Hanna Arendt nació en 1906 en Hannover, donde vivió en primera persona los traumas del siglo XX. Nacida el seno de una familia de judíos laicos, cursó sus estudios universitarios en la Universidad de Marburgo, donde entabló una intensa relación con su director doctoral, Martin Heiddeger. Una década más tarde Heiddeger se afiliaba al partido nazi al tiempo que Arendt rechazaba contemporizar con el régimen de Adolfo Hitler como entonces hacía buena parte de la intelectualidad alemana.

Activa en las redes de disidencia, su casa se convirtió en un centro de ayuda para refugiados judíos hasta que la misma Arendt fue arrestada por la Gestapo. Poco después huyó a Francia de donde también tuvo que escapar, esta vez a Estados Unidos. 

La obra de Arendt responde a esa biografía. Al igual que otros intelectuales europeos emigrados a Estados Unidos – como los también alemanes Theodor Adorno o Max Horkheimer o españoles como Fernando de los Ríos o Ramon J. Sender – Arendt desarrolló la actitud ambivalente y compleja del emigrado tanto hacia la cultura europea de la que había tenido que huir, como hacia la estadounidense que la había acogido pero que también le repelía en algunos de sus aspectos críticos. Esa complejidad, trasladada al análisis político, cultural y filosófico, se tradujo en una asombrosa riqueza. 

La vida activa

Uno de los aspectos del pensamiento de Arendt más pertinentes para aproximarnos a qué nos ha ocurrido y qué nos está ocurriendo ahora es la división que Arendt elabora, especialmente en su libro La Condición Humana, entre las distintas esferas de la vida humana y la relación entre estas y la tecnología moderna.

Para Arendt, lo que ella llamaba «vida activa» se divide en, primero, «la labor», o aquellas tareas necesarias para la supervivencia biológica. Actividades repetitivas, fugaces, destinadas a satisfacer las necesidades fisiológicas: comer, vestirse, criar a los niños. Uno labora para alimentarse, queda satisfecho y a las pocas horas debe reiniciar el proceso. Son tareas imprescindibles, mecánicas y que nos atan a nuestra naturaleza animal. También son tareas asociadas, según Arendt a nuestra vida privada e íntima y a lo doméstico.

En segundo lugar, «el trabajo», tareas vinculadas a creaciones más permanentes, más creativas, necesarias pero no conectadas con lo biológico. Un carpintero, por ejemplo, en el proceso de ganarse la vida puede crear un mueble especialmente sólido y especialmente bello, al igual que un arquitecto unos planos para una vivienda especialmente bien lograda o un alto funcionario un reglamento especialmente eficaz. Son actividades vinculadas a nuestra vida pública, ya que nos relacionan con otros seres humanos y que nos permiten, aunque de forma limitada, expresarnos y dejar huella en el mundo. 

En tercer y último lugar, «la acción». Arendt engloba aquí las actividades que nos hacen realmente humanos, vinculadas con la creatividad y con la imaginación: la política, el arte, la creación de algo nuevo, potencialmente permanente y, más importante, que nos permite expresarnos y afirmarnos como seres humanos ante otros seres humanos. Este ámbito, lógicamente, está dentro de, y debería dominar nuestra actividad en, la esfera pública. 

Cómo nos cambia la tecnología

Otro elemento que queremos destacar hoy es la tecnología, que obsesionaba a Arendt. Por un lado, la evolución tecnológica ha desdibujado la distinción entre la labor y el trabajo y amenaza con liquidar la capacidad humana para la acción creativa. A la manera, digamos, que reflejó Chaplin en su película Tiempos Modernos. En las sociedades modernas, industrializadas y complejas, todos estamos atrapados, como Charlot, en los engranajes de la maquinaria productiva hasta perder el alma o lo que Arendt llamó, la voluntad y la capacidad de «acción», de crear, de proyectarnos como seres humanos sobre el mundo. 

Y eso, en la dimensión productiva. En la dimensión del consumo, además, las técnicas de la publicidad moderna nos empujar a consumir compulsivamente –  haciendo, por tanto, que nos aproximemos al «trabajo» con el mismo espíritu, casi animal, con el que tradicionalmente realizábamos «la labor» y reforzando la incapacidad para pasar a «la acción».  Y por si todo esto no fuera suficiente, Arendt observó con especial aprensión la aparición de primeros ordenadores. Aunque Arendt publicó La Condición Humana en 1958 ya creyó ver la capacidad de acumular y procesar información.

Si la industrialización nos convertía en engranajes de una máquina, las tecnologías de la información nos podían descomponer en datos, contribuyendo, de alguna forma, a una sociedad alarmantemente reminiscente de la que las hermanas Wachowski imaginaron en la película Matrix: la sociedad moderna se reordena así de tal forma que el trabajo se convierte en un actividad compulsiva al servicio de del consumo compulsivo. Anulando, en el proceso, lo que en realidad nos hace humanos. 

