«Me felicito de que no haya ninguna crisis con Marruecos en estos momentos, pero no me conformo, quiero una relación a la altura del siglo XXI». José Manuel Albares, ministro español de Asuntos Exteriores, ha dicho este jueves en el Senado español que la relación con Rabat va por «buen camino». A pesar de los esfuerzos de Albares por congraciarse con el gobierno del país del norte de África, Rabat ha ignorado a Madrid como destino de sus recién designados embajadores. También ha pasado por alto Berlín. Albares sigue si pisar suelo marroquí en visita oficial. Y Ceuta y Melilla siguen cerradas. El camino está empedrado. La relación con Marruecos es una eterna pesadilla para España.

Este año 2021 ha sido especialmente complicado para esta relación bilateral, marcada por la cuestión del Sáhara, Ceuta y Melilla y sus derivadas migratorias y de seguridad, y por el agravamiento de la tensión entre Marruecos y Argelia.

Como dice Javier Otazu, ex corresponsal en Rabat de la agencia Efe, «Marruecos y Argelia se están envalentonando» en este pulso. Según Eduard Soler, investigador del CIDOB, precisamente esta coincidencia con la crisis argelina, «exige a España de gran finezza porque ha de reconciliarse con Marruecos sin tensar la situación con Argelia por el gas y por el tema migratorio. Con la excepción de Mali quizá, España es el país más perjudicado de esta creciente rivalidad entre Rabat y Argel».

Mala gestión de expectativas

El espaldarazo que dio Donald Trump a Marruecos al reconocer la marroquinidad del Sáhara provocó una gran euforia en el reino alauí. Creían que el paso dado por EEUU arrastraría a sus aliados europeos, pero no ha sido así. Alemania dejó claro que se atenía a la ONU sobre el Sáhara y sigue así, aunque en los últimos días desde Rabat han querido interpretar como un gesto de acercamiento unas declaraciones de la ministra alemana de Exteriores, Annalena Baerbock sobre las opciones sobre la mesa para resolver la cuestión del Sáhara. Poco después desde el gobierno de Berlín se insistía en que nada había cambiado.

Esta incomodidad con la Unión Europea la dejó clara el jefe de la diplomacia marroquí, Naser Bourita, en su intervención ante el Parlamento de Rabat el 15 de noviembre cuando dijo que su país «debe liberarse de la lógica del chantaje que hace Europa». Bourita insistía, como ya dijo el rey Mohamed VI en el aniversario de la Marcha Verde, en que cualquier acuerdo con la UE estaba condicionado «al respeto a la soberanía marroquí» sobre el Sáhara occidental.

Por un lado, España tiene que andar con pies de plomo porque Marruecos a la mínima abre el grifo de la migración o prolonga el cierre de Ceuta y Melilla, como hace ahora, pero también es cierto que Marruecos no logra de momento lo que quiere y tiene un problema de gestión de expectativas.

«De momento hay un discurso que puede marcar el principio de la distensión, pero faltan hechos palpables como la vuelta de un jefe de misión, algo que tiene trascendencia… Marruecos tiene un largo historial de crisis con distintos países pero no se solían acumular. En España ha habido altibajos. Los momentos más complicados serían Perejil y la más reciente crisis en Ceuta. Rabat tiene un problema de gestión de expectativas. Como no se sumaron más países a la iniciativa de Trump, Marruecos se quedó frustrado. La UE busca un acuerdo negociado sobre el Sáhara. No quiere que el ganador se lo lleve todo, como pretende Marruecos», afirma Haizam Amirah Fernández, investigador en el Real Instituto Elcano.

Esa decepción con Europa se ha plasmado sobre todo con Berlín y con Madrid. Si bien Marruecos esperaba que la canciller Merkel tuviera un gesto con el rey Mohamed VI a la hora de despedirse, no fue así, pero es evidente de que en Rabat hay ganas de resetear la relación con Berlín aprovechando que hay cambio de gobierno. En el caso de Madrid todo indica que a Marruecos le gusta manejar los tiempos y aún no ve el momento de pasar a la acción.

El impacto de Marruecos en la historia española

¿Por qué es tan delicada la relación con Marruecos? Como dice Eduard Soler, investigador en el CIDOB, «hay pocos países que tengan un conflicto territorial abierto, algo que hace que la relación sea distinta. A su vez, hay un poso histórico fuerte que ha alimentado el nacionalismo en los dos países. En el último siglo las relaciones con Marruecos han marcado la política interna: desde la Semana Trágica, la crisis de la restauración, la guerra civil, Franco y posteriormente la Marcha Verde. No hay ningún otro país que haya influido tanto en nuestra política interna».

