España

Nuestra Constitución tiene los días contados

Pedro Sánchez, presidente del Gobierno

Pedro Sánchez, presidente del Gobierno EP

El Rey habló ayer de los tres asuntos que le preocupan en lo que respecta a la vida nacional: la división, el deterioro de la convivencia y la erosión de las instituciones. Con ser todos importantísimos, hay uno que podría resultar irreversible: el deterioro de las instituciones.

«Necesitamos fortalecer nuestras instituciones, una instituciones sólidas que protejan a los ciudadanos, atiendan sus preocupaciones, garanticen sus derechos y apoyen a las familias y a los jóvenes en la superación de muchos de sus problemas cotidianos. Instituciones que respondan al interés general y ejerciten sus funciones con la colaboración leal con respeto a la Constitución y a las leyes y sean un ejemplo de integridad y rectitud. Y este es un propósito diario con el que las insituciones debemos estar siempre comprometidos».

Habida cuenta de que los discursos del Rey son supervisados por Presidencia del Gobierno y que, en consecuencia, nada de lo que diga el Rey podrá ir en contra de la acción del Gobierno, esto es todo lo que Su Majestad podía decir: «Unas instituciones con respeto a la Constitución y a las leyes y sean un ejemplo de integridad y rectitud», cosa que ahora mismo no sucede porque hasta el Tribunal Constitucional, que es el Tribunal de garantías constitucionales que amparan a todos los españoles, está sometido a un vaivén que es todo menos «un ejemplo de integridad y rectitud».

No digamos nada del Consejo General del Poder Judicial que está en las últimas y no se ha deshecho porque la Unión Europea lo ha impedido con su mandato de que el Poder Legislativo no puede de ninguna manera elegir a sus miembros por mayoría simple, que es en lo que Podemos insiste pero a lo que el PSOE se opone porque tiene que responder ante la Unión Europea.

La realidad es que estamos ante el momento más peligroso de toda la historia de nuestra democracia reciente, porque nunca antes la brecha abierta entre la derecha y la izquierda había sido tan honda y tan difícil de superar, si no imposible.

La realidad es que estamos ante el momento más peligroso de toda la historia de nuestra democracia reciente

Esto trae causa, siendo generosa, del año 17, de las leyes de desconexión aprobadas por el Parlament catalán que el Tribunal Constitucional se vio obligado a suspender después de haber advertido una y otra vez a los diputados independentistas que estaban jugando con fuego.

Después vino el referéndum, del que nunca supimos con qué garantías había contado en el sentido de participación y controles. Dos millones nos dijeron y dos millones nos tuvimos que creer, sin verificación alguna.

Más tarde se encarceló preventivamente a los principales implicados en el golpe de Estado desde las instituciones del Estado en que se tradujo el procés

Luego se les juzgó en un juicio retransmitido por televisión a todo aquel que estuviera interesado en juzgar si se estaba atentando contra los derechos de los reos a un juicio justo y también a cualquiera que manifestara atracción por asistir a un procedimiento ante el Tribunal Supremo.

En ese momento ya se empezó a decir desde las filas socialistas que los indultos no estarían fuera del propósito del Gobierno. Dijo Iceta antes de que se emitiera la sentencia: «Sin ningún tipo de duda, yo pediría el indulto de los encarcelados si hay sentencia condenatoria. Ahora, primero tenemos que ver la sentencia. La democracia tiene mecanismos para coser heridas que tienen un origen político».

Llegada la condena, el indulto formó parte de las intenciones del Gobierno por más que el presidente asegurara que los reos habrían de cumplir su condena hasta el último día. 

Llegó el indulto con la posición en contra del tribunal sentenciador que desgranó su argumento en 21 folios en los que desmentía la falacia que nos ha intentado colocar el Gobierno según la cual había tenido que “europeizar” el delito cuando lo que ha hecho ha sido suprimirlo y sustituirlo por el delito de “desórdenes agravados”. El Alto Tribunal concluía que desde el derecho comparado también debía rechazarse la conclusión acerca de la quiebra del principio de proporcionalidad.

Pero digerido esto, que suponía un trato de favor evidente para los condenados inasumible para la gran mayoría de los españoles, creímos que era todo lo que haría este Gobierno , con ser ya mucho, para contentar a sus socios.

No esperábamos que suprimieran el delito de sedición y lo sustituyeran por un delito agravado de desórdenes públicos. Si, en las nuevas e inminentes condiciones, la Cataluña independentista llama a la calma a sus gentes y les insta a no salir de su casa a provocar perturbaciones en la calle, en lugar de a la acción, previo referéndum no vinculante pero sin duda sí de obligado cumplimiento político, la independencia de Cataluña será un hecho porque no se habrán producido “desórdenes públicos”.

