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ENTREVISTA | ARANCHA GONZÁLEZ LAYA, DECANA DE LA ESCUELA DE ASUNTOS INTERNACIONALES DE PARÍS Y EX MINISTRA DE ASUNTOS EXTERIORES DE ESPAÑA

“El conflicto saharaui como el palestino solo se solucionará cuando se aborde desde la raíz”

La ex ministra de Asuntos Exteriores, Unión Europea y Cooperación Arancha González Laya. EP

Durante sus 18 meses al frente de Exteriores, tuvo que lidiar con los efectos de una pandemia y una tormenta, la que provocó la acogida por razones humanitarias de Brahim Ghali, líder del Frente Polisario. La singladura política de Arancha González Laya (Tolosa, 1969) acabó en julio de 2021 en una remodelación ministerial. En su caída muchos vieron la mano de Marruecos en un intento de cerrar una crisis bilateral que selló definitivamente el histórico cambio de posición en el contencioso del Sáhara Occidental.

Políglota y apasionada de las relaciones internacionales y el comercio, González Laya es desde febrero de 2022 la decana de la Escuela de Asuntos Internacionales de París (PSIA), el prestigioso centro donde se forma la élite política del país vecino. Acepta conversar con El Independiente la semana en la que su sucesor, José Manuel Albares, ha logrado revalidar su cargo y en mitad de las tensiones que ha desatado el enésimo capítulo del conflicto palestino-israelí.

Alejada ahora de las cuitas políticas españolas, González Laya reconoce hacerlo con cierto alivio. "La distancia te permite hacer un análisis más en frío, quizás más con la cabeza y menos con el corazón", comenta durante la conversación. Le preceden décadas de trabajo. Entre 2005 y 2013 fue jefa del gabinete del entonces director general de la Organización Mundial del Comercio (OMC) Pascal Lamy y, más tarde, directora ejecutiva del Centro de Comercio Internacional (ITC), la agencia de desarrollo de la ONU y la OMC. Licenciada en Derecho por la Universidad de Navarra, se curtió en el arte de la negociación en los pasillos de la Comisión Europea, donde fue asesora y portavoz de comercio.

Pregunta.- ¿Cómo se ve España desde París?

Respuesta.- A veces uno tiene que tomar distancia para intentar entender mejor, para verlo con otros ojos. Se ve, por supuesto, con muchísimo afecto y cariño. También, porque no decirlo, con preocupación. La distancia te permite hacer un análisis más en frío, quizás más con la cabeza y menos con el corazón.

P.- ¿Qué le preocupa?

Veo con preocupación el vaciamiento del espacio político del centro en España

R.- Veo con preocupación la polarización que se ha instalado en España y la política española, el vaciamiento del espacio político del centro, la incapacidad para hablar de cosas de las que tenemos que hablar porque nos pertenecen a todos y porque para resolverlas necesitamos estar todos alrededor de una mesa. Hay temas como, por ejemplo, la financiación, la forma de Estado que queremos, es decir, el grado de descentralización, la financiación autonómica, la corresponsabilidad de las comunidades autónomas que podemos arreglar y necesitan arreglo, porque es verdad que la Constitución de 1978 ha funcionado durante este tiempo, pero también hemos llegado a un momento donde ha habido cambios estructurales, muchos de ellos que tienen que ver con la Unión Europea y una serie de competencias que en realidad ya no son españolas. Las hemos transferido y hemos decidido ponerlas en común a nivel comunitario y, por lo tanto, creo que es un momento en el que sería muy interesante debatir, discutir y, si es posible, acordar entre todos la forma que debe tener España y la manera en la que se tienen que distribuir los derechos y también las responsabilidades y la manera en la que se va a financiar esto. En un momento en el que además hay tantas grandes transformaciones alrededor, sería un buen momento para hacerlo.

P.- ¿Es una inquietud repentina o que ya sostenía cuando era ministra de Exteriores?

