Un hombre intenta caminar en el barro, cerca de la escena de la explosión en el puerto de Beirut. EFE

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Líbano, el Estado en crisis que camina sobre los escombros de Beirut

La explosión de este martes agudiza la recesión más importante desde hace décadas, y hace aún más visible el inestable sistema político, por el que la población comenzó a manifestarse en octubre de 2019

La negligencia de haber almacenado 2.750 toneladas de nitrato de amonio durante seis años sin tomar ninguna medida de seguridad ni control provocó que este martes se produjesen dos explosiones que hicieron temblar la ciudad de Beirut y que sobrecogieron al mundo entero. Sin embargo, la deflagración en la zona del puerto no hace más que representar en imágenes aquello en lo que se ha convertido un país cubierto de escombros por sus crisis económica, social, política y sanitaria.

«En Líbano hay un fallo multiorgánico», resume para El Independiente Haizam Amirah-Fernández, investigador principal del Real Instituto Elcano. En octubre de 2019, miles de personas se lanzaron a las calles de Beirut, «un sitio bastante diverso en cuanto a la composición social y a todos los grupos confesionales que componen el país», apunta, y del Líbano para protestar contra «las reglas del juego del sistema político», por considerar que estaba «basado en el sectarismo». Este sábado, jornada bautizada como «el día del juicio», los manifestantes han tomado el Ministerio de Asuntos Exteriores.

«En Líbano hay un fallo multiorgánico»

Haizam Amirah-Fernández

En el país de los cedros, conviven 18 confesionalidades religiosas oficiales y, entre ellas, se reparten los cargos de más responsabilidad en una especie de «sistema de cuotas» que «los distintos grupos aceptan». El presidente, en este momento Michel Aoun, es cristiano maronita; el primer ministro, Hassan Diab, es musulmán suní; y el speaker del Parlamento, el equivalente a Meritxel Batet en España, Nabih Berri, es musulmán chií.

Francia, «tradicional protectora de los cristianos de Oriente Próximo», como indicaba Clara María Thomas de Antonio en su trabajo Las comunidades libanesas y su incidencia en la problemática actual (1993), fue la creadora de este tipo de esquema. Para asegurarse de que los cristianos fuesen mayoría en las instituciones políticas frente a los musulmanes estableció en 1920 que el poder que se iba a repartir «entre las comunidades según sus proporciones numéricas» se fundamentase en «una ratio fija de seis cristianos por cada cinco musulmanes». De esta forma, los cristianos serían siempre mayoría.

Sin embargo, la mayoría cristiana en términos de población era muy ajustada, tal como se refleja en el Censo de 1932, el último oficial publicado: el 49,54% era cristiana frente a 48,41 %, que era musulmana. Se ha intentado en varias ocasiones realizar un nuevo censo, pero no ha sido posible «por razones políticas», evidencia esta investigadora de la Universidad de Sevilla, dado que este nuevo recuento «demostraría que las cifras en que se sigue basando el actual reparto del poder no se corresponden con la realidad», por los cambios demográficos que se han sucedido en estas décadas.

«Hay más población libanesa que vive en la diáspora que en el Líbano», indica Amirah-Fernández. Desde el siglo XVIII, los libaneses emigraron a América, Europa o África Subsahariana. Pero el país de los cedros ha sido también receptor, especialmente de refugiados palestinos, una comunidad que se ha movido hacia este país tras la creación del Estado de Israel, en 1948, y sirios, llegados desde el inicio de la guerra, en 2011.

«Líbano tiene el mayor número de refugiados per cápita del mundo», sostiene el director de Operaciones en el Terreno de World Vision en este territorio, Rami Shamma. Este país de 6,8 millones de habitantes, alberga alrededor de 1,5 millones de refugiados sirios, además de más de 300.000 refugiados de diferentes nacionalidades, según datos de esta organización.

Estos flujos migratorios, junto con otros procesos demográficos, hacen que los datos oficiales de 1932 no puedan compararse a las cifras actuales. «La petición cada vez más extendida es que en Líbano haya un Estado civil», refleja este analista del Real Instituto Elcano. Oficialmente, Líbano no es un Estado confesional, ya que la estructura cambió en los acuerdos de Taif, firmados en Arabia Saudí después de la guerra civil (1975-1990), pero, en la práctica, «la base está en un reparto de poder político y económico, según líneas divisorias confesionales».

Líbano tiene el mayor número de refugiados per cápita del mundo»

Rami Shamma (World Vision)

Para Haizam Amirah-Fernández, la Revolución del Whatsapp -como se ha denominado el movimiento de subversión surgido el año pasado- «representa también la esperanza de unas sociedades que dicen ‘Basta ya’ a este sistema y ‘Basta ya’ a considerar que el país es un feudo de unos y de otros». Con estas protestas, la población demuestra que ha superado el miedo a la violencia, a veces «directa», de los grupos políticos. «Hizbulá lanzó a sus matones contra los manifestantes que pedían un Estado civil, igualdad de derechos y de oportunidades, y que hubiese un concepto de ciudadanía, porque ahora no existe», señala.

