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Witold Pilecki, el militar que entró en Auschwitz voluntariamente y que murió como un gran enemigo de Polonia

Witold Pilecki, junto a su mujer Maria Ostrowska, y su hijo Andrzej

Witold Pilecki, junto a su mujer Maria Ostrowska, y su hijo Andrzej Instytut Pileckiego

Varsovia se despertaba aquel 19 de septiembre de 1940, un día más, bajo la atenta mirada alemana. En el marco de la Segunda Guerra Mundial, que había comenzado en 1939, los nazis ya llevaban ocupando Polonia desde hacía un año. 

Ese día, como todos, en una de las violentas persecuciones y redadas que los de Hitler habían planeado, los alemanes entraron a la fuerza en una de las viviendas de la ciudad. En ella, un grupo de nacionales que trataba de esconderse de las fuerzas extranjeras fue detenido y enviado a una de las edificaciones más terroríficas de la historia de la humanidad: Auschwitz. Sin embargo, entre todos ellos, uno conocía perfectamente cuáles eran las intenciones de los alemanes en esa mañana de finales de verano.

Witold Pilecki. Imagen cedida por Instytut Pileckiego

Hoy se cumplen 81 años de que el militar Witold Pilecki (1901-1948) se entregase de forma voluntaria a los alemanes. Una figura de la historia de la que apenas nada se conoce fuera de su país de origen y sobre la que se supo poco y mal dentro de las fronteras de su propia nación hasta la caída del muro de Berlín en 1989. Un personaje que, a pesar de que ahora se le considere como uno de los héroes de la Segunda Guerra Mundial por su firme contribución para informar sobre lo que estaba pasando dentro de Auschwitz, tuvo el final de cualquiera considerado como un peligro público.

Pilecki, un gran patriota con enorme curiosidad

Nacido en Rusia y de descendencia polaca, Pilecki inició a muy pronta edad su carrera militar. Con tan solo 17 años dio sus primeros pasos en la recién creada ZHP, la organización de scouts polacos más antigua del país y que aún continúa hoy operativa. Fue durante su participación en ella cuando le surgió su primera oportunidad de conocer cómo era la guerra. Pilecki se puso a disposición de Polonia, la que realmente consideraba su patria, durante la Primera Guerra Mundial; contienda de la que precisamente este territorio surgió como nación tras la victoria aliada.

Pilecki tenía un gran sentido del deber hacia su país, lo que quedó reflejado en su sed de prestar servicio para honrar y hacer crecer al territorio del que venían sus raíces. No contento con haber participado en la Gran Guerra, un año después y con la mayoría de edad recién cumplida Pilecki se lanzó a la guerra entre Polonia y los bolcheviques de 1919. Poco a poco, el joven militar se abrió camino hasta pasar a convertirse en teniente segundo dentro del Ejército regular polaco y, durante el periodo de entreguerras, continuó con su labor como instructor paramilitar.

Pilecki, junto a su mujer Maria. Imagen cedida por Instytut Pileckiego

Sin embargo, el inicio de la Segunda Guerra Mundial en 1939 y la ocupación alemana (1 de septiembre) volvieron a traer el caos a la vida de Pilecki. El militar, quien disfrutaba en aquel momento de una tranquila y estable vida familiar, lo dejó todo para ponerse al frente de las tropas polacas. Pero la llegada del ejército de la URSS a Polonia poco tiempo después de los de Hitler remataron a los hombres de Pilecki. 

Tras la disolución de sus tropas y la vuelta del militar a Varsovia, el polaco de corazón y el que había sido su comandante, Władysław Surmacki, decidieron no darse por vencidos. En cambio, fundaron en noviembre del mismo año el Ejército Secreto Polaco o TAP (Tajna Armia Polska), organización mediante la que los de Polonia comenzaron a llevar a cabo de forma encubierta una serie de acciones de resistencia contra los alemanes.

Precisamente una de esas actuaciones sería la que llevarían a Witold Pilecki hasta uno de los mayores puntos de torturas de la historia reciente. Entre el pueblo polaco se había comenzado a escuchar hablar sobre esa nueva creación alemana conocida como “campos de concentración”, más concretamente de uno que aquel mismo año había sido inaugurado al sur del país, a unos 275 km de la capital. 

Movido por la curiosidad y por saber qué ocurría en Auschwitz, lugar al que ya cientos de polacos habían comenzado a ser trasladados de forma forzosa por los nazis, Pilecki decidió que debía entrar en aquel espacio del que tan poco se conocía. Así, tal y como recuerda el investigador Bartosz Kaczorowski, el 19 de septiembre de 1940 el militar se armó de valor y, «usando un documento de identidad falso a nombre de Tomasz Serafiński, se dejó arrestar en la redada de Varsovia». El plan ya estaba en marcha.

La ZOW, una estación de radio clandestina e informes ignorados

Tras un viaje de dos días en un vagón de un tren de mercancías, Pilecki y el resto de arrestados llegaron al famoso campo de concentración. Durante sus primeros días de estancia, tal y como explicó en los primeros informes escritos, el espía del TAP había pensado que aquella enorme edificación a la que había sido llevado era un manicomio. No necesitó mucho tiempo para darse cuenta de que aquel espacio no tenía nada que ver con sus primeras suposiciones.