R.- Es cierto que la polarización en España no ha llegado ahora, pero vemos un agravamiento. Una cosa es tensar la cuerda y utilizar palabras tremendamente gruesas y otra la incapacidad para construir espacios en los que se puedan debatir estas cuestiones esenciales. Hay cosas tremendamente complejas que están sucediendo en el mundo; tenemos unos avances tecnológicos con un impacto brutal, no solamente sobre nuestras economías, también sobre nuestras democracias. Tenemos que ser capaces de sentarnos y hablar sobre nuestro mercado de trabajo o la competitividad de nuestras empresas... Se ha agravado la polarización, el insulto, la descalificación, la imposibilidad de encontrar puntos de entendimiento que no es nuevo. Yo también lo viví cuando estuve en España e incluso durante la pandemia.

Siento el desencanto que sienten muchos españoles en este momento ante una incapacidad política de construir lo que pertenece a todos

P- ¿De quién es la responsabilidad?

R.- Es un poco de todos por razones distintas. No soy la juez y no estoy aquí para decidir quién tiene razón o quién no. Pero sí siento el desencanto que sienten muchos españoles en este momento ante una incapacidad política de construir lo que pertenece a todos los españoles. En la universidad tenemos 1500 estudiantes de 130 nacionalidades. Tenemos que hacer grandes esfuerzos para que los estudiantes entiendan que a veces uno tiene que sentarse a negociar incluso con su enemigo. No estoy diciendo que este sea el caso de la política española, pero uno no tiene que renunciar a sus principios ni a sus ideales, pero a lo que nunca puede renunciar es sentarse con los demás para buscar soluciones conjuntas.

P.- No sé si desde el extranjero España emerge como un país enredado nuevamente en asuntos identitarios...

R.- El identitarismo es una enfermedad que nos afecta a muchos y en muchos países. Creo que el problema que tenemos es que hemos llevado el identitarismo hasta tal extremo que se nos ha olvidado lo que tenemos en común por encima de diferencias, puntuaciones y especificidades. Por encima de todo eso, tenemos cosas en común y lo que estamos haciendo es vaciando el espacio en común, trivalizando nuestras sociedades y trivalizando nuestras relaciones, rodeándonos y hablando sólo con aquellos que son como nosotros y excluyendo a todos los demás. Y este identitarismo no es solamente un problema en España sino un mal que acucia a muchas sociedades y yo creo que tenemos que volver a reivindicar los espacios que pertenecen a todos, lo que todos tenemos en común en nuestro país. Tenemos en común que todos somos ciudadanos en un espacio y ciudadanas en un espacio en el que nos hemos dotado de unas reglas de juego, una Constitución y donde tenemos que decidir entre todos y buscar construir más espacios donde entre todos discutimos y debatimos de lo que tenemos en común, más allá de las diferencias.

El problema es que hemos llevado el identitarismo hasta tal extremo que se nos ha olvidado lo que tenemos en común

P.- Y ahí, entiendo, entraría esa España que llevamos semanas viendo, de las manifestaciones en Ferraz pero también de las cuitas sobre la Ley de Amnistía...

R.- Lo que no se puede cuestionar es el resultado de una elección democrática. Podemos cuestionar los términos de un acuerdo para construir una coalición de gobierno. Pero lo que no podemos cuestionar constantemente es la legitimidad de quien lo hace, porque quien lo hace ha sido elegido por los ciudadanos.

Otra cosa es que si no nos gusta, la próxima vez que tengamos que expresar nuestra opinión cambiemos el sentido de nuestro voto. Pero no podemos cuestionar la legitimidad de quien ha sido elegido según procedimientos legítimos, que son los que nos hemos dado a nosotros a través de la Constitución. No me siento representada por quien está cuestionando la legitimidad constantemente. Da igual que sea la legitimidad de un gobierno regional, local o central: los ciudadanos eligen y a veces los ciudadanos eligen cosas que no nos gusta, pero no por eso tenemos que deslegitimar. Otro asunto es cómo expresamos nuestro descontento o cómo expresamos nuestra falta de sintonía con determinadas decisiones que tomen quienes están en el gobierno local, regional o central y lo que tenemos que hacer es buscar hacerlo también respetándonos. Y me parece que en España en estos momentos no nos estamos respetando mucho.

