«América es imposible de conocer», decía el filósofo John Gray. Aún así Silvio Waisbord, doctor en Sociología por la Universidad de California, se atreve a desvelar algunos de sus mitos y realidades en su libro El imperio de la utopía (Editorial Península). «Estados Unidos es un gran país de países, pliegues y contrapliegues, bestias y ángeles, atracciones y repulsiones. Un país de sueños permanentes y tristes realidades… Por donde uno mire hay contradicciones y tensiones en una sociedad excepcional», escribe el argentino Silvio Waisbord, que vive desde hace tres décadas en Estados Unidos.

Llevamos semanas escuchando hablar sobre Estados Unidos y leyendo sobre la campaña electoral y las recientes votaciones. El recuento final ha sido digno de serie de Netflix: primero se adelantaba Donald Trump pero a poca distancia y quedaba por contar el voto por correo, masivo debido a la pandemia. Después el marcador iba a poco a poco dando la vuelta en favor del demócrata Joe Biden.

No en vano la CNN ha cosechado audiencias récord en su historia con retransmisiones ininterrumpidas en las que los periodistas detallaban cómo se iban revisando los votos de cada barrio en cada condado en los estados que hasta este viernes no han dado sus resultados como Arizona, Georgia, o Carolina del Norte.

Finalmente el demócrata Joe Biden ha conseguido 306 votos electorales y el actual presidente, Donald Trump, 232. Hace cuatro años se dio este reparto a la inversa: Trump logró 306 y la candidata demócrata, 232.

Una de los mitos más emblemáticos y que mejor representan a los estadounidenses es el sueño americano. «El sueño americano es justamente tener un sueño: la ambición del éxito, la esperanza de una vida próspera, la ilusión de que cualquier garaje humilde en cualquier casa pueda ser una incubadora de ideas millonarias», puede leerse en el ensayo de Waisbord, profesor de Comunicación y Periodismo en la Universidad George Washington.

Del sueño americano hablan los líderes políticos, desde Martin Luther King a Barack Obama (uno de sus libros se titula Los sueños de mi padre) y dreamers son los que llegaron al país siendo menores y que pueden beneficiarse del Dream Act. «Existe el mito americano, pero no el sueño americano. Pero renunciar al sueño americano es impensable», concluye el autor.

Incluso Joe Biden, el presidente electo, «sigue pensando que América es un país de posibilidades. Es decir, la historia personal está por ser escrita, no determinada por el nacimiento», explica Waisbord, en conversación con El Independiente desde Washington.

Sonríe siempre

La base sobre la que se asienta este mito es el optimismo congénito de los estadounidenses. Lo llevan en su ADN. Es su religión secular. Hay un culto incondicional a la sonrisa. El pesimista es antipatriota. Ser negativo es ser antiamericano. «El optimismo es la utopía maestra», dice Waibord.

El optimismo está ligado a esa idea de que todo es posible y todo está al alcance. Y se sustenta sobre el fundamento de la resiliencia. «Somos americanos, saldremos de esto», suelen repetir los ciudadanos en momentos de crisis como el actual.

Por eso en la crisis actual motivada por la pandemia del coronavirus, a pesar de ser el país con más casos, ya casi 11 millones, y más de 245.000 muertos, los estadounidenses siguen confiando en que haya vacuna pronto y que la crisis económica sea pasajera y la recuperación sea rápida. Donald Trump así lo prometía. Y por ello, a pesar de la gestión de la crisis, ha recibido 72 millones de votos, más que Obama en 2008.

«La duda y el escepticismo son actitudes que bordean el antipatriotiso, ya que cuestionan valores centrales que aglutinan una sociedad de enormes diferencias. Titubear sobre el optimismo es como titubear sobre la bandera nacional», afirma el profesor en El imperio de la utopía.

Es el país donde las librerías tienen secciones enteras dedicadas a la autoayuda, donde una empresa puede dedicar recursos a una campaña para mantener el ánimo con «smileys» en pleno reajuste de plantilla, y donde la salud dental es prioritaria. Las sonrisas más blancas están en territorio estadounidense.

Lo que oculta el sueño americano

América es así el país de «si quieres, puedes». Fue así en los 60, cuando la clase media blanca creció y no era difícil tener un empleo bien remunerado, una casa en propiedad, un coche; en suma, vivir mejor que los padres. Era el momento dorado para los blancos. Ahora la realidad es muy diferente para la mayoría. También para los blancos.

