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Un antiguo convento y un cementerio de frailes: la historia del Metro de Tirso de Molina

Metro Tirso de Molina

Metro Tirso de Molina Andrea Bouzas Blanco

Viajar en el Metro de Madrid supone toda una experiencia de por sí. Esperar su llegada a la estación, agolparse entre el resto de viajeros dentro del vagón y aguardar con ansias llegar hasta el destino mirando hacia los letreros de cada parada es el día a día de miles de madrileños.

Pero no todas las estaciones son iguales y, para darse cuenta de ello, solo hace falta visitar el Metro de Tirso de Molina. Situada en la línea 1 entre Sol y Antón Martín, a tan solo una parada de la Estación del Arte, esta pequeña estación que en 2021 cumple 100 años desprende una especial elegancia que la distingue del resto. 

Al bajar por la boca del Metro, el transeúnte del siglo XXI se transporta hasta 1920, fecha de construcción de la estación. El viajero puede admirar los blancos y azules azulejos que visten sus paredes desde hace un siglo, así como las cenefas decoradas en estos mismos colores y en amarillo. Y cómo no contemplar con asombro el antiguo escudo de Madrid en cerámica vidriada de reflejos metálicos que preside la entrada a la estación, que provee de un aire majestuoso a esta pequeña estación.

Antiguo escudo de Madrid, situado en la estación de Metro de Tirso de Molina (Andrea Bouzas Blanco)

El vestíbulo de Tirso de Molina sorprende al turista que accede por primera vez a esta parada y pasa de inadvertido para el viajero habitual. En cualquier caso, pocas personas que transitan la estación saben que, al entrar en ella, están visitando de forma inconsciente un cementerio de frailes mercedarios, cuyos restos se hallan entre las paredes del Metro y sobre los que se dice que ya han dado más de un susto a los vivos que utilizan este transporte.

El Convento de la Merced, el inicio de su historia

Para comprender por qué hoy se hallan los esqueletos en esta parada de la línea 1 hay que echar la vista atrás en la historia de Madrid, más concretamente, hasta el siglo XVI. En 1564 se comenzaba a construir el Convento de la Merced, uno de los tantos conventos que por aquel entonces se comenzaron a levantar en la ciudad con el traslado de la capital del país desde Toledo. Bajo el mando de fray Gaspar de Torres – padre Provincial de la Orden de la Merced en Castilla, catedrático de Salamanca y obispo auxiliar de Sevilla –  la construcción del edificio situado en las ya inexistentes calles de Cosme de Médicis, Remedios y Merced se extendió a lo largo de 200 años.

Este edificio de carácter religioso, que tenía capacidad para más de cien residentes, contaba con tres pisos entre los que se repartían las celdas de los frailes, así como la «enfermería, botica, imprenta y tahona» entre otras dependencias, tal y como apuntan desde el Ministerio de Cultura. A destacar quedaban el claustro que se había construido tomando como punto de referencia uno de los que aún se pueden visitar hoy en día en el Monasterio de El Escorial, y la que antaño se conoció como La joya de Madrid: una preciosa fuente admirada por los habitantes de la ciudad.

Diez años después de su fundación, el Convento fue ganando cada vez más relevancia en la nueva capital española. Tal y como se recoge en la web Madrid Histórico, «Su iglesia, levantada sobre una planta de cruz latina de notables dimensiones, compuesta por tres naves, cúpula, capilla mayor, y varias capillas laterales que comunicaban por el interior» destacaba en la ciudad por sus grandes dimensiones y por la riqueza artística con la que contaba en su interior. 

Los pintores Manuel de Castro y Eugenio Caxés fueron los encargados de decorar la bóveda, aunque la imagen de Nuestra Señora de los Remedios (cuya ermita hoy se localiza en Colmenar Viejo) era lo que realmente atraía la atención de la población. Su historia – se comentaba que había sido traída desde Flandes y salvada de la profanación de herejes por un soldado de Felipe II – la había convertido en objeto de veneración de los madrileños, convirtiéndose así en la tercera Virgen más relevante de la ciudad

Tras casi 250 años de historia en Madrid, en 1809 el convento entró en una espiral de fatídicos sucesos hasta mediados de los años 30 del siglo XIX. Primero con la expulsión de los mercedarios del edificio por los franceses durante la invasión de las tropas napoleónicas – que terminó con el regreso de los frailes en 1814 con la vuelta de Fernando VII al trono – y finalmente con la desamortización de Mendizábal en 1836, el Convento de la Merced fue desalojado y posteriormente derribado. 