P.- Hablemos de política exterior. ¿Cúales son los retos de la española ahora que se inicia la legislatura?

R.- Los retos de la política española son los retos de la europea. Se enfrenta a tres grandes desafíos: El primero es estar preparado para el resultado de la próxima elección de Estados Unidos. Si uno mira las encuestas de opinión, con la distancia y la prudencia propia de las encuestas, lo que nos dicen en Estados Unidos es que Donald Trump puede volver a ser el presidente y a la Unión Europea esto no le puede pillar desprevenida, como le pasó la última vez. La primera tarea que tenemos los europeos es prepararnos para esa posible victoria. Y lo tenemos que hacer porque evidentemente la última vez que este presidente gobernó en Estados Unidos tuvo posiciones antagónicas a las europeas.

La segunda es, evidentemente en las elecciones europeas ser capaces de animar a los ciudadanos y las ciudadanas europeas a acudir a las urnas y sobre todo a las generaciones más jóvenes, que son las que nosotros necesitamos para darle legitimidad a este proyecto tan específico que es el proyecto comunitario. La última vez pudimos hacerlo porque ellos habían pedido que el cambio climático fuese el centro de la batalla electoral europea. Tenemos que ser muy conscientes que necesitamos contar en este diálogo con los jóvenes que nos digan que quieren, también en política exterior.

El tercero es que la política exterior de la Unión Europea necesita ajustarse a un mundo caracterizado por dos elementos: una enorme volatilidad y un entorno mucho más transaccional, donde las alianzas son mucho más cambiantes. La gran prioridad para la política exterior española, que como digo, es la europea es aprender a dar pasos adelante en esto que hemos llamado la autonomía estratégica europea abierta.

P.- En estos momentos estamos presenciando un nuevo capítulo del conflicto palestino-israelí en el que la Unión Europea muestra su división, con un país como Alemania incapaz siquiera de criticar a Israel...

R.- La Unión Europea tiene en el conflicto entre Israel y Palestina una relación difícil que no es nueva. Hubiese sido un poco más acertado que se hubiera producido más concertación europea, incluida entre sus propias instituciones antes de lanzarse al ruedo de las declaraciones públicas. Tenemos una postura difícil porque tenemos unas relaciones y unas responsabilidades históricas. Pero también tenemos puntos de encuentro dentro de la Unión Europea en este conflicto y son los que tenemos que hacer valer. El primero es que pensamos que se debe impulsar una negociación entre Israel y Palestina para llegar a un acuerdo sobre dos estados. Eso une a todos los Estados miembros y tenemos que utilizar ese punto de encuentro para impulsar y de alguna manera animar a las dos partes para que puedan llegar a sentarse a la mesa de negociación y no procrastinar, que ha sido la regla en los últimos años. Nuestra postura puede ayudar o disuadir a que se vaya avanzando en esa dirección. Y lo segundo que une a todos los Estados miembros es el respeto de los derechos humanos y en que de alguna manera somos quienes hemos llevado el liderazgo también del apoyo humanitario. ¿Cuántas veces la UE ha reconstruido lo destruido? Algunos ven en ello una manera de salvar la cara. Yo quiero pensar que es una manera de expresar también nuestra corresponsabilidad hacia los más vulnerables, que siempre y en todos los conflictos son los civiles. Pero ni siquiera basta con Estados Unidos y la Unión Europea. Estamos viendo que la distribución del poder en el mundo es más difusa, está el poder más distribuido y por lo tanto necesitamos del concurso de más actores para poder impulsar que se llegue a una solución. Y nos estamos dando cuenta de que necesitamos poner a las Naciones Unidas en el centro de este debate.

