaleza tiene horror al vacío. El gobierno de Rajoy -y yo he hablado siempre de las tres «Ces», crisis, corrupción y Cataluña- tuvo un vacío de política. Sobre todo, cuando el timón se le encomendó a Soraya Sáenz de Santamaría. Se limitó a la mera gestión de los asuntos corrientes, pero no fue nada político. De ese vacío nacen UPyD, Ciudadanos y después Vox. De igual forma que, cuando en la izquierda se produjo el vacío de poder de Zapatero, cuando tuvieron que asumir un programa de austeridad que no era el suyo, nació Podemos. Lo que hay que hacer es política. Pero esto no es nuevo en la historia de España.

En este año, en 2021, se cumplen cien años del Desastre de Annual que fue la prueba evidente de la descomposición de aquella monarquía. Aquel mismo año se publicó «España Invertebrada», en que Ortega escribió que los males de España son dos: la fragmentación política y la exclusión de los mejores de la vida política. Ortega dijo también unos años después, en el «Manifiesto de los Intelectuales al Servicio de la República» (que ahora habría que hacer de nuevo pero al servicio de la Constitución) que en circunstancias normales cada uno se puede dedicar a sus aficiones, a su profesión o a su vida privada, pero que en momentos de emergencia nacional, todo el mundo tiene que dar un paso. Esto es lo que hay que pedir ahora: que aquellas gentes que no están de acuerdo con esta deriva que está tomando España den un paso. Mi libro sobre Gibraltar comienza con una cita de Unamuno de 1915 -aunque nuestra gran crisis sobrevino en 1917- que me impresionó vivamente: » Me preguntó un amigo extranjero qué quiere España y le contesté que España no quiere nada, solo que la dejen en paz. Y así, hasta Dios la dejó de su mano». 

P.- Hábleme de su libro, «Gibraltar. La segunda rendición», que escribe con Fernando Eguidazu. ¿Cuáles son los ejes de esta obra y cómo nos pueden ayudar? Y ya de paso, ¿harán falta liderazgos más fuertes que los que ahora existen? 

R.- Que se necesitan liderazgos es evidente, pero antes que eso, lo que se necesita es un programa. 

P.- ¿Y un partido nuevo? 

R.- Seguramente habrá que hacer un partido nuevo. O la Refundación que hizo Aznar en 1989. Aznar cogió a Alianza Popular, al PDP en el que yo estaba, y a la Unión Liberal. Con eso hizo un partido y un cambio estratégico. Los diputados de AP estaban en el Parlamento Europeo con los conservadores británicos y pasaron a integrarse en el Partido Popular Europeo. Ese es el cambio estratégico que necesita España. Y entonces volverán muchos votantes de Vox. Lo he dicho en un tuit: no estamos juntos por estar juntos, sino que estamos juntos para hacer empresas conjuntas. 

P.- Pero hablemos ya de su libro, señor Margallo, que me ha parecido muy esclarecedor. 

R.- Lo que ha firmado este gobierno (sobre Gibraltar), es un acuerdo fiscal en que España no gana nada y un principio de acuerdo que fija las líneas fundamentales que habrán de plasmarse en lo que será un acuerdo vinculante que será el que se firme entre la Unión Europea y el Reino Unido sobre Gibraltar. Para empezar, hay tres «gibraltares» diferentes: el de Utrecht, las aguas que rodean al peñón, que nunca fueron cedidas porque esas aguas siguen siendo españolas y el istmo que se ocupó con la fiebre amarilla. Lo cual demuestra que lo que se da al Reino Unido no se recupera jamás. Y hay tres ordenamientos jurídicos distintos. Uno es el de Utrecht, que dice entre otras cosas que no habrá comunicación por tierra y que en el supuesto de que el Reino Unido, alguna vez, decidiera ceder la soberanía, esta tendría que volver a España.

El segundo ordenamiento es el de Naciones Unidas. El Reino Unido se da cuenta tras la Segunda Guerra Mundial de que la época de la colonización ha terminado y que tiene que buscar una fórmula diferente para quedarse con el control de Gibraltar, que es el control de la base. Lo incluye entre los territorios a descolonizar pretendiendo que se aplique el criterio de libre determinación, en el bien entendido de que los gibraltareños van a elegir seguir bajo soberanía británica, entre otras cosas porque es una población importada. Naciones Unidas dice que es una colonia, que hay que descolonizarla, que tiene que hacerse con una negociación entre el Reino Unido y España cuanto antes y que se debe aplicar el principio de integridad territorial y no el de libre determinación. Las resoluciones sobre el Sahara Occidental y sobre Gibraltar, que son de la misma época, son de lo más clarificadoras. La legalidad internacional está de nuestro lado. En tercer lugar, está el ordenamiento jurídico europeo. En él se dice que las leyes europeas se aplican a los territorios cuyas relaciones exteriores sean gestionadas por un Estado miembro. Ese era el caso cuando el Reino Unido estaba dentro, pero ya no.