Los manifestantes protestaban, además, por una acuciante crisis económica, la mayor desde el final de la guerra civil, que estaba ahogando a la población y abocándola a la pobreza. Shamma afirma que «la gente se ha estado manifestando por sus derechos básicos de electricidad, agua, alimentos, empleo y los servicios básicos proporcionados por el Gobierno», ya que «con el deterioro económico, más personas se quedaron sin trabajo y no pudieron brindar el apoyo básico a sus familias».

La economía del Líbano se caracteriza por estar muy «dolarizada» y, en este momento, «se depende del dólar para importar casi todo», por lo que el valor de la libra libanesa se ha visto devaluado a la nada y «los bancos hacen una especie de corralito, no oficial, porque no depende del Gobierno, pero no dan dólares», analiza el investigador de Elcano.

Este desplome de la moneda lleva a una hiperinflación. Antes de la crisis del coronavirus, el Banco Mundial ya proyectaba que el 45% de las personas en el país estaría por debajo de la línea de pobreza en 2020, mientras que el Fondo Monetario Internacional pronosticó que su economía se contraería en un 12% este año, una cifra muy superior a la caída promedio del 4,7% que predijo para Oriente Próximo y Asia Central.

Ya en marzo, el Gobierno declaró su primer impago de deuda en la historia del país. No iba a desembolsar los 1.200 millones de dólares (poco más de 1.000 millones de euros) en eurobonos que debía pagar antes del 9 de marzo. Para más inri, Moody’s redujo la semana pasada la calificación crediticia del Líbano a su rango más bajo, por lo que se colocó al mismo nivel que Venezuela.

La recesión económica que se inició en octubre ha sufrido un duro golpe con la llegada del Covid-19 y con la explosión en el puerto de Beirut, una de las zonas más pobres de la ciudad, en la que además se almacenan alimentos que se han perdido. En la primera oleada, la pandemia no golpeó con especial fuerza al país, puesto que «la gestión no ha sido tanto del Estado, como en otras tantas cosas», dice Amirah-Fernández, sino que «la reacción ha sido de la población», como también ha ocurrido tras la deflagración, que ha dejado al menos 158 muertos, más de 6.000 heridos y 60 desaparecidos, según las últimas actualizaciones.

Fue la gente la que comenzó a protegerse en febrero, cuando se localizó el primer caso de Covid-19 en el territorio, «por su desconfianza del Estado», lo que permitió que mantuviesen la situación «con un número bajo de contagios». «Ahora ya estamos en otro momento». Con el aeropuerto Rafiq Hariri de Beirut, el único comercial del país, abierto y con el contacto con Siria, «se ha disparado el número de contagios, sostiene el investigador.

«El sistema médico ya estaba luchando para hacer frente al número de casos y existe el temor de que Líbano se pudiese llegar a un punto en el que los contagiados no reciban el apoyo necesario para sobrevivir», desvela Shamma, que reconoce que, con los heridos que ha causado la deflagración, «los hospitales están desbordados y algunos resultaron dañados».

Vacío de liderazgo en la facción suní

Precisamente esta semana, el viernes, se iba a celebrar el juicio en el que el Tribunal Especial para el Líbano iba a dar un veredicto sobre el atentado que acabó con la vida de Rafiq Hariri, una de las figuras más relevantes de la política libanesa, en el año 2005. El histórico fallo, que esperaba todo el país, se ha pospuesto hasta el 18 de agosto, a causa de la gran deflagración en la capital. 

Hariri fue esencial a la hora de reconstruir la convivencia entre suníes, chiíes, cristianos y drusos tras la encarnizada guerra civil en la que se enfrentaron unos a otros. Desde su fallecimiento, hace ya 15 años, se ha experimentado un vacío de liderazgo en esta corriente, cuyos representantes deben ocupar el puesto de primer ministro. El hijo del fallecido primer ministro, Saad Hariri, trató de emular a su padre, pero su cabeza fue la primera en rodar cuando comenzó la Revolución del Whatsapp.

«El problema es que no puede surgir un liderazgo suní, y menos con el beneplácito de los cabecillas de la comunidad suní y, por supuesto, del poder económico, político, de las armas y de los apoyos externos» del propio grupo religioso, opina Amirah-Fernández, que prosigue afirmando que «es un sistema muy patriarcal en el que varios de los líderes religiosos que tienen luego su corriente política» se comportan como «auténticos patriarcas».

Esto conlleva que los resultados de cada una de las comunidades dependa «de las prevendas, privilegios, filias y fobias de los líderes», que exigen a la población de esas zonas que vaya a votar «como corderitos» a la lista que les ordenan. Asimismo, indica que se establecen alianzas «que no se entienden desde Occidente«, como la que mantiene el partido del presidente Aoun con Hizbulá «para poder repartirse privilegios», cuando, en la guerra civil, «estaban enfrentados a muerte».

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