“Pido disculpas por no romper la cara a todos los fachas con los que discuto en la televisión, pero yo creo que fachas no faltan en este país, incluso en este pueblo. Quizá cuando acabemos en esta charla, en lugar de mariconadas del teatro, nos vamos de cacería a Segovia a aplicar la justicia proletaria que es lo que se merecen unos cuantos”. “Le decimos al poder: aquí estamos yo y mis pelotas”. “Déjame llamar tonto a Inda porque me ha llamado fascista”. “La azotaría hasta que sangrase”. “Ignorante”. “Don Pantuflo”. “Con la política de mayorías me pasa lo mismo que con el sexo de mayorías… No me la pone dura…”. “Caraduras, no sois creíbles”. “Parlamento burgués de mierda que representa los intereses de clase”. “Ir a las elecciones de manera masculina, con cojones” etc, etc.

¿Estas palabras del exvicepresidente del gobierno justifican el «rata», «coletas», «chepudo» u otros insultos en su contra y de su familia? Por supuesto que no, al igual que no se justifica que él las haya usado para referirse a los electores o a sus adversarios políticos y mediáticos. Además, son frases que resultan extrañas en un profesor universitario que buscaba refundar la democracia española.

Sin embargo, las cosas no son tan simples cuando la política deja de ser una forma de procesar los conflictos para convertirse, como sucedió en el caso de Pablo Iglesias, en una lucha moral entre el bien y el mal, entre el afuera y el adentro de Laclau o la realidad plana del ganar o morir de Juego de Tronos

En esos casos, la política deja de ser la búsqueda de consensos para la (re)distribución de recursos desde la inclusión en pluralidad de mayorías y minorías, con respeto a las libertades, derechos y obligaciones, para convertirse en un ejercicio maniqueo de suma cero, en el que prima el antagonismo amigo-enemigo en los términos de Carl Schmitt (un cabrón muy listo según Monedero), o en una aproximación peculiar a la democracia agonista de Mouffe de la que sólo queda la idea de los rivales.

Iglesias fomentó la lectura de la realidad desde esas bipolaridades que únicamente prosperan al tiempo que crece el odio»

Pablo Iglesias fomentó la lectura de la realidad desde esas bipolaridades que únicamente prosperan al tiempo que crece el odio. No hay forma de concebir como enemigo a quien no es uno de los nuestros, ya sea el vecino o un familiar, sin desarrollar ese sentimiento. Lamentablemente, esta visión del mundo cala fácilmente en una parte de la sociedad que vive instalada en el 36 y sus dos bandos –la polarización con Vox en el otro extremo lo evidencia– sin importarle las consecuencias que eso tiene para la convivencia democrática de España.

Ahora bien, el odio como herramienta política tiene sus peligros porque los odiados y los odiadores se intercambian en función de a quien se debe odiar y Pablo Iglesias jugó a ser el punto de referencia de filias y fobias antagónicas, representando un papel parecido al personaje de Tom Cruise en Magnolia, aquel que disfrutaba al verse aclamado mientras atacaba a sus enemigas; pero cuidado, se trata de un rol que quema y carcome: Frank T. J. Mackie acabó llorando junto a la cama de su padre enfermo reclamándole afecto y Pablo Iglesias dimitió de todo cargo mientras admitía su desgaste.

Los problemas comenzaron cuando el odio no solo venía ya de los fascistas contra los que declaró alarma, sino de aquellos que en un primer momento vieron en él y su partido una esperanza

La confrontación hosca con tono justiciero, superioridad moral y, sobre todo, mirando siempre a los ojos, manteniendo la mirada -como recomendó hacer a la chica que se enfrentó a Rosa Díez en el acto de la Complutense, que para él fue académico y para otros un escrache- le dio magros resultados mientras el escenario fueron tertulias llenas de testosterona que muestran la política en el formato del Chiringuito de los Jugones o de Sálvame. Los problemas comenzaron cuando el odio no solo venía ya de los fascistas contra los que declaró alarma, sino de aquellos que en un primer momento vieron en él y su partido una esperanza.

El primer campanazo sonó al cambiar de residencia. Algo que en principio no debería haber molestado a nadie se convirtió en un tema de debate por todas las críticas que Iglesias había vertido contra los políticos que se iban de los barrios para vivir como él mismo acabó viviendo.

Hay que añadir que al desgaste del ex vicepresidente ha contribuido el enfrentamiento con antiguos aliados políticos. Un nada despreciable sindicato de agraviados que sin duda vivió su momento de justicia poética cuando Más Madrid cumplió el sueño de Iglesias de dar el sorpasso al PSOE.

Contribuyó al malestar interno la verticalidad en la gestión del partido que mantuvo hasta el último momento con el dedazo –al más puro estilo del PRI mexicano– con el que designó heredera de la secretaría general a Ione Belarra y candidata a la presidencia del gobierno a Yolanda Díaz. Un modelo de sucesión más propio del cuaderno azul de Aznar que de la participación de las bases circulares y la democracia interna. ¿Qué diría de todo esto el Pablo Echenique de Vista Alegre I? Ese que promovía el sorteo como acceso a la dirección de Podemos y se presentaba como alternativa a la concentración de poder en manos del Círculo de la Complutense.