Lo que nosotros propusimos, y que me costó el puesto en el gobierno, fue ir a una fórmula de cosoberanía, que era una fórmula (Castiella, Morán, Matutes, Piqué) en materia de relaciones exteriores para quedarse dentro de la Unión Europea (Schengen, unión aduanera, no verja) que nos hubiese permitido tener una base conjunta con Rota y Gibraltar, sin los inconvenientes que plantea el conflicto de soberanía sobre agua y espacio aéreo, autonomía plena, que está prevista en el 144 de la Constitución española, y creación de una Zona Económica Especial, al amparo de la legislación europea, que incluyese Gibraltar, el Campo de Gibraltar y Ceuta.

Esta hubiese corregido uno de los defectos importantes, porque hay un “cuarto Gibraltar” que es el Campo de Gibraltar. Las cifras son estremecedoras. La renta per cápita de Gibraltar es la más alta del mundo después de Catar y Luxemburgo. La diferencia de renta entre el norte y el sur de la verja es de 6 a 1, la más alta del mundo, superior a la que existe entre Estados Unidos y México. Ahora lo que se ha firmado es un acuerdo, que está así y que se podrá denunciar, y un preacuerdo, que habrá que ver si la UE acepta. ¿Qué dice el acuerdo fiscal? ¿Qué gana España? Lo digo en mi libro. Nada. ¿Qué es lo que pierde España? Que sigue consagrando y permitiendo un régimen fiscal que ni tiene IVA, ni impuesto sobre alcohol, tabaco y petróleo y con un Impuesto de Sociedades que no grava los beneficios que se obtengan fuera, que es un «off shore». Eso es lo que explica la riqueza de Gibraltar, que no tiene recursos naturales pero que tiene 80.000 sociedades. 

Clinton me llegó a confesar que había barajado la posibilidad de llevarse las bases de Rota y Morón a Marruecos, lo cual hubiera sido una catástrofe

P.- ¿Usted eliminaría los paraísos fiscales?

R.- Absolutamente.

P.- Todos los políticos dicen eso, pero luego nunca se aplica. 

R.- Lo que no se entiende en esto es la postura de la izquierda. Mi amigo Rubalcaba me decía: «No sigas con esto de la soberanía y de la bandera, porque a los míos eso no les interesa nada y les parece ‘viejuno’ y ‘franquista’, pero sigue con eso de los paraísos fiscales, que les pone como ‘motos’, eso sí». Ahora ya, ni eso les «pone». ¿Qué quería Gibraltar? En suma, estar fuera de la soberanía española pero dentro de la UE; ser un «mini-Estado», como Mónaco o San Marino. Y lo que subyace en este acuerdo que ha firmado el gobierno socialista es que mientras Trump ponía verjas, aquí se quitan, y que, en cinco años, se iban a conmover tanto que acabarían desfilando y cantando «banderita»… pues no. El Campo de Gibraltar al final no gana y a medio plazo, la UE no va a tolerar ese estado de cosas que, con esa Zona Económica Especial, sí lo habíamos solventado. 

P.- Otro tren perdido, como el de Latinoamérica. ¿Por qué en España se desaprovechan tantas ventajas extraordinarias, empezando por la del idioma?

R.- No creo que esto se puede generalizar. Yo creo que en estos cuarenta años España ha aprovechado su situación geopolítica, la decencia desde el punto de vista del Derecho Internacional porque ya no éramos una dictadura, entramos en la Alianza Atlántica, en la Unión Europea… tal vez esto (que usted me pregunta) sea de estos últimos tiempos. España es una potencia media. Si quieres boxear por encima de tu peso, tienes que hacer dos cosas: ser la voz de la UE en los escenarios donde se te reconozca la primogenitura y tener una complicidad con los Estados Unidos en esas áreas. Eso es lo que se ha perdido. 

Lo que nos salvó del rescate fue que, si hubiésemos tenido que tirar la toalla, Italia hubiese ido detrás. Ahora nos quedaríamos solos

P.- ¿Se puede recuperar esta buena interlocución con los Estados Unidos? Me interesa también mucho su opinión sobre el asalto al Capitolio y acerca de cómo puede influir la entrada de Joe Biden en la Casa Blanca, siempre con el foco puesto en nuestra relación con Latinoamérica. 

