En la vía del tren que une Madrid con Andalucía, entre los coches destrozados, volvieron a sonar los móviles de los pasajeros sin que nadie contestara. Una sintonía tétrica que conocemos desde que sonó en Atocha y Santa Eugenia en 2004 y que de nuevo se escuchó en Adamuz, hace apenas nueve meses, y que nadie pensó que volveríamos a escuchar tan pronto como sonó ayer en Toledo. Mientras a quienes llamaban no podían contestar, aparecieron, como siempre, los que nadie llama. Vecinos de Urda, de Consuegra y de Yébenes escucharon la noticia y fueron a ayudar.
La zona cero del accidente ferroviario de Urda fue ayer una sopa de letras de entidades sanitarias y de emergencias de la muñeca rusa institucional española. Policías locales de las localidades cercanas, 455 guardias civiles, 200 militares de la UME, 102 efectivos de protección civil y bomberos, sanitarios y funerarios de varias comunidades autónomas. Estaban todos los que tenían que estar. La carretera de Toledo 3360 que une la N-401 con el centro de mando junto a los trenes siniestrados fue, durante todo el día, un trasiego de ambulancias, furgones funerarios, cuerpos policiales, soldados y bomberos. Pero para los demás estaba cortada, los periodistas acudían andando y los familiares eran redirigidos al punto de información de Urda.
Los que no eran ni una cosa ni otra eran voluntarios como Jonathan Arroyo, un comerciante de 40 años que en cuanto se enteró de la colisión organizó un punto de encuentro en Yébenes y empezaron a llevar comida y bebida hasta el lugar de la zona cero. Le encontramos, junto con otros voluntarios, cargando bolsas por la carretera cortada hasta el puesto de mando. Son unos 400 metros, lleva toda la mañana haciendo viajes desde su pueblo. “Hemos descargado unos 200 kilos de cosas que nos ha dado la gente del pueblo”, explica. Las botellas de agua se acumulan en los distintos puntos de acceso al lugar del siniestro. A cada lado de la vía hay unidades de rescate recuperando heridos y cuerpos. Un grupo de voluntarios les ofrece agua. Eloy es conductor, pero desde que llegó está apostado en una esquina ofreciendo bebidas a sanitarios, guardias civiles o a quien se lo pida.
Por su puesto solidario se para el párroco de Consuegra, José Manuel Consuegra; sale exhausto de atender a los heridos y darles consuelo mientras sacaban los cadáveres del tren. “He tenido momentos de oración para los difuntos de un lado y otro de la vía y he estado hablando con los heridos que podían hablar. 'Rece por nosotros, rece por esta tragedia', me decían”. En este episodio que el párroco tardará en olvidar ha podido dar el consuelo del sacramento de extremaunción. A la zona cero del accidente se acercó también el arzobispo de Toledo, Francisco Cerro. “Es una situación dramática, de mucho sufrimiento, de mucho dolor en el que lo que pretende la Iglesia es sólo cercanía a las personas que sufren”, nos explicó el arzobispo.
Urda, un pueblo solidario
Los vecinos de Urda, por su cercanía, fueron los primeros en llegar al siniestro. Allí asistieron a heridos y empezaron a trasladar a los más leves al pueblo. El polideportivo de la localidad quedó a disposición de los heridos leves, los graves fueron derivados a centros médicos, mientras que se habilitaba el colegio del pueblo para los familiares. Hasta allí se desplazó la solidaridad de los vecinos. José Luis, un restaurador del pueblo, se activó tan pronto supo de la situación y se puso manos a la obra para hacer un gran caldo para los afectados en el polideportivo de Urda.
Del pabellón deportivo sale Tanvi Binir, un joven de 22 años que viajaba en el Iryo con su padre, cada uno en vagones diferentes. Está bien físicamente, sin heridas; dice que su padre también. Pero ha visto cosas que no termina de procesar tras el impacto del AVE con su tren. “Hablé con un herido que tenía el pie roto por el talón, se le veía el hueso; otro pasajero herido pedía que por favor buscaran a su pareja... Fue difícil, he visto cosas que no había visto nunca”, asegura. Todavía está asimilando lo vivido.

Por ese motivo están allí las emergencias psicosociales: recibieron la alerta del 112 de Toledo a los cinco minutos del accidente y a las 10 de la mañana ya estaban desplegados. “Cada persona encaja lo vivido de una manera distinta”, explica Carmen García, de este servicio de Cruz Roja. “Hay personas asustadas, hay personas tristes y personas muy enfadadas. Había una chica que viajaba también en el tren de Adamuz y estaba totalmente noqueada, pero dice que no puede dejar de coger trenes. Los necesita por trabajo”, explica.
Las necesidades de cuantos han pasado por esa situación necesitan ser abordadas de manera individual, asegura la psicóloga. Para soluciones universales estaban Víctor, de 38 años, y Laura, de 24; tienen desplegado desde la mañana su “chiringuito de festivales” con su flamante máquina de café de bar alimentada con una bombona de butano. Un cartel impreso y pegado a la pared con la palabra “café” y mucha voluntad de ayudar; no necesita más esta pareja de raveros -habituales de las convocatorias de free partys (o raves ilegales)- para aportar su granito de arena. De café, en su caso.
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