«¿Estás listo para entrar en el lugar más poblado, peligroso y explosivo de Oriente Próximo?», escuchamos en la tercera temporada de Fauda, cuando Doron, el protagonista, se adentra en la franja por un oscuro túnel subterráneo. «Bienvenido a Gaza», le dicen. Doron y su equipo tratan de dañar la infraestructura de Hamás y acabar con el jefe del ala militar de la organización terrorista islámica en la franja.

Como en la serie de Netflix hace el comando de fuerzas especiales en el que sirve Doron, el Ejército israelí lleva más de una semana golpeando la franja de Gaza, bastión de Hamás (Movimiento de Resistencia Islámica).

Su meta es destruir la infraestructura de quienes dominan Gaza. El metro de Hamás, su red de túneles, es el objetivo de la llamada Operación Guardián de las Murallas. Israel asegura que su misión ha sido un éxito. Cada vez que Israel ha librado una ofensiva sobre Gaza los túneles están en su punto de mira.

Gaza es el territorio más densamente poblado del mundo: en apenas 360 kilómetros cuadrados (la mitad que Madrid capital) viven algo más de dos millones de personas. La natalidad es altísima: casi la mitad de la población tiene menos de 14 años. Y viven encerradas en condiciones tan insalubres que un informe de la ONU ya dijo en 2012 que veía difícil la subsistencia en 2020.

Si bien Israel defiende que sus intervenciones militares son quirúrgicas, es decir, con el mínimo número de bajas, ya han muerto más de 200 personas por los bombardeos y ataques de la artillería israelí en Gaza. Entre ellos hay 59 niños. En Israel han muerto diez personas, dos de ellas niños.

Israel insiste en que su objetivo son los dirigentes de Hamás y Yihad Islámica, y que son estos grupos terroristas los que usan a los gazatíes como escudos humanos. Este lunes Israel dijo haber matado a uno de los líderes de la Yihad Islámica, Hassam Abu Harbid. Estaba escondido, según información israelí, en el campo de refugiados de Jabaliya. La Yihad confirmó su muerte.

De vías de contrabando a armas vitales

Vitales para Hamás y la Yihad Islámica son los túneles que han estado en el punto de mira de la operación Guardián de las Murallas. Se excavaron en los ochenta, mucho antes de la desconexión en 2005, cuando la franja de Gaza se desconectó del resto de los territorios ocupados.

Primero se ubicaron en la frontera entre Gaza y Egipto y se utilizaron para el contrabando tanto de bienes, alimentos como de explosivos y armamento. Luego se transformaron en los llamados túneles del terror porque les permitían colocar explosivos bajo las bases del Ejército israelí.

Según el informe Underground warfare, case study of the cross-border ‘terror tunnels’ between the Gaza Strip and Israel, de Joanna Zych, hay tres tipos de túneles en la actualidad: los que cruzan la franja pero no llegan a ninguna frontera; los que alcanzan el Sinaí egipcio; y los que traspasan la frontera israelí.

En la guerra de 2014 Hamás intentó hacer lo contrario que hacía Doron en Fauda: infiltrarse en territorio israelí a través de estas redes, que pueden tener más de cinco kilómetros. Las han usado también para secuestrar a soldados israelíes y así pedir liberaciones de presos palestinos. El caso del soldado Guilad Shalit, que estuvo cinco años en manos de Hamás, aún estremece a los israrelíes.

El mayor ataque contra estos túneles ha tenido lugar estos días. El viernes 14 de mayo Israel apuntó a 150 «objetivos subterráneos» con 450 misiles que cayeron en el norte de Gaza, sobre todo cerca de la ciudad de Beit Lahiya. Israel busca su destrucción total. Arrasaron al menos una decena en lo que es uno de los golpes más serios a Hamás.

No es fácil acabar con ellos porque suelen quedar dañados sus accesos pero no el resto y Hamás los reconstruye tan rápido como puede. Se estima que Hamás dedica un 40% de su presupuesto a estas galerías subterráneas.

Israel da por hecho que acabaron con decenas de militantes de Hamás al acabar con los túneles, ya que suelen refugiarse ahí cuando caen los misiles. Era su intención al intensificar los ataques y al hacer creer la jornada siguiente que iban a empezar una ofensiva terrestre, algo que de momento no ha sucedido.

«En lugar de facilitar la vida a los palestinos y procurarles agua, electricidad y comida, Hamás se dedica a crear una red de terror», decía el portavoz del Ejército, teniente coronel Jonathan Conricus.

En esa jornada uno de los ataques de Israel alcanzó un edificio en Gaza donde vivía un hombre su esposa y sus cuatro hijos. Murieron todos.

Con la ayuda de Irán

Israel insiste en que trata de evitar las bajas de inocentes, y culpa a Hamás de utilizar a su gente como escudo humano. El poderío militar de Israel no tiene parangón con el de Hamás, si bien en esta operación el Movimiento de Resistencia Islámica ha demostrado que cuenta con gran cantidad de cohetes, que habrían causado tantas víctimas como en la Franja si no fuera por la llamada cúpula de hierro, el escudo antimisiles que protege las ciudades israelíes. Aún así un 10% de esos cohetes caen en territorio israelí.

Esos 40 minutos de terror en Gaza provocaron un éxodo de gazatíes que intentaron refugiarse en las escuelas de la misión de la ONU. Desde el inicio de las hostilidades más de 10.000 personas se han visto forzadas a dejar sus hogares en la franja.

El secretario general de la ONU, Antonio Guterres, ha hecho un llamamiento dramático para que cese la violencia. Este lunes, por primera vez, el presidente de EEUU, Joe Biden, ha abogado por un alto el fuego.

Los ministros de Exteriores de la UE se reúnen este martes para abordar esta grave situación. Sin embargo, el jefe de la diplomacia europea, Josep Borrell, reconoció recientemente que las divisiones en la UE sobre esta cuestión impiden que lleve a cabo ninguna acción contundente.

Los israelíes mantienen que Hamás ha podido construir su red de túneles gracia a la ayuda económica y de planificación de Irán. Insisten en que Hamás emplea el dinero que les llega en reforzarse militarmente en lugar de atender a la población, a la que utilizan para ganar la batalla de la opinión pública.

Hay quienes mantienen que no habría túneles si no hubiera bloqueo. Israel dejó la franja de Gaza en 2005 y en 2006 Hamás ganó en las elecciones en esta región. Desde entonces Gaza es su reino. Desde entonces sus habitantes malviven por ese bloqueo gracias a la ayuda humanitaria.

Lejos de amilanarse, el gobierno israelí en funciones, encabezado por Benjamin Netanyahu, ha asegurado que la ofensiva seguirá hasta que estén convencidos de que Hamás no representa una amenaza. En una entrevista con El Independiente, la embajadora israelí en España, Rodica Radian-Gordon, decía que Israel necesita lanzar una señal que va más allá de Gaza, va directa a Irán.

Y una señal clara sería destruir, total o sustancialmente, lo más preciado de su infraestructura bélica: ese metro que igual sirve a los dirigentes y militantes de Hamás y de la Yihad Islámica para atacar bases, que para secuestrar soldados o protegerse de los bombardeos.