Teatro

'La casa del mar': poema de precipicios

Zoe Munera y Miriam Díaz Aroca en 'La casa del mar'.
Zoe Munera y Miriam Díaz Aroca en 'La casa del mar'. | Teatro Infanta Isabel

Por las noches me vienen pesadillas, remordimientos, incapacidad de decidir, y soledad, necesito que alguien me rescate, no quiero vivir en este infierno sin llamas, en esta pena negra, porque se me abrasa el alma y solo soy capaz de beber lágrimas y sidra mal producida. 

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Aurora piensa y siente eso. “Háblame del mar, marinero, porque desde mi ventana el mar no se ve”, cantaba Marisol, pero sí, desde La casa del mar sí se ve y no me consuela, no me saca del atolladero, no me guía su rumor de olas y su atractivo encanto. 

La casa del mar, escrita por Jordi Lérida y Tonet Ferrer, donde lo que se busca es faro sanador que nos indique el buen camino, que son estelas en la mar. 

Será su propia conciencia la que la defienda de ella misma. Miriam Díaz Aroca y Zoe Munera, interpretan este poema de precipicios para intentar no esconderse de por vida. De lo que queda de por vida. Y el salto hay que darlo, no hacia adelante, sino hacia el interior de una misma. 

No será el eco de un fantasma el que se deslizará por mis manos y hombros, sino los remordimientos que se aposentan dentro, en la casa vacía y sin alma y en el corazón de la protagonista. Para que la conciencia no nos estalle hay que salir, estallar hacia fuera, dejar que el aire deje de estar embotellado, y que las plantas dejen de ser de plástico.

La protagonista, sin formular preguntas, se cuestiona si el aislamiento y el acantilado la ayudarán a resolver esa angustia vital que padece. Pero será el amor a sí misma, la esperanza y optimismo los que, realmente, la ayudarán a ser leal a sus propios sentires, a su propio corazón. 

Volver a empezar

Puede que el personaje de Zoe Munera sea la ficción imaginada del personaje de Miriam Díaz Aroca, pero solo así será capaz de movilizarse, de salir de su propio mutismo para dejar de lamerse unas heridas que, incluso diríase, la retroalimentan.

Se necesita energía vital e invisible para salir, sin nadie, aparentemente, del reino de las sombras y las tormentas, a la luz del día despejado. Efectivamente, el presente es lo único que nos queda. 

El director Tonet Ferrer logra que el drama sea solo el inicio de una escena de resiliencia. La obra funciona como una terapia de autoayuda, donde también se pretende implicar a los espectadores que han tomado cariño desde el inicio a los dos personajes. 

Nos vienen a decir que con los pedazos rotos se puede reconstruir un jarrón hecho añicos, como en la técnica de Kintsugi, pero es necesario que la reparación tenga el valor del oro. 

Al final, el oleaje amaina. La casa del mar nos regala una lección tan antigua como el viento: la culpa solo se disuelve cuando la comprensión entra por la ventana. Miriam Díaz Aroca y Zoe Munera trazan con sus interpretaciones un salvavidas invisible para el espectador y la idea de la depresión. El dolor se transforma en energía y la soledad en la aceptación. Siempre hay que estar listos para volver a empezar. 


'La casa del mar', de Jordi Lérida y Tonet Ferrer, hasta el 28 de junio en el Teatro Infanta Isabel de Madrid

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