Hablamos con Owen Matthews, que este año cumple los 50, la víspera de que sea vacunado contra el coronavirus. Está al aire libre, en Wytham Abbey en las inmediaciones de Oxford. Fuma tranquilamente mientras charlamos a través de la plataforma zoom. Historiador de formación, Owen Matthews tiene una dilatada trayectoria como periodista: cubrió la guerra de Bosnia, la segunda guerra chechena, el conflicto en Irak, Afganistán y el este de Ucrania. Conoce a fondo Rusia, donde fue corresponsal para la revista Newsweek. Acaba de traducirse al español su biografía de Richard Sorge, bajo el título Un espía impecable. El maestro de espías al servicio de Stalin (Editorial Crítica).

En su primer libro, Stalin’s Children, retrata el estalinismo a través de su propia familia. Su abuela pasó 11 años en una prisión de Stalin y su madre, Lyudmila, que estuvo a punto de llamarse Stalina, pasó por diversas instituciones. Pero Lyudmila se enamora en los años 60 de Mervyn, que fue deportado tras haber intentado ser reclutado por el KGB, y mantienen correspondencia durante seis años hasta que logran encontrarse.

Con Sorge cambia de género. Combina en esta última obra lo prolijo del académico con la exposición clara del buen periodista. La historia de Richard Sorge, uno de los espías más fascinantes del siglo XX, cobra vida en las palabras de Owen Matthews, que nos lleva a los escenarios por los que se mueve el agente soviético. Somos testigos privilegiados de su sufrimiento en la Primera Guerra Mundial, de su entusiasmo revolucionario en las calles de Hamburgo, y de sus inicios como agente en Moscú primero y luego en Shanghai y Tokio.

Matthews retrata una época, el periodo de entreguerras, a la vez que nos cuenta las peripecias de Sorge, un seductor nato, un comunista romántico, un cínico mentiroso y un narcisista inconmensurable. Como escribe Matthews Sorge tiene tres caras. «Una cara era la de Sorge, la celebridad, el alma de la fiesta, a la vez escandalosamente indiscreto y adorado por mujeres y amigos. Su segunda cara, la del agente secreto, era la que miraba a sus jefes en Moscú. Y la tercera, íntima, la que reservó casi por completo para sí mismo: el hombre de principios elevados y apetitos vulgares que vivía en un mundo de mentiras».

Nos habla de su próximo libro, sobre otro espía, Sidney Reilly, y cómo cada capítulo de sus obras lleva una investigación a fondo, lecturas de decenas de historiadores que han trabajado sobre un periodo determinado a el personaje en sí. «Lo que más me interesa es el factor humano. Ha habido debate sobre su impacto histórico de Richard Sorge en la Segunda Guerra Mundial. A mí me atrae más el hombre bajo una presión extraordinaria. En muchos aspectos, era malo pero como espía era muy bueno. Y era bueno como espía por esa pulsión suya de engañar a todos los que le rodeaban».

Pregunta.- Richard Sorge era un gran conquistador. Muchos estaban fascinados por él. Incluso el fiscal japonés que lo interrogó le describió como «el hombre más grandioso que he conocido jamás».

Respuesta.- Hay diferentes categorías de espías en el siglo XX. Algunos son ideológicos pero no muy llamativos. Por ejemplo, Donald MacLean, uno de los Cinco de Cambrigde, reclutado al mismo tiempo que Kim Philby. Pasó los secretos de Enigma. O George Blake era bastante tranquilo. Sin embargo, Philby y Sorge pertenecen a esa categoría de espías encantadores, excéntricos y llamativos. Actúan a la vista de todos. Y los dos eran alcohólicos. Estaban borrachos gran parte del tiempo. Y esa actitud en parte les servía de coartada. Alguien que está borracho con frecuencia y es encantador, no despierta sospechas. Todo el mundo confiaba en ellos. Hacían parecer que eran vulnerables, pero había algo de cálculo en este comportamiento, si bien eran alcohólicos realmente.

P.- Sorge siempre estaba con gente pero era un solitario.

R.- Sí, fue un solitario toda su vida. No intento hacer análisis psicológico. Pero Sorge era un ser extraño. Siempre con gente pero no tenía amigos realmente. Con numerosas amantes, pero al final solo. La cuestión es si se hizo espía porque su personalidad era así, o bien el oficio de espía transformó su personalidad. Quizá sea una mezcla. Eligió ser espía y este tipo de vida porque se sentía superior. Le gustaba verse como ganador porque sabía algo que el otro no sabía. Pero no creo que fuera un cínico totalmente. El trauma de la Primera Guerra Mundial era auténtico, en su caso y en el de muchos de su generación. Veía que el viejo mundo había terminado y había que construir otro nuevo. No dudó del comunismo pero sí tuvo dudas sobre el estalinismo.

P.- ¿Qué pensaba Sorge de Stalin realmente?

Sorge se consideraba un soldado y murió como un soldado… No dudó sobre la Unión Soviética ni del comunismo como el futuro de la Humanidad

R.- Es uno de los secretos que se llevó a la tumba. Lo que tenemos de fuente directa son sus confesiones, extensas, pero fueron escritas para salvar su vida. Son una especie de carta a sus superiores en Moscú, y el resumen que era: ‘Soy un buen espía. He sido leal’. Pero hay un par de pequeños detalles: en 1935 a un amigo le confiesa en Moscú su frustración por la destrucción del comunismo y también tenía una cuenta privada en Shanghai. Pero no está claro… Si hubiese querido parar, lo podría haber hecho. Estaba solo en Tokio, tenía a su equipo, pero no tenía a ningún superior allí. Por eso creo que no era un cínico. Se consideraba un soldado y murió como un soldado. Tenía una visión romántica. Sacrificó todo por esa causa. Aunque tenía sus disputas, no dudaba sobre la Unión Soviética como su casa espiritual y sobre el comunismo como el futuro de la Humanidad.