Mirado así, el Covid parece haber sido la tormenta perfecta para crear el mundo, casi distópico que tanto asustaba a Arendt. Encerrados en casa – el ámbito de la labor – pero conectados electrónicamente al trabajo.

El trabajo, desde luego para aquellos que tienen hijos, se ha convertido en esa actividad embrutecedora. Se han borrado las diferencias entre las dos esferas y trabajamos compulsivamente para poder cubrir las necesidades vitales al tiempo que desatendemos lo que de verdad nos hace humanos. 

Además, uno no tiene por qué coincidir con el desdén que sentía Arendt por la labor. Invirtiendo la ecuación de Arendt, el ámbito doméstico también se ha embrutecido, todos recordamos los memes sobre niños maniatados para que los padres pudieran trabajar. Y los que somos padres, sabemos lo que es sentar a los niños delante del televisor para que estén tranquilos y podamos terminar el informe o la tarea de turno a tiempo. Y no solo los niños. Agotados al final del día, hemos disparado el consumo compulsivo de entretenimiento en todos los formatos. Y lo mismo ocurre con el incremento disparado del consumo por internet  por ejemplo de aparatos de gimnasia, intentado recrear en casa el mundo de la calle, de lo público. 

Tengamos en cuenta, no obstante, que inmediatamente después del confinamiento e incluso durante el confinamiento, se produjeron fuertes movilizaciones. Pensemos en las protestas globales tras el homicidio de George Floyd o las protestas contra las medidas anticovid aquí en España. Uno puede estar o no de acuerdo con los motivos, pero sí parecen demostrar que todavía nos queda cierta capacidad de acción, en el sentido de Arendt. Las redes sociales, en este sentido, también nos han mantenido conectados, facilitando nuestra capacidad de acción, de nuevo en el sentido de Arendt, y movilizando a la sociedad civil. 

La banalidad del mal

Por último, la aportación más célebre de Arendt, desde luego la más popular hasta el punto de convertirse en el eslogan invariablemente asociado a su nombre, es su análisis sobre  «la banalidad del mal» en las sociedades modernas. Arendt dialoga con la obra de Thomas Hobbes, al que vimos en nuestro primer episodio, y observa que el Estado hobbesiano es, a su manera, una maquina en la que los funcionarios y los ciudadanos no son más que engranajes. 

Arendt pensaba en Adolf Eichman, que justificó haber orquestado personalmente la muerte de cientos de miles de seres humanos alegando que era su obligación como funcionario del Estado nazi.

Eichman alegó, y persuasivamente, según Arendt, que lo ilegal habría sido desobedecer las órdenes que se le daban. Se defendió, en suma, alegando su completa incapacidad para ejercer lo que Arendt habría llamado su capacidad de «acción». Y peor aún, los líderes judíos de los Judenrats, víctimas del Holocausto a la vez que engranajes imprescindibles en la maquinaria de exterminio nazi, se comportaron de la misma forma. 

En este podcast contamos con la arquitecta Elena Alfaro para examinar la validez del pensamiento de Hannah Arendt en la era del Covid. Nos planteamos estas cuestiones:

  • La de Arendt, en realidad, es la biografía del siglo XX. ¿Por qué es un personaje al que nuestros oyentes deban prestar atención (y, esperemos, seguir siendo oyentes)?
  • Arendt ha sido acusada de sexismo. Y, desde luego, identifica lo íntimo y lo privado y lo, por llamarlo de alguna manera, «animal» con tareas tradicionalmente realizadas por mujeres o sirvientes, en tanto que reserva lo «público» y lo que de verdad da valor a la actividad humana con tareas tradicionalmente masculinizadas ¿Es Arendt, después de todo, una defensora del patriarcado? 
  • Es debatible si romper la barrera entre lo privado y lo público ha deteriorado la calidad de lo público, como le preocupaba a Arendt, pero ¿ha devastado el Covid la calidad de nuestras vidas privadas? ¿Ha confirmado las peores sospechas de Arendt acerca de la senda en la que están nuestras sociedades?
  • ¿Pueden verse las nuevas tecnologías desde el punto de vista opuesto al de Arendt o de los Wachowski? ¿Pueden ser las nuevas tecnologías catalizadores de la acción? O, por el contrario: ¿se han aliado las nuevas tecnologías y los grandes estados avanzados para deshumanizarnos?

David Sarias es profesor de Historia Del Pensamiento Político en la Universidad Rey Juan Carlos y codirector del Master en Comunicación Social en la Universidad San Pablo CEU.