P.- La política exterior española tiene sus particularidades. Venimos de una legislatura que ha estado marcada por el cambio de posición en el contencioso del Sáhara Occidental. ¿Ese cambio ha ayudado a la resolución del conflicto?

España debe ser capaz de apoyar todos los esfuerzos del Secretario General de la ONU en el Sáhara Occidental

R.- Lo único que diría es que en este conflicto, como en tantos otros, no se pueden resolver si no se trata el conflicto en su raíz. La gran lección de lo que está ocurriendo en estos momentos en Gaza es que pensábamos que se podía resolver el conflicto entre Israel y Palestina, resolviendo el conflicto entre Israel y sus vecinos; dejando la parte palestina de lado para un momento posterior. Y lo que nos hemos dado cuenta es de que no se puede resolver sin la negociación entre Israel y Palestina. En el caso del Sáhara y en otros conflictos también alrededor del mundo, lo que tenemos que entender es que hay que resolver el problema en la raíz y esa es la lección. Y a partir de ahí juegan un papel muy importante las Naciones Unidas, tan denostadas como necesarias para intentar que las partes de ese conflicto lleguen a una solución que permita a largo plazo resolver el conflicto.

P.- A estas alturas, ¿puede España tener un papel en el litigio saharaui?

R.- España debe ser capaz de apoyar todos los esfuerzos del Secretario General de Naciones Unidas y de su enviado especial y ese es el papel, pero la cuestión se debe tratar en origen y en origen es una negociación entre las partes.

P.- ¿Para qué ha servido el cambio de posición de España?

R.- Eso no me corresponde a mí decirlo. Es un terreno tremendamente resbaladizo en el que no creo que sea útil que yo entre a comentarlo, pero yo lo que sí digo es lo que he mantenido durante toda mi carrera, que es que los problemas tienen que resolverse en la raíz y que tiene que resolverse entre las partes y que cualquier solución que encuentren las partes será una buena solución. Todo lo que podemos hacer es ayudar a que se llegue a esa solución.

Cuando uno deja de prestar atención a estos conflictos sin que los conflictos se resuelvan, al final son zonas de fragilidad que estamos creando

P.- ¿Qué solución ve a este conflicto que dura ya 47 años?

R.- Hay distintas propuestas que están sobre la mesa y cualquiera que acuerden las partes será la buena. Desde fuera nosotros lo que podemos hacer es ayudar, acompañar, animar y quizás contribuir, pero no podemos sustituir a las partes en el conflicto. Sea cualquiera que sea la naturaleza del conflicto. Lo que sí sabemos es que cuando uno deja de prestar atención a estos conflictos sin que los conflictos se resuelvan, al final son zonas de fragilidad que estamos creando. Todos sabemos que la fragilidad en estos momentos de enorme turbulencia no es una buena consejera.

P.- Desde el lado marroquí se amortiza cualquier solución mutuamente aceptable al apostar por su plan de autonomía y condicionar incluso sus relaciones diplomáticas con otros países a este respaldo... ¿Qué margen queda?

R.- Ésta es una cuestión que tiene que estar en la mente de quien está intentando ayudar a esa resolución.

P.- ¿Qué opinión le merece el plan de autonomía?

R.- Es una opinión que me guardo para mí.

P.- Lo vivió como ministra. ¿Cómo puede un ministro de Exteriores español guardar cierto equilibrio entre Marruecos y Argelia ?

R.- En España tenemos muy asumido que tenemos que tener buenas relaciones con todos nuestros vecinos. Sabemos que vivimos en un vecindario que es difícil y frágil, que sufre de enormes fragilidades estructurales, climáticas, de desempleo juvenil. También de retos que compartimos, que es la lucha contra el crimen organizado, el terrorismo o el tráfico de personas. Somos conscientes de ello y queremos tener siempre las mejores relaciones con nuestros vecinos. Pero una relación no es solamente lo que uno desee sino lo que lo deseen. En todo caso, sí puedo decir que en mi larga vida profesional he tenido el placer de conocer muy bien a estos vecinos españoles y con los que he tenido estupendas relaciones, pero también soy consciente de que los roces también a veces son inevitables.

