España

'Anboto', una vida de dolor, fuga y cárcel bajo el oscuro manto de ETA

La Audiencia Nacional juzga hoy a la histórica dirigente de ETA Soledad Iparraguire por un asesinato en 1985 y mañana por el atentado en la oficina del DNI de Bilbao

La exjefa de ETA, Soledad Iparragirre, alias 'Anboto', en la Audiencia Nacional.

La exjefa de ETA, Soledad Iparragirre, alias 'Anboto', en la Audiencia Nacional. EFE

La vida de Soledad Iparragirre ha transcurrido siempre bajo la sombra oscura de ETA. Lo hizo en su adolescencia, cuando su padre, Santiago, comenzó a colaborar con la banda. También en su juventud, cuando aquel caserío familiar en el corazón de guipuzcoano, en el que vivía la familia, daba cobijo a miembros de la organización y ocultaba material de la banda en aquellos primeros años de la Transición. Allí pronto aprendió lo que suponía vivir bajo el imperio de la discreción, la prevención y la vigilancia si se optaba por la defensa de la independencia de Euskal Herria a través de las armas. En su madurez lo aplicó para ascender hasta la cima de la organización y para lograr esquivar durante décadas a la policía.  

El manto de la banda ha sido también bajo el que ha conocido el amor. José Ariztimuño, alias ‘Pana’, fue uno de los que entabló contacto con su familia. Aquel joven militante con el que Soledad mantendría una relación murió en Vitoria en un tiroteo con la Policía el 30 de marzo de 1982, en pleno corazón de la capital alavesa. Aquel enfrentamiento terminaría derivando en una operación policial que concluyó con una decena de arrestos, entre ellos los de la propia Soledad y parte de su familia. Su padre logró huir a Francia. Ella, con apenas 20 años, lo haría poco después de ser puesta en libertad.

Aún no lo sabía pero la apuesta de Iparragirre le deparaba dos décadas de vida en clandestinidad, de acciones terroristas y asesinatos, y más de tres lustros de cárcel. Con su marcha a Francia acababa de comenzar la carrera de una de las pocas mujeres que en el seno de ETA lograría alcanzar las cotas más altas de responsabilidad en la organización armada. Su predecesora, Dolores González Catarain, alias ‘Yoyes’, lo hizo a comienzos de aquellos años 80. A ella no se le concedió el derecho a renunciar, a abandonar ETA, y fue asesinada el 10 de septiembre de 1986 en Oñati, delante de su hijo de tres años, a manos de sus excompañeros y bajo la acusación de traicionar a la organización.  

Para mediados de los 80 Soledad Iparragirre ya estaba plenamente integrada en la estructura de la banda. Se había formado en Francia, cuando el país galo aún era un santuario para ETA. En 1985 regresó a Euskadi para formar parte del ‘comando Araba’. De aquel periodo es el primero de los juicios que esta semana le sentará en la Audiencia Nacional: el asesinato de Estanislao Galíndez Llano, el cartero de Amurrio, el 26 de junio de ese año. ETA le acusó de ser confidente de la Guardia Civil. Fue la misma acusación por la que también asesinaron cinco años antes a su hermano Félix.

Ya en septiembre de 2019 y después de décadas en el país vecino, las autoridades francesas anunciaron que entregarían a España a la histórica dirigente de la banda terrorista que había cumplido su pena en esa nación y se enfrentaba entonces a doce causas por sendos atentados en territorio español. Entre ellos, se encuentran los que esta semana llegan a la Sala de lo Penal de la Audiencia Nacional.

El primero de ellos trata de esclarecer si la acusada fue autora o participó en el asesinato de un funcionario de Correos al que ETA atribuía ser confidente policial en 1985. El segundo, el atentado de 1994 en la sede de expedición del DNI en Bilbao que afectó acabó con la vida de un agente de la Policía Nacional y que dejó a otro en un delicado estado de salud. Los dos procesos le enfrentan a una petición por parte de la Fiscalía de 99 años de cárcel. En la causa por el asesinato del cartero de Amurrio Estanislao Galíndez, el Ministerio Público pide 39 años de cárcel y, en el atentado contra las oficinas del DNI en Bilbao, 60 años.

Atentados con el comando ‘Araba’ y comando ‘Itsasadar’

Estanislao Galíndez, funcionario auxiliar de reparto de la oficina de Correos de la localidad de Amurrio (Álava), fue asesinado en 1985. José Javier Arizcuren, alias ‘Kantauri’, Juan Carlos Arruti, conocido como ‘Paterra’, y la propia ‘Anboto’, como miembros del ‘comando Araba’, decidieron quitarle la vida por considerar que era confidente de la Policía, según indica el escrito de la Fiscalía. A las 7,50 horas del 26 de junio de ese año, Arruti y otro hombre obligaron a punta de pistola al cartero a que se colocase en el asiento del copiloto. Hicieron una primera parada para que Galíndez se introdujese en el maletero; en una segunda parada, el resto del comando se subió también al coche.

Los tres rodearon al cartero, Arruti y Arizcuren con una pistola en la mano. Dispararon tres veces y huyeron al cementerio de Larrumbe, donde abandonaron el automóvil con el propietario en el maletero. La Fiscalía considera a Iparraguirre autora de un delito de asesinato y de un delito de robo de vehículo con uso de armas. Por el primero, el Ministerio Público pide 29 años de prisión y, por el segundo, diez años y un día.