Y el éxito de Donald Trump se basa, en gran parte, en que supo que muchos votantes blancos del cinturón industrial se sentía al margen y trató de atraer su atención y su confianza. «Yo os devolveré la América soñada», les dijo con su lema Make America Great Again (MAGA).

«Quienes encarnan el sueño americano son la excepción, no la regla. El mito no deja ver las profundas desigualdades. La promesa era de movilidad social, no de igualdad, pero ya no existe esa movilidad social. El sueño americano fue síntoma de un momento particular, después de la Depresión y hasta la crisis del petróleo. A partir de ahí cambia la economía y la sociedad», señala Waisbord.

Las biografías de Barack Obama o incluso de Joe Biden son excepcionales. No es lo habitual que un hijo de madre separada de clase media, con padre afroamericano, llegue a Harvard y de ahí dé el salto a la política. O un hijo de clase media como el actual presidente electo. Y en su momento histórico aún era posible, porque son hijos de la clase media, ahora es una clase menguante, que apenas aspira a tener lo mismo que sus padres.

Trump se dio cuenta de que nadie se había ocupado de esos desclasados, en su mayoría blancos, y atizó el miedo a quienes amenazaban su posición, al tiempo que les prometía volver a un pasado mejor. Su victoria hace cuatro años sorprendió al establishment y dejó fuera de juego a la ex secretaria de Estado y ex primera dama Hillary Clinton.

Ahora, una masiva movilización que ha originado que tanto él como Biden hayan batido récords de apoyos, ha sido desbancado pero aún así ha demostrado a los republicanos que no era flor de un día.

«En el voto por Trump hay una componente socioconómica. Es gente que no se siente representada por las élites. Es palpable. Hay cientos de pueblos en EEUU donde no ya empleos con seguro social y sin ese seguro no tienes cobertura sanitaria. Los demócratas no han podido captar ese voto. No slo son clase baja sin educación formal», apunta Waisbord.

«La política en EEUU en la actualidad se construye sobre identidades. La identidad americana es la obsesión con la identidad. Definir quiénes somos se ha transformado en un tema central que define el debate. Y se definen en función de definir a otros», añade el autor.

«Con la salida de Trump de la Casa Blanca no se acaba el trumpismo. Lo que encarna continúa vivo», dice Waisbord.

La desigualdad sale a flote

Mientras la clase media era una clase emergente, y muchos estadounidenses veían posible cumplir esos sueños de consumo, pudo mantenerse vivo el optimismo y alentar ese sueño americano como si fuera una realidad al alcance.

El problema surge en esta nueva época de transformación global. Los que se quedan atrás ven cada vez más lejos mantener lo que poseen y ven cómo sus hijos lo tienen más difícil. La frustración es patente.

El problema de base es olvidar que no todo el mundo parte de la misma línea de salida, y que el origen determina el acceso a la educación, las relaciones sociales, las posibilidades de movilidad social y, en suma, la búsqueda de la felicidad, esa felicidad que es progreso material.

Hay oportunidades, hay esperanzas, hay opciones, pero no son las mismas para todos. Es una sociedad individualista, donde el Estado se ve como una fuerza instrusiva, algo que se compensa con un fuerte voluntariado, pero que no da para cubrir las carencias de muchos, de cada vez más.

Es cierto, como dice Waisbord, que la promesa no era la igualdad social, sino la movilidad social, el ascenso social y la superación personal. Pero cada vez es más obvio que no es un sueño compartido.

Los datos sobre desigualdad social son muy llamativos. La inequidad de ingresos es la más alta desde el periodo anterior a la Gran Depresión de 1929. El salario medio de los CEO de las empresas líderes es unas 300 veces mayor que el trabajador promedio. El 90% de la población cobra lo mismo que hace cuatro décadas. El coeficiente de Gini de distribución de la riqueza, un indicador de desigualdad de ingresos, sitúa a EEUU como el país con mayor inequidad del mundo desarrollado.

Más de 20 millones de personas viven en la extrema pobreza. EEUU tiene el índice más elevado de pobreza infantil del mundo desarrollado. Esos niños mal alimentados, con difícil acceso a la educación, y problemas de salud sin atender, será imposible que lleguen siquiera a ser bedeles de la Casa Blanca. Ese sueño americano para ellos es un engaño.

Como se puede leer en El imperio de la utopía, «la gran promesa de la movilidad social existe para una proporción cada vez menor de la población». Y evoca al cómico George Carlin, quien afirma que «el sueño americano solo se puede creer si estás dormido».