«Cuando llegó el Covid, cerró mi escuela. Ese 23 de marzo mi vida cambió. Mis padres no me permitían moverme de la misma manera ni quedar con mis amigos». Toyi John tiene 16 años, es congoleña pero vive desde 2011 en el campo de refugiados de Dzaleka, en Malaui. Le encanta aprender. Sabe que su futuro depende de que pueda seguir avanzando en los estudios.

Unos días después, el 6 de abril, su colegio, llamado Umodzi Katubza, lanzó un programa de radio, junto con el Servicio Jesuita a Refugiados, a través de la emisora comunitaria del campo de Dzleka. Este campo, en el que viven unas 44.000 personas, lleva en pie 25 años y acoge a personas que huyeron de la violencia, tras el genocidio ruandés, en la vecina República Democrática del Congo. La mayoría son menores, alumnos de primaria.

«Me encantaron las lecciones por radio. Ahora estoy de vuelta y estudio mucho», dice Toyi. «Pero algunas de mis compañeras no han regresado. Unas se han casado, otras están embarazadas. Las chicas necesitamos la educación. Nuestro lugar no está en la cocina. Ellas, también. Pueden ser mejores madres si siguen aprendiendo. Educar a una mujer es educar a un país», añade Toyi, en conexión telefónica desde el campo, en un rueda de prensa virtual en la que se ha presentado el informe La vuelta al cole. Un reto global a la sombra de la pandemia, elaborado por Entreculturas.

Retroceso de décadas

Como Toyi, unos 1.600 millones de alumnos de más de 190 países se vieron afectados por el cierre de las instituciones educativas en el momento más grave de la crisis sanitaria. Según la Unesco, hay riesgo de que se retrocedan 20 años en la educación de las niñas. Muchos menores han perdido un lugar seguro, su escuela.

Seis meses después del estallido de la pandemia, unos 1.000 millones de alumnos siguen sin volver a la escuela. Es el 60% de la población estudiantil de todo el mundo. En 132 países aún no se ha anunciado cuándo volverán a abrir los colegios.

Y para muchos de esos estudiantes no es posible seguir las enseñanzas de forma virtual porque no tienen medios suficientes. Más de 700 millones de estudiantes no tienen acceso a internet y más de la mitad de la población estudiantil de todo el mundo no tiene ordenador.

En muchos países, y para millones de estudiantes, niños, jóvenes y adultos, la radio es una vía para estos niños y jóvenes. Por ejemplo, en la República Democrática del Congo al menos el 80% de la población tiene una radio. En esta situación de emergencia es el mejor medio para alcanzar al mayor número de estudiantes, como es el caso de Toyi, en el campo de Malaui.

En muchos lugares habrá un retroceso fuerte, de décadas… Tratamos de evitar que haya generaciones perdidas», dice Pablo Funes

Pablo Funes, responsable de Cooperación Internacional en Entreculturas, recuerda cómo cuando se impulsó la escuela en un campo en el que trabajó en el Congo cambió la dinámica de toda la comunidad. «La escuela normalizaba sus vidas y les daba protección. Tenían unas rutinas en la familia. La vida del campo cambió», cuenta Funes, que echa de menos el trabajo sobre el terreno, limitado por la pandemia.

«Si eres pobre, tienes más dificultades de acceder a una educación de calidad, y si no lo haces, pierdes la oportunidad de mejorar tu vida. El Covid ha interrumpido muchos de los procesos educativos que había en curso. En muchos lugares del mundo habrá un retroceso fuerte, de décadas», lamenta Funes, experto en África. «La educación sostiene la vida. Tratamos de evitar que haya generaciones perdidas». 

Para evitarlo desde la ONG Entreculturas, integrada en la red de Fe y Alegría, y colaboradora del SJR, se han puesto en marcha para buscar vías con el fin de no dejar de lado a esos niños, jóvenes y adultos que tienen sus esperanzas puestas en la educación.

«Hemos colaborado con radios, algo que estaba destinado para población joven o adulta que dejaba la educación pronto, pero se ha adaptado a otro público. Ha sido muy útil. Completamos radio y presencial. Hay profesores que van a las comunidades para ver los materiales. Tratamos de compaginar, en la medida de lo posible, las modalidades presencial, online y a través de la radio», comenta Pablo Funes.

Entreculturas acompaña en estos procesos educativos a 230.000 personas en 38 países. También trabaja en España. Fe y Alegría atiende a millón y medio de estudiantes y el SJR a unas 800.000.