Diez años después, según el escrito de calificación provisional de la Fiscalía, ‘Anboto’ ordenó y proporcionó armas para que dos de los integrantes del ‘comando legal Itsasadar’ se acercasen al policía que custodiaba la puerta de la calle Ajuriaguerra (Bilbao), Domingo Durán Díez, de 40 años, y le disparasen. La Fiscalía señala que este ataque acortó la normal esperanza de vida de la víctima, que acabó falleciendo en 2003. Otro de los terroristas se dirigió a la calle Heras y disparó contra un segundo agente, Rafael Leiva Loro, de 43, al que mató instantáneamente. El Ministerio Público pide que Iparraguirre sea condenada a 60 años de cárcel por dos delitos de asesinato, uno de ellos en grado de tentativa.

Acceso a la cúpula

Iparragirre apenas permaneció dos años en el ‘comando Araba’. Lo hizo junto a otro histórico de ETA, José Javier Arizkuren, alias ‘Kantauri’. Para entonces, su alias ‘Anboto’ ya era muy conocido en la lucha antiterrorista. Aquel sobrenombre hacía referencia al monte que entre Bizkaia y Alava da vida a la figura mitológica de ‘Mari’, la divinidad de la montaña que en ocasiones es representada como mujer con patas de cabra y garras de ave rapaz.

Tras un periodo sin noticias de ella, la policía la vuelve a situar en 1992 en uno de los comandos más importante de ETA, el ‘Madrid’. Un tiempo en el que las acciones de la banda en la capital de España son especialmente virulentos. ‘Anboto’ había adquirido ya peso dentro de ETA y la detención de Kepa Pikabea en julio de 1994 le situó como nueva responsable de los comandos legales de ETA, no fichados. Es a partir de entonces cuando su alias más común pasa a ser ‘Marisol’.

En la cima de ETA permanecería durante una década. Un tiempo en el que inició una relación con quien llegó a ser máximo responsable político de la banda. Mikel Albisu, alias ‘Mikel Antza’. Soledad Iparragirre, como miembro de la dirección de la banda, asumió lo que se denominó la dirección administrativa de la organización, entre ellas todo lo relacionado con la gestión y cobro del llamado ‘impuesto revolucionario’.

La vida de Albisu guardaba muchas similitudes con la suya. Soledad y Mikel nacieron en 1961 y ambos lo hicieron en un entorno familiar en el que ETA estuvo presente desde siempre. El padre de ‘Antza’ fue uno de los fundadores de ETA. Rafael Albisu Ezenarro figura junto a Julen Madariaga o José Luis Álvarez ‘Txillardegi’ como uno de los fundadores de la banda en julio de 1959. Cuando ‘Anboto’ ya hacía dos años que había huido a Francia, Mikel Albisu aún combinaba su defensa de lucha revolucionaria con el amor por la escritura y el teatro. Recurrió al seudónimo ‘Mikel Antza’ –que terminaría por convertirse en su alias en ETA- para presentarse a un concurso de cuentos en Irún. En 1985 ‘Antza’ entró en la prisión de Martutene como conductor de la furgoneta de la banda del cantautor Imanol. Tras el concierto dado en la prisión, en los altavoces salieron ocultos dos presos de ETA: Joseba Sarrionaindia e Iñaki Pikabea. Poco después, ‘Antza’ huyó a Francia. Años más tarde, terminaría siendo uno de los ideólogos políticos de la organización.

Detención en Francia en 2004

La vida en común de Iparragirre y ‘Antza’ se remonta a comienzos de los 2000. También su caída. Para abril de 2004 la policía española y la francesa ya los tenían localizados en la localidad de Salies de Béarn, cerca de Pau. Ambos se instalaron en esta pequeña localidad del País Vasco francés donde nadie parecía sospechar de aquella pareja que se relacionaba con cierta normalidad en el municipio. Donde el hijo de ambos había sido escolarizado, donde Soledad compraba con normalidad en el supermercado y en la que nada nada hacía sospechar de que en aquella vivienda residían el número uno y la número dos de ETA.

La minuciosa operación prevista para la primavera de 2004 se tuvo que suspender. Las dudas sobre la identidad aconsejaban prudencia. Los agentes camuflados, algunos como dependientes del mercado, permitieron confirmar que eran ellos. En otoño de aquel año la operación ‘Santuario’ termino con la detención de los dos. Francia les condenaría a 20 años de prisión a cada uno de ellos. 14 años más tarde, el 23 de enero de 2019, ‘Mikel Antza’ fue entregado a España. Al no tener causas pendientes, fue puesto en libertad. Hoy ha retomado la escritura y ha publicado varios libros, uno de ellos referido a su trayectoria en ETA.

La situación de ‘Anboto’, de ‘Marisol’, en cambio, es muy distinta. Una de sus últimas aportaciones a ETA fue poner voz al comunicado por el que la banda anunciaba que se disolvía. Lo hizo junto a Josu Urrutikoetxea, alias ‘Josu Ternera’, también hoy con causas pendientes en España.

El pasado como miembro de comandos de ETA augura a ‘Marisol’ aún un largo futuro de procesos judiciales. Por el momento, ya ha sido condenada a 122 años por su participación en el asesinato en León del comandante del Ejército de Tierra, Luciano Cortizo en 1995. Pero sobre ella pesa la acusación de ser responsable de hasta 14 asesinatos. En la primera de las causas, de la docena que le esperan, fue absuelta. El atentado contra la comisaría de Oviedo cometido por ETA en julio de 1997 se consideró que no se pudo probar su participación.  

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