José María Aznar, en su comparecencia en el Congreso de los Diputados. EFE

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Cuando Aznar hizo un 'Toni Cantó' en Bilbao

El PP y el PSE recurrieron durante décadas a candidatos no empadronados en Euskadi para conformar sus listas electorales

Llegaban por cientos. Para muchos era la primera vez que pisaban Euskadi. Otros lo habían convertido en una suerte de rutina electoral en solidaridad con sus compañeros. Durante años las listas electorales estuvieron repletos de ellos. Ninguno figuraba en los padrones municipales, la ley no lo exige para las citas municipales. Hubo un tiempo en el que en Euskadi hubo otros ‘Toni Cantó’, -candidatos no empadronados en Euskadi- llegados de fuera en el País Vasco para concurrir a unas elecciones. No lo hicieron tras abandonar su partido, ni como resultado de una ‘opa hostil’ entre siglas. La llegada desde tierras lejanas a las candidaturas vascas estuvo motivada por razones mucho más graves; la amenaza y acoso del entorno radical, los asesinatos de ETA de políticos constitucionalistas y el ‘estigma’ que, aún hoy’, dificultó la captación de militantes y voluntarios en Euskadi para figurar en una lista electoral. 

Uno de ellos fue José María Aznar. Se presentó a concejal en Bilbao cuando fue presidente del Gobierno. Javier Arenas hizo lo propio en Rentería cuando lideraba a los populares andaluces y la entonces presidenta del partido en Euskadi, María San Gil, se vio obligada a buscar apoyo en el PP de Madrid. Acudió al despacho de Esperanza Aguirre para reclamarle que movilizara a sus bases para lograr un millar de voluntarios dispuestos integrar las listas electorales en los pueblos vascos o para acudir como apoderados a las mesas electorales.

Algo similar ocurrió en el PSE. La necesidad de conformar listas electorales en los 250 municipios vascos se convirtió durante muchos años en un objetivo imposible de alcanzar, en especial en muchas pequeñas localidades. Durante finales de los 80 y los 90, incluso en la primera década de los 2000, figurar como candidato, aunque fuera como mero ‘relleno’, en alguno de los dos partidos constitucionalistas podía conllevar ser señalado por el entorno radical. Fueron tiempos en los que ETA asesinó a políticos del PP y del PSE y en los que las convocatorias municipales obligaban a ambos partidos a pedir refuerzos a sus estructuras nacionales.

Un ‘estigma que aún amedrenta

En el PP aseguran que aún hoy los requieren, que el ‘estigma’ que supone en el País Vasco ser de su partido sigue complicando recabar nombres suficientes para presentar listas en todos los municipios vascos. “Aún existen muchas reticencias para ir en nuestras listas. No en los grandes municipios pero sí en los más pequeños, en lo que supone quedar señalado y exponerse a las consecuencias”, afirma un portavoz del PP vasco.

Relata que en las localidades en los que el voto es nacionalista de forma casi unánime, también no exhibir tu posicionamiento político sigue suponiendo quedar marcado: “Nadie quiere que sus hijos, su pareja o su negocio tenga problemas por figurar en una lista, queda mucho por superar”.

En 2003 el entonces presidente del Gobierno, José María Aznar, cuyo padre nació en Bilbao, concurrió a las elecciones municipales al consistorio de la capital vizcaína. La lista, encabezada por Antonio Basagoiti, la cerró Aznar simbólicamente en un gesto de apoyo a los candidatos populares en el País Vasco ante el acoso al que se veían sometido por ETA y su entorno.

Cuatro años después fue otro de los ‘barones’ del PP, Javier Arenas, quien engrosó una lista municipal en Euskadi, en Errenteria. En realidad fue la segunda ocasión en la que lo hacía tras su ‘candidatura’ en las municipales de 1999.

En la lista de ejemplos figura uno singular, el de Daniel Portero. El hoy presidente de la Asociación Dignidad y Justicia, concurrió el 26 de mayo de 2019 en dos listas electorales al mismo tiempo, como número 11 en la lista del PP al Ayuntamiento de Bilbao y como número 13 en la candidatura de Isabel Díaz Ayuso a la Asamblea de Madrid.

Al menos el cabeza de lista

Sólo en 2007 las listas municipales de los populares incluían alrededor de 250 voluntarios venidos de fuera del País Vasco. En las municipales anteriores la cifra rondó el millar. Aún hoy la situación requiere la llegada de voluntarios de fuera en algunos puntos del país. Además de en Euskadi, en Cataluña o Navarra el  PP solicitó por carta a su militancia voluntarios para engrosar las listas de las municipales del 26 de mayo de hace dos años.

En el País Vasco el PP apenas cuenta hoy con 4.500 afiliados. Sólo completar las listas municipales de los 250 municipios vascos requiere cerca de 5.000 candidatos dispuestos a figurar en ellas. Desde el PP vasco señalan que esta realidad tan complicada para hacer política desde sus siglas ha supuesto un «evidente ventajismo político» para otras formaciones y una limitación para la implantación del  partido.

La legislación electoral en Euskadi establece que para optar en una candidatura al Parlamento Vasco sí se debe acreditar la «vecindad administrativa» en el País Vasco. También para concurrir a uno de los escaños de las Juntas Generales, pero no así para los ayuntamientos. “Siempre hemos procurado que al menos el cabeza de lista sea del pueblo, aunque no siempre ha sido posible. En ese caso se buscaba que, al menos, fuera de la zona. En mi caso, yo estoy empadronado en Bilbao y he sido concejal de Sondika y de Elorrio. En la lista sí figuraba gente de Elorrio en puestos de salida”, asegura Carlos García, actual portavoz del PP en el ayuntamiento de Bilbao.  

García no olvida cómo durante muchos años en las sedes principales del partido, en especial en Madrid, muchos voluntarios se presentaban para formar parte de las listas en el País Vasco o para colaborar con el partido durante las campañas: “Tras el asesinato de Miguel Angel Blanco no sólo aumentó el número de gente que se afilió sino también el de personas que estaban dispuestas a figurar en nuestras listas”. Ejercer la política en aquellos años bajo las siglas del PP o del PSE conllevaba en muchos casos tener que vivir escoltado o alterar los hábitos de vida por razones de seguridad.

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