Con los indígenas en warao

Diógenes, de 28 años, es promotor educativo desde hace cinco años en el delta del Orinoco. Imparte clases en warao en la universidad, y realiza labores de alfabetización en warao y en castellano con la comunidad indígena de San Antonio Díaz. El warao es un idioma que hablan unas 10.000 personas, pero corre riesgo de desaparecer.

En Venezuela, cuando decretaron la cuarentena total, estábamos recorriendo los pueblos. No hemos podido volver. El virus nos ha afectado muchísimo», cuenta Diógenes, desde el Orinoco

«En Venezuela, cuando decretaron cuarentena total, estábamos recorriendo los pueblos. Pero ya no hemos podido volver a Los Caños. No hay gasolina. El virus nos ha afectado muchísimo», relata Diógenes.

Depositó sus esperanzas en la radio, pero solo las comunidades centrales cuentan con radios o televisiones. A veces carecen incluso de energía eléctrica. No tienen acceso a la tecnología. «Aún así, por no dejarlos a la deriva, hacemos jornadas de alfabetización radial, pero creemos que no está llegando. No llega a todos, desde luego», dice Diógenes, quien cuenta cómo Fe y Alegría ya lleva 20 años en Los Caños.

«Ahora atendemos también a jóvenes y niños porque estaban desatendidos. Desde antes de la pandemia. Son menores de 18 años. Las comunidades indígenas confían en la educación. Ahora saben cómo defenderse y no les engañan», señala este maestro, que estudió para administrativo pero se reconvirtió en educador.

Un cambio de paradigma

El Instituto Radiofónico Fe y Alegría (IRFA) lleva en funcionamiento 45 años. Ana María García lleva más de 30 en el IRFA en Caracas. Ahora es coordinadora de pedagogía. Atienden a adultos que no han terminado el bachillerato, y también a jóvenes entre 15 y 19 años. En Gran Caracas sus beneficiarios son unos 3.000 y unos 8.000 en toda Venezuela. Sus servicios son gratuitos.

El 80% del alumnado no tiene un mínimo acceso a la tecnología. Incluso algunos sufren cortes de luz continuos», cuenta Ana María García, desde Caracas

«La pandemia nos cambió el paradigma. Éramos semipresenciales. Los sábados había encuentros y evaluaciones. Y nos apoyamos con servicios online y la radio. El 80% del alumnado no tiene un mínimo acceso a la tecnología. Incluso algunos sufren por los cortes de luz. Nos hemos tenido que replantear cómo atender a los que no pueden llegar a descargarse el material por carecer de acceso a la tecnología», explica Ana María García.

Orgullosa, explica cómo, gracias al esfuerzo en equipo, no han perdido el semestre. «Algunos estudiantes podían usar las tecnologías y podían recurrir a los facilitadores. En los centros educativos también había equipos que atendían de forma semipresencial con medidas de distancia social. También hacíamos seguimiento a través de llamadas telefónica, correo, whapp, por radio y distintas redes sociales. Ahora ya estamos preparando el nuevo semestre», afirma la coordinadora.

«La escuela es esperanza», es su lema, y de ello sabe Tiffany Rivera, de 28 años, quien se ha graduado en contabilidad en el IRFA. «No excluyen a nadie, ni por su edad, ni por su género, o su religión, ni por su condición social», señala esta joven transgénero, que tuvo que dejar los estudios a los 16 por problemas económicos de su familia. Al principio solo pretendía terminar el bachillerato y ha sido una sorpresa para ella haber terminado contabilidad.

En Venezuela nos tratamos de adaptar a las situaciones… Somos guerreros, luchadores, queremos salir adelante», cuenta Tiffany, alumna en IFAR

La pandemia impidió que siguieran con los encuentros de los sábados. Algunos de sus compañeros no contaban con medios para trabajar online. Tiffany sí lo pudo hacer. «En Venezuela nos tratamos de adaptar a las situaciones. Siempre pensamos: ¿y ahora qué viene? Somos guerreros, luchadores, queremos salir adelante. Nosotros luchamos para poder graduarnos. Es un ejemplo de que podemos salir adelante, pase lo que pase», relata esta joven. 

Ahora Tiffany sueña con seguir en la universidad estudios de Comunicación Social o Derecho. También le tienta ser empresaria y su proyecto de fin de grado fue una heladería con especialidad en frutas naturales y productos para diabéticos.

Toyi John, la joven congoleña del campo de Malaui, también tiene un sueño. Quiere ser artista. «Me gustaría sensibilizar y luchar contra la violencia de género a través de ilustraciones».