[La crisis con Marruecos] Ni fue el primer rifirrafe ni será el último

P.- Su etapa en el ministerio estuvo marcada por la crisis con Marruecos, un momento en el que también trascendió el espionaje. ¿Qué lección le quedó de todo ese episodio?

R.- Ni fue el primer rifirrafe ni será el último, pero tampoco creo que haya que vivir de la historia. Hay que aprender de la historia, pero hay que proyectarse en el futuro. Mi receta es no vivir de las dificultades pasadas, ni tampoco de los éxitos pasados, sino proyectarse en el futuro y buscar construir futuro. [¿Pero qué aprendió entonces?] Lo que he aprendido en mi vida en general y en esto en particular es que uno no puede rehacer el pasado y por lo tanto lo que uno sí puede hacer es entender cómo construir a futuro. Es la lección que saco, ahora desde una posición distinta. No se vive de sus éxitos ni de sus fracasos; se vive de lo que uno construye; y, sobre todo, se vive de la idea de imaginar qué más construir a futuro.

P.- Me pregunto si en su papel ahora de decana y profesora aborda las incoherencias de la diplomacia. En estos momentos tenemos tres escenarios: una invasión de Ucrania por Rusia; una ocupación del Sáhara por Marruecos; y un conflicto como el palestino. España apoya en ciertas zonas del mundo ocupaciones y las denuncia en otras…
R.-
La española es una política europea. La UE entiende que la regla es el derecho internacional y, cuando se traspasa esa línea, lo dice. Es verdad que los conflictos no los puede resolver solo la Unión Europea, teniendo en cuenta que hay diferencias entre los conflictos que ha mencionado. En algunos casos, es un proceso de descolonización sin terminar en la terminología de las Naciones Unidas; en otro es un procedimiento de negociación sin terminar y en otro la invasión de un país por otro país. Tampoco podemos hacer una amalgama entre todas las situaciones internacionales que todas tienen en común que son conflictos, pero que son conflictos que tienen distintos orígenes y distintos actores y distintos grados de madurez.

P.- Hablemos de América Latina. ¿Qué puede hacer España en un continente cada vez más dividido políticamente y con el recién llegado Javier Milei?
R.- Lo que hemos aprendido es que la UE necesita tener amigos fuera de la Unión Europea, tejer alianzas y relaciones estables, profundas, serias, comprometidas con otras regiones del mundo. Ahí es donde España tiene un papel junto a Portugal en construir esa alianza estratégica con los países de América Latina, que son también países que tienen sus propias dificultades, que son países también distintos unos con respecto a los otros. Francamente es verdad que en los últimos años la Unión Europea no le había prestado demasiada atención a América Latina.

Tras el triunfo de Milei, la pregunta es qué está ocurriendo en nuestras democracias para que triunfe la rabia

P.- ¿Y qué hacer con Milei?
R.-
Milei es el presidente de Argentina elegido por los ciudadanos argentinos y por lo tanto lo primero que hay que hacer es respetar. Otra cosa es que nos guste más o menos, pero esa es la elección de la ciudadanía argentina. Segundo, evidentemente, como nos corresponde con cualquier líder que ha sido elegido por sus ciudadanos, es trabajar con el señor Milei buscando, donde sea posible, construir espacios de encuentro y expresándolo cuando eso no sea posible. No podemos cuestionar la legitimidad del sistema democrático argentino. Ahora también tenemos que hacernos la pregunta de qué está ocurriendo en nuestras democracias para que triunfe la rabia; para que triunfe la opción política montada sobre la rabia de los ciudadanos.

