«Nadie me dijo…» La excusa del primer ministro, Boris Johnson, para autoexculparse por el escándalo de las fiestas en Downing Street en el confinamiento y en el luto por el duque de Edimburgo es propia de niño mal criado. El hartazgo en las filas conservadoras aumenta cada día. Este martes ha comparecido en el Parlamento de nuevo para disculparse de nuevo por las ofensas relacionadas con el Partygate y ha pedido que se espere a los resultados de la investigación en curso, a cargo de Sue Gray. El líder laborista, Keir Starmer, se ha preguntado: «Si el primer ministro ha mentido al Parlemento, ¿debe dimitir?»

«Estoy muy orgulloso de lo que ha hecho este gobierno al permitir que la economía siguiera funcionando», ha gritado Boris Johnson, mientras la bancada laborista le abucheaba por no dar respuesta a quienes le señalan como un mentiroso compulsivo. Ha anunciado una importante relajación de las medidas impuestas por el coronavirus.

Llevaba una semana sin aparecer en público por un oportuno contacto con un positivo justo después de que el 12 de enero entonara un mea culpa que sonó muy pobre en Westminster. Mientras tanto, arrecian las portadas demoledoras. «‘Nadie me dijo que la fiesta iba contra las normas’, dice quien impuso las normas», clama la primera página de The Independent. Pero el Daily Telegraph, parodiado como Torygraph por su afinidad con el partido de Boris Johnson, es quien lleva la voz cantante de las exclusivas.

El líder laborista, Keir Starmer, ha comenzado dando la bienvenida al diputado conservador, Christian Wakeford, por Bury South, que acaba de sumarse a sus filas. «Como otros en nuestro país se ha dado cuenta de que con nosotros podrá contribuir una Gran Bretaña decente», ha dicho. «Usted y los conservadores han mostrado que son incapaces de mostrar el liderazgo que necesita este país».

Starmer se ha mofado del primer ministro. «Primero dijo que no sabía que era una fiesta. Ahora que nadie le dijo que la fiesta estaba contra las normas», ha señalado. Y se ha preguntado si un primer ministro que engaña al Parlamento no debería dimitir.

Váyase, señor Johnson

No ha sido el único. Ian Blackford, líder parlamentario del Partido Nacional Escocés, ha dicho a Boris Johnson que no es digno del puesto. Blackford ha exigido su renuncia.

Según Tony Diver, el periodista que reveló la exclusiva de las dos fiestas en la víspera del funeral por el marido de la reina en Downing Street, asegura que el primer ministro rompió a llorar el lunes por la noche cuando convocó a los tories más airados para intentar convencerlos de que no enviaran cartas a Graham Brady, el presidente del comité 1922. Es el único que sabe cuántas cartas hay realmente a estas alturas.

Para que se promueva una moción de confianza se necesitan 54 cartas. De momento oficialmente hay 11, pero muchos se lo están pensando. A los críticos con Johnson se ha sumado el vicepresidente del Partido Conservador, Andrew Bowie. También se ha distanciado de Johnson el histórico dirigente tory Ian Duncan Smith. Para que triunfe han de votar contra Boris Johnson 180 diputados tories, la mitad del grupo parlamentario. Y si fracasa el primer ministro queda protegido de otro intento de deponerle un año.

Impactante ha sido ver a un ex ministro conservador, el diputado David Davis pedirle al líder de su partido que se vaya. Davis ha dicho que lleva semanas defendiéndole frente a los airados electores de su distrito. «Espero que mis líderes asuman la responsabilidad de sus actos. Usted no lo ha hecho», ha dicho. Y ha añadido una cita de Leo Amery a Neville Chamberlain: «Usted ha estado sentado aquí demasiado tiempo para lo que ha hecho. Por amor de Dios, váyase».

La respuesta de Johnson es una muestra de su cinismo sin límites: «No sé de lo que está hablando. Asumo toda la responsabilidad de lo que hemos hecho durante la pandemia».

Quien está detrás de gran parte de las filtraciones contra Boris Johnson es Dominic Cummings, el artífice de la campaña del Brexit. Desde que cayó en desgracia, se ha convertido en el peor enemigo de su antiguo aliado. Desde su blog, Cummins advierte de que aún queda mucho por saber sobre el escándalo del Partygate y asegura que Boris Johnson estaba al tanto de las fiestas y él mismo le avisó de que iban contra las normas.

Los conspiradores del ‘pastel de cerdo’

La oposición laborista sigue creciendo en los sondeos. La distancia es ya de 11 puntos. Los laboristas tienen un 48% de apoyo, frente al 37% de los conservadores, y el 8% de los liberaldemócratas. Solo hace dos años Boris Johnson conducía a los conservadores a una holgada victoria en las urnas. El líder laborista, Keir Starmer, ha pedido a Boris Johnson que dimita por su implicación en el Partygate. «¿Debería dimitir un primer ministro que mienta en el Parlamento?», ha sentenciado un Starmer que se crece por minutos.

Una veintena de diputados conservadores del llamado cinturón rojo, los elegidos en antiguos bastiones laboristas, se reunieron el lunes para ultimar los detalles de lo que se ha llamado el complot del pastel de cerdo. La revuelta se llama así porque fue Alice Kearns, diputada por Rutland y Melton, donde se hace el pastel de cerdo.

Esta crisis política está generando todo un glosario gastronómico: la operación carne roja es la que ha puesto en marcha Boris Johnson para salvarse. Comprende medidas que parecen propias de una campaña electoral, entre ellas levantar las restricciones, hacer una limpieza de subalternos que serían los chivos expiatorios de este desastre, y decretar la ley seca en Downing Street.

Estos diputados conservadores son los que más temen por su escaño, ya que lo obtuvieron gracias a las promesas de Johnson sobre el lever-up, las inversiones en el norte, en distritos donde los laboristas se quedaron a pocos votos. Paradójicamente serán esas zonas que ganó Johnson por su pujanza en las elecciones de 2019 las que ahora le vuelven la espalda, como explicaba el politólogo Tian Baena, quien también remarcaba cómo la popularidad de Johnson está por debajo de los peores índices de Theresa May, su predecesora, también entre los conservadores.

May acabó sus días por un golpe de su propio partido. Como otros líderes tories, entre ellos Margaret Thatcher.