Por eso la portavoz de ERC dijo el jueves que «los pilares del 78 se tambalean». Y tiene razón, se tambalean porque Pedro Sánchez ha facilitado a los independentistas que la próxima vez que declaren la independencia sin desórdenes, no sucederá nada en este país. Nada.

El problema es que el PSOE repetirá la operación si los números le dan para alcanzar el poder de nuevo

Del mismo modo la modificación del delito de malversación para que todos los condenados por el procés sean exonerados y puedan presentarse a las próximas elecciones catalanas, especialmente Oriol Junqueras cuya máxima aspiración es convertirse en el primer presidente de una República catalana desgajada de España, ha levantado ampollas en el sector de la derecha española y en el de la izquierda moderada o, en expresión utilizada por la izquierda, de la “izquierda civilizada”.

La conclusión de todo esto es que la brecha abierta por el procés y por el comportamiento de Sánchez y de sus ministros, así como de sus afiliados, con la derecha es profundísima e imposible de saltar. No hay modo de superar esa brecha o ese abismo al que se ha incluido a los jueces con términos como la “derecha judicial”  o los “fachas con toga” o, en palabras de Rufián, “me da miedo que entre Tejero con toga” secundados por el presidente con unas expresiones impropias de un jefe de Gobierno.

Así, gane quien gane las elecciones generales, estará imposibilitado de saltar por encima de semejante abismo. No es posible. Si gana la izquierda tendremos la ficción de que el procés se ha terminado porque se le ha dado todo lo que reclamaba. Cuando es evidente para cualquiera con un conocimiento de la Historia que nunca nunca terminará ese procés hasta que no exista una Cataluña libre de ataduras con España. 

Esto de Bolaños de que el procés ha terminado es o una ingenuidad o una maldad destinada de hacer creer a los españoles, ayunos de conocimientos de Historia, que con la concesión de todo lo que pide ERC y los independentistas en general hemos terminado con el problema. En absoluto es así y lo veremos más pronto que tarde.  

No digamos ya si es la derecha quien gana los comicios. En ese caso tendrá enfrente a una ERC libre de toda causa y dispuesta a celebrar un referéndum antes de que las circunstancias lo conviertan en «demasiado tarde», a una Bildu a punto de superar al PNV en la consideración de los independentistas vascos.

Y a toda la izquierda en fila para sabotear y protestar contra las medidas que haya que desmontar, como la de la ley del Solo sí es sí, la ley de Memoria Democrática, la reposición del delito de sedición, la recuperación del delito de malversación tal y como ha existido hasta que a los independentistas les ha convenido otra redacción que les dejara exentos de culpa o la re-inclusión del delito de convocatoria ilegal de un referéndum, que en tiempos de Aznar se introdujo pero que Zapatero abolió. La agitación de las calles por razones políticas estaría asegurada. 

Pero nuestra Constitución es una constitución basada en el consenso que es lo que había en el año en que se aprobó, incluido el PNV que se ausentó de la votación pero que participó en la redacción hasta el último minuto, cuando Arzalluz tuvo que negarse a secundar la Disposición Adicional primera del texto constitucional porque así se lo habían ordenado desde Bilbao, sede del PNV. 

Era el consenso al que habían llegado los de un lado y del otro de las trincheras de la Guerra Civil, enfrentamiento que no se había superado durante el franquismo aunque el velo de la paz lo cubriera todo, pero que en el proceso de la Transición se logró alcanzar. Es el mayor logro de una Constitución que es la única de la Historia de España que se hace con el acuerdo de todas las fuerzas parlamentarias presentes en las Cortes Generales.

Es ese consenso lo que ahora yo creo que se ha roto irremisiblemente. Para esta situación nuestra Constitución no sirve, no está pensada para el disenso profundo de modelo de país que pretenden los enemigos del modelo vigente ni para que el PSOE, un partido esencial para lograr el consenso de entonces, se alinee ahora con la ultraizquierda, con los independentistas catalanes y con Bildu todos ellos, sin excepción partidarios de acabar con el “régimen del 78” porque consagra las libertades que ellos combaten.

Y el problema es que el PSOE repetirá la operación si los números le dan para alcanzar el poder de nuevo.

Por eso. pienso que nuestra Constitución tiene los días contados a menos que Sánchez cambie, lo cual parece imposible.

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