P.- ¿Y cuál es su respuesta?
R.-
Evidentemente es un resultado de los sistemas políticos que no responden a las necesidades, las expectativas y los deseos de los ciudadanos. No es buena receta construir nada desde la rabia. Ya hemos visto donde nos llevan los líderes construidos sobre la rabia de los ciudadanos. Responder a eso con más rabia es polarizar aun más a la ciudadanía, dividirla en bloques estancos que no se hablan, que no negocian y que en un momento determinado llegan a las manos.

P.- Con su experiencia en el ministerio, ¿cuáles son las reformas necesarias en la propia carrera diplomática?
R.-
Es un tema interesante. He participado en un ejercicio de reforma de la Ley del Servicio Diplomático francés en estos últimos meses y creo que hay varias cuestiones que importan mucho en los sistemas diplomáticos. Mirando al francés y al español, lo que comparten es como utilizar estos servicios diplomáticos que son tan importantes para nuestros países porque son el brazo de actuación fuera de nuestro país, pero son también el captador de lo que está ocurriendo en el resto del mundo y capaz de influir sobre la percepción que tienen en el resto del mundo de nuestro propio país. Hay dos cuestiones fundamentales: la primera es cómo se utiliza a estos servicios diplomáticos para tener la capacidad de ejercer esas labores, influir y captar temas nuevos como son la diplomacia climática o la digital o tecnológica. Y de estos interrogantes ha nacido en nuestra escuela y en colaboración con el Instituto de Empresa en Madrid un nuevo máster sobre Tecnología y Orden Global que parte de esta experiencia, de la necesidad de formar a a perfiles de responsables públicos que sean capaces de tratar estos nuevos temas que están en la agenda y para los cuales las disciplinas más clásicas se han quedado cortas. Y la segunda cosa es cómo se organiza un sistema en el que los problemas son de interconexión: la agricultura, el cambio climático, la financiación o el desarrollo de la tecnología. En un mundo en el que todos estos estas cuestiones están integradas y tienen una interconexión horizontal, cómo se organiza una administración y si tiene sentido en el siglo XXI seguir organizando la administración de manera vertical como se hace para tratar la multidisciplinariedad de todos nuestros problemas.

P.- La cibervigilancia es uno de esos desafíos…
R.-
Correcto. Hay muchos temas en la tecnología, que es una cuestión que estructura. La inteligencia artificial está estructurando los espacios de debate político, está estructurando la manera en la que se organiza una campaña electoral, la manera en la que estamos dialogando con el elector, la manera en la que estamos informándonos. Es un elemento estructurante de la manera en la que hacemos la guerra, influimos o interferimos. Por lo tanto, necesitamos entenderla y gobernarla como tal.

P.- ¿Países como España son ya conscientes de la necesidad de incrementar los recursos para protegerse del espionaje?
R.-
El tema de la tecnología ha tenido una gran relevancia en la agenda política de España, también en la agenda empresarial. Ayudar a alumbrar durante la presidencia española de la Unión Europea una legislación en materia de inteligencia artificial o la legislación en materia de mercados digitales o de derechos digitales es tremendamente importante porque esta es la gran batalla del siglo XXI.

En el espionaje de Pegasus tampoco soy la excepción; probablemente sea más bien la regla

P.- La clase política de España y Francia comparten haber sido espiados con Pegasus… ¿Esa vulnerabilidad nos hace más conscientes de los peligros?
R.-
España y Francia compartimos no solamente Pegasus. Compartimos muchísimas más cosas en este espacio tecnológico en el que la injerencia y la protección de la soberanía es tan importante. El presidente francés ha constituido un proceso llamado los Estados Generales de la Información, donde se está debatiendo entre actores políticos, económicos, sociales, de la sociedad civil cómo regular esta tecnología y ponerla al servicio del bien común. A mí me han pedido que presida un grupo dedicado a la lucha contra la injerencia y la protección de la soberanía. Es un reflejo de la importancia que este país da al tema y no es una excepción dentro de la UE. Probablemente sea la regla y da una idea de la necesidad de protegerse en la interferencia de terceros, ya sean estados, empresas, grupos terroristas, grupos criminales.