A ello hay que sumar unas relaciones económicas intensas: Marruecos es uno de los socios comerciales más importantes fuera de la Unión Europea. Hay más de 600 empresas afincadas en Marruecos que dan empleo a unas 20.000 personas. Y muy relevante: en España vive cerca de un millón de marroquíes. Estamos condenados a entendernos pero no hay manera de que la relación sea de buenos vecinos.

El problema con Marruecos es que después de provocar el flujo de migrantes a Ceuta se ha vuelto un vecino imprevisible. Fue una reacción desmedida»

javier otazu, autor de ‘los tres jaques del rey de marruecos’

«El problema con Marruecos es que después de provocar el flujo de migrantes a Ceuta en mayo se ha vuelto un vecino imprevisible. Fue una reacción desmedida. Son relaciones difíciles de vaticinar. Rabat siempre utiliza el comodín de Francia, que siempre se pone de su lado. Y coquetea con Francia y Rusia porque piensa que la UE está presa de obligaciones burocráticas y mecanismos democráticos. Nunca ha entendido la esencia democrática de la UE. No podemos tener con Marruecos una relación del siglo XXI porque tiene un sistema político del siglo XIX», explica Javier Otazu, autor de Los tres jaques del rey de Marruecos.

A juicio de Haizam Amirah Fernández, «resulta llamativo que en Rabat se pensara que era una buena decisión jugar la carta de la migración masiva en Ceuta y creyera que tendría defensores como Francia. Fue un acto que le ocasionó desgaste de imagen y dejó en cuestión su fiabilidad».

En su libro, Javier Otazu afirma que «en 2021 Marruecos ha degradado su imagen y ha desperdiciado gran parte del poder blando acumulado durante una década». El gran error de cálculo lo cometió el reino alauí al alentar el flujo migratorio como reacción a la atención hospitalaria del líder del Frente Polisario, Brahim Ghali, en España. Fue la ministra de Exteriores, Arancha González Laya, quien acabó pagando por una decisión del gobierno soberana de Sánchez. «Aunque fue desmedido lo que hizo Rabat, no ha salido perdiendo en realidad. Las relaciones con España son muy desiguales y España siempre acaba cediendo».

En realidad, era una pataleta por la falta de apoyo de España al reconocimiento de la marroquinidad del Sáhara. Mohamed VI mantiene que sobre el Sáhara no hay medias tintas: o estás con Marruecos o contra Marruecos. O eres traidor o eres leal.

Pero España, como dice el ex corresponsal en Rabat, no puede ser quien encabece un gesto así. «Marruecos sabe que el tiempo juega en su favor, pero me sorprende que tenga ese empeño en que España cambie de opinión porque cree que arrastraría al resto. El conflicto lo tiene ganado. Es cuestión de tiempo», señala Otazu.

Los marroquíes llevan años volcados con el Sáhara. Han empleado mucho tiempo, dinero y han puesto a trabajar a sus lobbies de forma intensa por esta causa. En Estados Unidos ha dado sus frutos tanto empeño. Han contado con el apoyo del lobby judío por los vínculos con los judíos marroquíes. En la Unión Europea también mueven sus hilos, pero no lograron impedir el rechazo a la crisis que provocaron en mayo en Ceuta. Ni la sentencia en contra del Tribunal de Justicia de la UE por el uso de los recursos de los saharauis. Por ello el jefe de la diplomacia europea arremete contra los gobiernos europeos a los que, según dice, quiere «sacar de su zona de confort».

Y no deja de ser curioso que los marroquíes, que se sienten decepcionados con la UE, sin embargo, suelan mirar hacia el Norte como un referente. Unos quieren migrar por razones económicos y otros para gozar de mayor libertad. Y en ese Norte está España, un país que conocen mejor que los españoles a ellos. Sea como sea, España y Marruecos están condenados a entenderse. Como indica Eduard Soler, «España no puede permitirse estar a la greña con Marruecos. Perjudica a la población de Ceuta y Melilla, a sectores empresariales, a todos lados… Y la voluntad de apaciguamiento es recíproca. Sin embargo, los ritmos son distintos».