Sus tres siglos de historia quedaban reducidos al solar que había resultado de la demolición del edificio, que pasaría a ser utilizado como una plaza. La plaza del Progreso (primer nombre que recibió este espacio) olvidó su legado durante casi 100 años, hasta que el ambicioso proyecto de Alfonso XIII de levantar bajo las calles de Madrid un nuevo medio de transporte para sus ciudadanos desterró los recuerdos del convento ocultos en el subsuelo.

Metro y cementerio a partes iguales

Las excavaciones en 1920 en la entonces plaza del Progreso para levantar el Metro, que se inauguraría en 1921, dejaron una anécdota tras de sí de lo más tenebrosa. El 2 de septiembre se publicaba la noticia en el periódico La Voz: ‘En las excavaciones del Metro se encuentra una cripta señorial’. «Los obreros huyeron al hallar varios esqueletos tras picar una pared» explican a El Independiente desde Metro de Madrid. 

El periodista Ángel del Río narra con detalle los hechos sucedidos en la zona a finales de verano de 1920 en una entrevista para Telemadrid: «En el transcurso de la obra, a la hora del bocadillo (sobre las 12:00 horas), los albañiles comienzan a escuchar unos gritos», explica del Río, chillidos que procedían de una pared. Tras ella, los trabajadores se encontraron con un esqueleto humano, que resultaba no estar solo. Junto a él, unos 200 cadáveres fueron hallados en las inmediaciones de la futura estación. Desde Metro confirman las sospechas del lector: «eran restos de los frailes que habían sido enterrados en el pequeño y olvidado cementerio del convento» que había existido durante 300 años en la zona.   

Las autoridades de la ciudad fueron informadas del macabro descubrimiento inmediatamente. Aunque si ya curioso fue el hallazgo, lo más desconcertante fue la decisión adoptada por los responsables. «Cuenta la leyenda que, como las autoridades no se ponían de acuerdo sobre qué hacer con estos restos humanos, decidieron depositarlos tras las paredes de los andenes antes de cubrirlas con los azulejos», comentan desde Metro. 

Tras los azulejos, cuenta la leyenda, se encuentran los restos de los frailes (Andrea Bouzas Blanco)

100 años de cambios de nombre y fantasmas

Sin conocerse si realmente la estación de Metro conserva entre sus paredes los restos de los frailes mercedarios, un siglo ya ha pasado desde su apertura al público. 100 años en los que tanto los sucesos acaecidos en el país, así como la difusión entre los madrileños del descubrimiento de los obreros han marcado huella en esta parada de la línea 1.

La plaza del Progreso mantuvo su nombre hasta 1939. Con la llegada de Franco al poder tras la Guerra Civil, en palabras de Ángel del Río: «el Régimen entendió que eso del ‘progreso’ se podía identificar con ‘revolución’ o ‘comunismo’». Por ello, se decidió bautizar tanto al Metro como a la plaza en la que la estación se encuentra como ‘Tirso de Molina’, fraile que residió durante un tiempo en el Convento de la Merced. De ahí también se explica la presencia de la fuente que recuerda al dramaturgo y poeta en esta plaza, situada justo en el extremo contrario donde se encuentra la boca de Metro.

Boca de Metro de Tirso de Molina (Andrea Bouzas Blanco)

Además de haber sido testigo de la historia de España, esta estación parece también haber presenciado en más de una ocasión los sustos que los fantasmas de los frailes han dado a los vivos que transitan por sus andenes, o eso es lo que se dice entre los vecinos de la capital.

Una de las historias más populares cuenta que una noche, una mujer se subió al último vagón del Metro en Tirso de Molina. Durante el trayecto de una parada a otra, la joven se incomodó al sentir la mirada de una anciana – que se encontraba sentada entre dos hombres – sobre ella. En una de las siguientes estaciones subió al vagón otro hombre, quien le pidió sigilosamente a la joven que se bajase en la siguiente parada y que bajo ningún concepto mirase directamente a señora mayor. Una vez ambos salieron del Metro, el hombre se explicó: «Siento haberte asustado, soy medium y la mujer que teníamos enfrente estaba muerta y los dos hombres que la acompañaban, la sostenían».

Sean o no reales las leyendas alrededor de la estación de Tirso de Molina, siempre quedará ese halo de misterio detrás de sus paredes. En cualquier caso, continuemos disfrutando de su ornamentación y esperemos que ningún espíritu de los frailes cuyo descanso eterno se rompió hace ahora 100 años nos moleste en el trayecto.

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