Iglesias se fue quedando solo y los ataques se centraron cada vez más en él. Ya no se trataba únicamente de la confrontación dialéctica de alto voltaje, sino de acosarlo junto a su familia, de la que también forma parte la ministra de Igualdad. Quienes lo hacían se justificaban desde aquella sentencia de Iglesias de que los escraches al domicilio de la entonces vicepresidenta, Soraya Sáenz de Santamaría, eran «el jarabe democrático que aplican los de abajo a los de arriba”. Frase que refleja claramente su manera de entender y actuar en política y que explica gran parte de lo sucedido. Él siempre se ha percibido y se percibe como uno de abajo.

El problema está en que cuando pasó a ocupar la vicepresidencia del gobierno dejó de ser «de abajo» por una simple cuestión de asimetría de poder. Además, desde su perspectiva, se asume que hay un solo arriba y un solo abajo, cuando en realidad las sociedades son plurales y hay varios arribas y varios abajos, algo que los populistas como él no comprenden y que tampoco le pudo explicar quien fuera su consejero, Paolo Gentili

Cuando un político está arriba, siempre habrá un grupo de uno de los «abajos» que querrá darle jarabe democrático. Así, la dinámica política se volvió cada vez más tóxica, superando cualquier límite. En esta escalada, por ejemplo, un tipo intentó grabar en el interior del domicilio de los Iglesias-Montero, lo que implica de suyo la comisión de una serie de delitos. Por otro lado, en el entorno de Iglesias se promovió como medio de autodefensa la creación de laultimahora.es (no confundir con el histórico medio balear al que se le birló el nombre), un medio digital desde el que se fomenta el amarillismo y los ataques personales. A la vez, la cuenta de twitter del portavoz de uno de los partidos del gobierno se fue convirtiendo en un espacio cada vez más virulento.

Luego de su dimisión, uno de los mensajes más repetidos por él y los suyos, y en algunas semblanzas, es que ha sido víctima de ataques de los medios de comunicación. No obstante, como él mismo dijo desde la rueda de prensa del Consejo de Ministros del 7 de julio de 2020: «Pero creo que hay que naturalizar, que en una democracia avanzada, cualquiera que tenga una presencia pública y cualquiera que tenga responsabilidades en una empresa de comunicación o en la política, pues lógicamente está sometido, tanto a la crítica, como al insulto en las redes sociales, y el derecho, cuando las cosas se salen de madre y ofrece instrumentos para emplearlos en este caso. Pero creo que es normal en una sociedad democrática que se produzcan críticas y que incluso todos los que tenemos una presencia pública y una relevancia a la hora de participar en los debates, y ahí los profesionales de los medios de comunicación, algunos lógicamente la tienen, pues creo que la crítica es una cosa normal y propia de las democracias e incluso las cosas desagradables que vemos en las redes sociales y que no nos gustan a nadie, también son normales y yo no sería partidario de que eso se pudiera perseguir”«(trascripción literal).

Pablo Iglesias ha demostrado ser un político valiente, con ambición y ganas de cambiar el país. Todo lo logrado por él tiene mucho mérito. En un tiempo récord montó un partido y llegó a la vicepresidencia del gobierno donde más bien hizo poco en materia de derechos sociales y menos aún en Agenda 2030: sus carteras.

Si bien es cierto que la pandemia se lo puso difícil, en su año y medio de gobierno comulgó con ruedas de molino y dijo Diego donde antes dijo digo, lo que sin duda contribuyó a la desilusión de un sector de votantes que tenían unas exceptivas muy altas en los cambios que implicaría su llegada al gobierno. 

No se puede negar que revolucionó la política española y que removió la estrategia electoral… Sin embargo, no hizo algo fundamental, más aún al llegar al poder: renovar las estrategias»

No se puede negar que revolucionó la política española y que removió la estrategia electoral usando la vieja táctica de Napoleón de hacer saltar por los aires las reglas del combate. Sin embargo, por falta de capacidad u omisión no hizo algo fundamental, más aún al llegar al poder: renovar las estrategias.

Si los generales adversarios desarrollan tácticas para enfrentarte y pierdes novedad o, peor aún, usan tus estrategias de forma más osada y eficiente: pierdes. En lugar de gobernar apostó por mantener la confrontación del «ganar o morir» y pasó lo segundo. 

Como dice El Necio, la canción de Silvio Rodríguez con la que Iglesias se despidió, «murió como vivió». Al igual que Ramsay Bolton, después de perder la Batalla de los Bastardos en la sexta temporada de Juego de Tronos, fue devorado por las criaturas que entrenó y usó para atacar a sus adversarios.


Francisco Sánchez es profesor de Ciencia Política de la Universidad de Salamanca.