No sirve de nada arrepentirse. No se puede vivir mirando al pasado

P.- ¿Haber sido víctima de Pegasus le da un conocimiento adicional a ese asesoramiento?
R.-
En eso yo tampoco soy la excepción. Probablemente sea más bien la regla.

P.- ¿Se arrepiente de algo de su etapa como ministra?
R.-
Jamás. No sirve de nada arrepentirse, sólo sirve aprender y sobre todo mirar al futuro. Uno no debe vivir mirando el pasado. Del pasado se aprende, pero no se vive.

P.- ¿Conserva cierto sabor amargo de cómo se produjo su salida del ministerio?
R.-
En absoluto. Salí del ministerio con la cabeza muy alta y así lo expresé el día en el que me marché, rodeada de gente maravillosa, con la que construí muchas cosas. Dejé detrás un legado del que me siento tremendamente orgullosa y que defiendo, porque creo que eso es lo que uno puede hacer y seguir definiendo con unos colaboradores a los que defendí, defiendo y defenderé y sobre todo con un gran honor, que es haber servido a mi país.

P.- ¿Se marchó con la sensación de haberle faltado tiempo?
R.-
Uno no decide eso. Uno en un gobierno entra y sirve a la merced de quien le nombra, que es el presidente del gobierno. Está bien el tiempo que estuve ahí, las cosas que hice.

P.- No le voy a pedir que valore lo que ha hecho su sucesor Albares, pero me gustaría saber si mantiene algún contacto con él…
R.-
Es de mala educación comentar sobre un sucesor. Los franceses tienen una expresión divina: Uno siempre sucede a un incompetente y es sucedido por un ingrato. Yo me cuido mucho de caer en esa tentación. Mis antecesores y sucesores jamás van a escuchar de mi boca nada más que apoyo.

P.- En su labor como ministra, ¿sufrió deslealtades?
R.-
Allá cada cual. Uno tiene que ser responsable de sus actos. Mi regla de vida es muy sencilla: Es la institución la que cuenta y la institución la hacemos las personas. Las personas que queremos a las instituciones, tenemos que comportarnos como tal.

P.- ¿Volvería a aceptar un cargo como ministra?
R.-
La vida me ha enseñado a no hacer grandes planes de futuro y no los hago. Dejo siempre el espacio abierto para lo que la vida me pueda ofrecer, intentando contribuir a ella y sobre todo intentando construir algo que creo que es lo que a mí por lo menos me sirve como un leitmotiv.

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Comentarios cerrados para este artículo.

  1. Al abordar la cuestión del Sáhara Occidental, la exministra, pese a estar liberada de las obligaciones de su cargo, se contradice a sí misma, y guarda silencio ante la pregunta más comprometedora.
    Si realmente cree que la solución del conflicto saharaui sólo se puede alcanzar yendo a la raíz del problema, ¿por qué no explica la raíz del mismo?
    El origen del conflicto está en la entrega del territorio por parte de España a Marruecos y Mauritania, en 1975, incumpliendo su compromiso de celebrar un referéndum de autodeterminación que la propia ONU le había pedido unos meses antes que paralizara hasta que se pronunciará el Tribunal Internacional de Justicia de La Haya.
    A partir de ahí, Marruecos partió el territorio en dos, ha incumplido sistemáticamente las resoluciones de la ONU y, con la aquiescencia o el silencio de la comunidad internacional, ha ido intensificando la ocupación del territorio, la explotación de sus recursos y la vulneración sistemática de los derechos de los saharauis, a cuyos ciudadanos mata, encarcela y reprime con total impunidad.
    Las formas diplomáticas no pueden servir de excusa para ocultar el origen del problema, señora González Laya.
    ¡Qué decepción, y qué forma de ser políticamente correcta y éticamente incorrecta!