P.- No deja de ser triste que le pagarán tan mal su lealtad.

R.- El espía fue traicionado. En los años 60 y más tarde, la generación de espías de la KGB de esa época se preocuparon de su gente y los rescataban. Mi madre pudo dejar la URSS como parte de un intercambio de espías. Fue en 1969 y como era un intercambio desigual dejaron a tres mujeres soviéticas salir del país para casarse con extranjeros. En los 60 era normal. Pero antes de 1941 la URSS los encarcelaba y los mataba. En ese contexto es más comprensible lo que le ocurrió a Sorge. La brutalidad y el cinismo era habitual. De alguna forma es ingenuo que pensara que le iba a rescatar. Creía que sucedería porque la última vez que había visitado Moscú era en 1935 y no tenía ni idea de lo que pasaba allí. Solo tenía contacto con su esposa pero los dos sabían que eran cartas que iban a leer los superiores de Sorge.

P.- Es un espía que ha desaparecido en estos días. No me imagino a un espía como él ahora.

Ese mundo en el que había agentes que trabajaban por causas ideológicas ya no existe»

R.- La inteligencia electrónica ha avanzado mucho. En Reino Unido existe Bellingcat, por ejemplo, una organización que se dedica a la investigación y la inteligencia con datos. No ha terminado la era de la inteligencia humana. Los espías siguen siendo necesarios. Pero un Sorge no existiría ahora, porque su motivación era ideológica. Los únicos que podríamos decir que actúan por causas ideológicas ahora son los extremistas islámicos, y también los nacionalistas, como los chinos. Ese mundo en el que había agentes que trabajaban por razones ideológicas por una causa ya no existe. Ahora lo hacen por dinero.

P.- Y Putin. ¿Es un espía de nuestro tiempo?

R.- No era un espía realmente, en la práctica fue un administrador en el KGB. No reclutó a nadie. Quizá se vea a sí mismo como espía, pero no lo veo así. Es un policía secreta y ve así el mundo. La diferencia es que el espía tiene su propia iniciativa y toma sus propias decisiones, pero Putin es una persona del sistema. Todo su estilo procede de su formación del KGB. Es un producto de la maquinaria del KGB.

P.- Ahora vuelve a escribir sobre otro espía.

R.- Sí, sobre Sidney Reilly, quien en realidad era un agente político porque quiere provocar la caída del régimen comunista. Trataba de cambiar la historia. Es también un ladrón, un asesino, un criminal internacional, que se convirtió en espía. Era judío de Odessa y su reinventó. Cambió su apellido original, Rosenblum. Vio cómo Rusia había caído en manos de gente como él. Trotsky tenía un background parecido. Procedía de una minoría étnica, recibió una educación elitista, y es la gente que se hizo con el poder. Hacer otra revolución era para él una oportunidad de hacer negocios. Y tenía el apoyo del imperio británico, entonces la gran superpotencia. Para Reilly su interés era él mismo, era un auténtico cínico. Sorge era más idealista.

P.- ¿Hay algún espía que haya cambiado la Historia de forma determinante?

Gracias a Penkovsky los americanos supieron que la URSS no podía provocar un Armageddon… Salvó al mundo de la guerra»

R.- No hay tantos. Los historiadores solemos estar obsesionados por encontrar a esos héroes y lo que influyeron en un hecho u otro. Creo que, además de Sorge, hay que destacar a Oleg Penkovsky. Era un militar soviético que pasó información a los británicos y los estadounidenses antes de la crisis de los misiles. Gracias a él supieron que la URSS no tenía tantos misiles. Salvó al mundo de la guerra porque los americanos entendieron que los soviéticos no podían provocar un Armageddon. Otros espías, como Kim Philby, lo que realmente hicieron fue traicionar a otros espías.

P.- ¿Qué papel tienen las mujeres como espías? En su libro aparecen algunas.

R.- La agente Sonja (Ursula Kuczynski) de la que hablo fue muy buena. El problema es que el mundo del espionaje refleja cómo las mujeres no ocupaban posiciones de poder. Por eso no hay un Sorge femenino, trabajaban en otro nivel. Ahora sería diferente.

P.- ¿Alguna vez pensó en ser espía?

R.- Sí, me habría encantado, pero nadie me ha tentado.

P.- Los periodistas y los espías tenemos mucho en común.

R.- Hacemos el mismo trabajo: recopilas información, buscas fuentes…

P.- Muchos se esconden bajo la condición de periodistas.

R.- En teoría no pueden hacerlo. Desde 1968 está prohibido. Algunas organizaciones supongo que lo harán. Pero me parece que los periodistas sabemos cuando otro no es periodista. El espionaje se ve desde un punto de vista romántico, pero si nos fijamos en los cables de WikiLeaks… eran bastante aburridos. En The Washington Post hay información más interesante. Y otra cuestión es que el espionaje ha cosechado sonoros fracasos: nadie informó sobre la caída del Muro de Berlín, por ejemplo. De modo que casi estoy de acuerdo con Charles de Gaulle, que menospreciaba a los espías, no les daba importancia.