R.- Yo me entrevisté con Hillary Clinton al mes de entrar y comprobé que existía un enorme resquemor con España por dos asuntos: la retirada de nuestras tropas de Irak y aquellas famosas declaraciones de Zapatero en Túnez invitando a los demás. Clinton me llegó a confesar que había barajado la posibilidad de llevarse las bases de Rota y Morón a Marruecos, lo cual hubiera sido una catástrofe. Aquello se enmendó. Ahora creo que los Estados Unidos han cometido un error. La confrontación con China va a continuar, no desde el terreno militar, obviamente, pero sí con el 5G o asuntos comerciales como la Ruta de la Seda u otros. En cuanto a Iberoamérica, no creo que vaya a haber grandes cambios. En todo caso habrá cambio de lenguaje. Asistimos a un renacimiento de populismos de extrema derecha como el de Bolsonaro en Brasil, o de extrema izquierda. Ahí están Cuba, Nicaragua, Bolivia, Argentina o Ecuador. El hecho de que España haya cambiado de posición respecto a Juan Guaidó, sin tener en cuenta a los Estados Unidos, me parece una maniobra muy peligrosa. Por otro lado, en la UE, España está siendo mirada con enorme recelo porque el hecho de que haya comunistas en el gobierno no les gusta nada. Hay muy pocos precedentes; recuerde en Francia las dos ocasiones en las que ocurrió, una con Mitterrand y otra con Jospin y las cosas terminaron mal. El otro precedente fue en Grecia, con «Syriza», con los resultados conocidos. De momento, este gobierno no tiene un problema de deuda porque el BCE está comprando todo. Pero si en algún momento, que llegará, la situación se normaliza, el BCE dejará de comprar y habrá que acudir a los mercados. Ahí llegará el problema de deuda y de prima de riesgo. No creo que haya una crisis bancaria previa pero sí un problema de deuda. Eso es lo que tuvo Zapatero. 

P.- ¿Cómo nos puede influir la llegada de Draghi al gobierno de Italia? 

R.- Lo que nos salvó del rescate fue que, si hubiésemos tenido que tirar la toalla, Italia hubiese ido detrás. Ahora nos quedaríamos solos. 

P.- Volviendo al día a día en España, ¿qué gobierno se formará en Cataluña? 

R.- Independentista. Sin la menor duda. O eso, o la repetición de elecciones. Soraya se “enamoró” de Junqueras y estos están enamorados de Rufián. Y no se dan cuenta de que es un partido asambleario y aunque quisiera pactar con ellos, la bases no se lo permitirían (a ERC). A Illa no le han llevado allí para ser presidente de la Generalitat… Sánchez lo que quería era un gobierno de ERC con los Comunes apoyado por el PSC desde fuera a cambio del apoyo de ERC en Madrid. Esta ha sido siempre la jugada. 

P.- Volvamos al liderazgo del PP. En este momento hay tres líderes de los cuales se habla mucho…

R.– Alberto Núñez Feijóo…

P.- No; Isabel Díaz Ayuso, Martínez-Almeida y Pablo Casado…

R.- El líder es Pablo Casado, por el momento y por el “timing”, y el único líder alternativo es Alberto Núñez Feijóo. 

P.- ¿Lo ve como una alternativa real?

R.- Absolutamente. Ha vuelto a ganar en 2020 y ha obtenido su cuarta mayoría absoluta. El único líder alternativo a Casado es Núñez Feijóo. Almeida está muy bien pero bueno… y lo otro, “no comment”. Para gobernar un partido, lo que hay que tener es un programa. No ha habido líder que haya despertado más recelos, cuando llegó, que Adolfo Suárez. Venía de la Secretaría General del Movimiento. Era, como él decía, “un chusquero de la política”. Pero Suárez, en quince días, levantó una bandera: Ley para la Reforma Política, legalización del PCE, vuelta de Tarradellas… y ya no le discutió nadie. 

P.- ¿Hay tiempo aún entonces para que haya una “era Casado”?

R.- Siempre que Casado diga qué es lo que va a hacer y cómo lo va a hacer. Todo el mundo está deseando que acierte Casado, pero tiene que decir qué quiere hacer. ¿Qué necesita España en dos años? Repetir lo de 1977: unos Pactos de La Moncloa porque hay que cambiar el sistema económico. Sufriendo los que más (en lo económico) hemos sido los que menos pólvora hemos podido gastar en el naufragio (porque estábamos muy endeudados). Y luego hay que hacer un proceso de regeneración; en España, el ejemplo clásico es el de 1898. Estaban los que querían cortar amarras y los regeneracionistas; a España, dijeron, hay que rescatarla. ¿Cómo? Europeizándola. Y el punto de arranque debe ser la modificación de la Constitución, para poder preservarla. La Monarquía parlamentaria, la igualdad de los españoles en derechos y obligaciones (no cabe un federalismo asimétrico como se quiere hacer en Cataluña) y la solidaridad… hay que incorporar leyes nuevas, convertir al Senado en una Cámara de representación territorial. A partir de ahí llegará el régimen fiscal, financiación autonómica, CGPJ… y cuando acabe ese proceso, que lo tiene que hacer un gobierno de concentración nacional, con o sin un Draghi. Si no, iremos a un proceso de degradación continua y el día del “Juicio Final” llegará con la crisis de deuda. Lo que cree Sánchez es que llegará después de las (próximas) elecciones. Ya le ocurrió a Zapatero en 2008 y a González en 1993. En suma, hay que hacer política. No como ocurrió con Rajoy, que presidió un gobierno de gestión. Está bien cuadrar las cuentas, como Silvela y Fernández-Villaverde… ¡pero hay que hacer política!