Las continuas torturas, los trabajos agotadores y las deplorables condiciones de frío y hambre en la que se encontraban los prisioneros dejaban bien claras las intenciones de los de Alemania de acabar de la forma más cruel posible con la vida de los polacos. El propio militar dejó constancia de que los de Hitler eran especialmente duros con la intelligentsia, el grupo de polacos pertenecientes a las élites nacionales del que Hitler deseaba deshacerse con la mayor celeridad posible.

A pesar de las difíciles situaciones a las que día a día debía de enfrentarse, Pilecki nunca olvidó cuál era su cometido dentro de Auschwitz. A tan solo un mes de su llegada, levantó el grupo secreto de resistencia polaca Unión de Organización Militar (Związek Organizacji Wojskowej, más conocido como ZOW) entre los presos que compartían su misma nacionalidad. La misión de esta organización era la de aunar sus testimonios y hacerlos llegar a la TAP para desvelar todo lo que estaba ocurriendo dentro del campo.

Para ello, la resistencia logró enviar en varias ocasiones informes redactados por Pilecki, en los que se detallaban las atrocidades de la que estaban siendo testigo. El destino de estas informaciones no era únicamente Varsovia, sino que a partir de 1941 también llegarían a Londres, ciudad en la que el Gobierno polaco se encontraba exiliado. Uno de esos escritos del militar infiltrado fue presentado personalmente a los aliados en 1942, cuando cuatro prisioneros polacos lograron salir del campo de concentración disfrazados de la SS. En dicho informe, Pilecki advertía de la necesidad urgente de que Auschwitz fuese atacado. El gobierno inglés, sin embargo, nunca atendió a las súplicas del polaco.

Además, la ZOW consiguió también establecer un contacto directo con el exterior gracias a la creación de una estación de radio clandestina dentro de Auschwitz. Pero la invención de los prisioneros, que fue de gran ayuda para hacer llegar la información lo antes posible a sus compañeros fuera del campo de concentración, no duró por mucho tiempo. En cambio, tuvo que ser desmantelada en 1942 ante los peligros que suponía ser descubiertos por los funcionarios alemanes.

La resistencia polaca, un arma invisible contra los alemanes

Sin duda, la labor del grupo creado por Witold Pilecki jugó un papel fundamental en la historia del Holocausto para saber cuáles eran las verdaderas condiciones en las que vivían los prisioneros. No obstante, la ZOW fue también un elemento clave para mejorar el ánimo de sus participantes – ayudando a no perder la cordura – y para prestarse apoyo logístico entre ellos.

De la forma más discreta posible, los polacos pertenecientes a esta unión fueron de la misma forma capaces de enfrentarse al bando alemán dentro del campo de concentración. Al conformase la ZOW por la intelligentsia polaca, la agrupación contó con una gran cantidad de médicos y enfermeros presos, quienes se dedicaron a vengarse de las fuerzas de Hitler a través de sus conocimientos y de los materiales que tenían a su alcance. Uno de ellos, como recuerda el investigador de la universidad de Lodz, fue Witold Kosztowny, «que criaba piojos infectados con tifus para luego ponerlos en los uniformes de los más crueles funcionarios de la SS». 

Una incursión de tres años sin apenas resultados

Tras tres tediosos años de penurias, sufrimiento y mucha información recabada, Pilecki decidió que era el momento de acabar con aquella tortura. El 27 de abril de 1943 el militar logró – no sin dificultades y sin los peligros de que alguna de las balas disparadas por los nazis le alcanzase – escapar a través de una panadería situada fuera del campo, de la que otros prisioneros polacos que trabajaban allí lograron obtener una llave.

Una vez fuera, Witold Pilecki presentó en persona al TAP las 100 páginas con todos los datos recogidos por el militar durante su estancia en Auschwitz. Información que, a pesar de ser de gran valor, quedó rápidamente en el olvido. Al ser presentado el ahora conocido como Informe Witold a la delegación de la OSS de EE.UU. (el servicio de inteligencia del país americano durante la Segunda Guerra Mundial) localizada en Londres, este fue archivado y catalogado como poco fiable.

A pesar de que el Informe Witold quedase olvidado hasta más de 40 años después y de que sus esfuerzos fuesen en vano, el sentido del deber no abandonó a Pilecki ni siquiera en sus últimos años de vida, donde los batacazos no fueron pocos. En 1944 el militar participó en el fallido levantamiento de Varsovia, en el que los ciudadanos polacos atemorizados por las fuerzas alemanas se revelaron contra ellas. Y, a pesar de que un año después los aliados por fin derrotaron a los regímenes fascistas, Polonia ni el resto de países pertenecientes a Europa Occidental consiguieron realmente salir de la situación instaurada con la Segunda Guerra Mundial hasta el final de la Guerra Fría.

Witold Pilecki, que era completamente contrario al régimen comunista de la URSS, decidió crear una nueva red de resistencia, aunque no con tanta suerte como durante su aventura en Auschwitz. Su sino se truncó tras ser sus intenciones descubiertas en mayo de 1947, cuando fue acusado de espionaje. Un año más tarde, su ejecución ponía fin a la vida de un hombre del que, aunque hoy su figura sea homenajeada dentro de su país de origen, cerró por última vez sus ojos siendo considerado una de las mayores amenazas de Polonia.

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