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Parte de guerra: análisis militar de la invasión de Ucrania

Militar ruso distribuye pan en Mariúpol el pasado abril. EFE

El primero de los escenarios contemplaba que la ofensiva tuviera éxito y Rusia completara la ocupación de los territorios mayoritariamente rusos en Ucrania. En este caso, podía ocurrir que Ucrania, a la vista de las pérdidas, aceptase negociar, o que, asistida por Occidente, decidiera continuar resistiendo. En el primer caso, Rusia afrontaría las negociaciones desde una posición de fuerza y mantendría la ocupación de las zonas que, de facto, abandonarían Ucrania para constituirse en territorios independientes o, incluso, para incorporarse a la Federación Rusa. Lo que quedara de Ucrania podría configurarse como un Estado nominalmente independiente, pero sujeto a los dictados del Kremlin, y forzado a abandonar definitivamente la idea de ingresar en la OTAN.

El segundo caso supondría la cronificación de la guerra, la estabilización del frente —que podría venir acompañada de acciones irregulares ucranianas tras las líneas rusas—. En estas circunstancias, Rusia podría tratar de intensificar acciones, preferentemente de fuego, sobre objetivos de Ucrania para tratar de doblegar al Gobierno de Zelenski y forzarlo a sentarse a la mesa de negociaciones.

El segundo escenario consideraba que la ofensiva rusa fracasaría y no conseguiría hacer avances sustanciales sobre las posiciones actuales. En este caso, Putin trataría de mantenerse firmemente en las zonas conquistadas y estabilizar el frente para plantear un pulso y forzar a Zelenski a negociar en términos parecidos a los descritos en el escenario anterior, pero con menos ventaja.

Un Putin arrinconado podría decidirse a emplear armas nucleares tácticas para revertir una situación desfavorable en el campo de batalla

El último escenario, quizás menos plausible, pero no por ello descartable, es que Rusia, no sólo fracasase, sino que Ucrania fuera capaz de recuperar todo o parte del territorio ocupado por Rusia en esta guerra y en la de 2014. El futuro, en ese caso, estaría lleno de incógnitas, todas ellas sombrías. Un Putin arrinconado podría decidirse a emplear armas nucleares tácticas para revertir una situación desfavorable en el campo de batalla, lo cual, a su vez, podría tener consecuencias difíciles de medir. Por otro lado, el fracaso podría minar la base del poder de Vladímir Putin en Rusia y abrir en ese país una lucha por el poder a la que Occidente debería prestar gran atención, en especial para asegurar que el control del armamento nuclear ruso no se perdiera.

La ejecución rusa en la guerra no parecía estar a la altura de lo que se esperaba en una Rusia que aspiraba al rango de potencia global, que había estado haciendo enormes inversiones en defensa y exhibiendo músculo durante los últimos años

Algunas lecciones

Pese a la falta de perspectiva, algunas cuestiones comenzaban a aparecer nítidas. Quizás la primera fuera la constatación de la plena validez, con todas las adaptaciones que el desarrollo de la tecnología requiera, de la guerra «clásica» que muchos daban por muerta, hasta el punto de asegurar que el paradigma canónico de Clausewitz no servía para explicar las guerras modernas y futuras —etiquetadas con epítetos como los de «quinta generación», «nuevas», «entre la gente», «asimétricas», «híbridas», etc.—, y que nos encontrábamos ante uno nuevo. La guerra de Ucrania, no muy diferente a la que tuvo lugar en 2020 en Nagorno-Karabaj, debería servir para revisar algunas de las ideas que subyacían a estos modelos, y para no precipitarse en concluir que la guerra «convencional» es una reliquia de tiempos pasados.

Su sistema de mando seguía siendo centralizado, rígido y poco abierto a la iniciativa de los mandos intermedios

En otro plano, puede decirse que la ejecución rusa no parecía estar a la altura de lo que se esperaba en una Rusia que aspiraba al rango de potencia global, que había estado haciendo enormes inversiones en defensa y exhibiendo músculo durante los últimos años. El ejército ruso adolecía de fallas que no son nuevas; su sistema de mando seguía siendo centralizado, rígido y poco abierto a la iniciativa de los mandos intermedios; la alimentación logística de las operaciones presentaba importantes carencias en abastecimiento y mantenimiento; algunos recursos críticos, como las municiones de precisión (PGM), parecían estar escaseando; el adiestramiento y la motivación mostraban importantes deficiencias.

Es verdad que Ucrania contaba con la ventaja táctica de estar a la defensiva, lo que implica escoger el terreno donde defenderse y prepararlo de manera que facilite la maniobra propia y dificulte la del enemigo; y que Rusia debía operar por líneas exteriores. Pero no es menos cierto que había sido Rusia quien había elegido el momento de atacar y cómo hacerlo, que contaba con una indiscutible superioridad material y que el propio diseño de mando y control para la operación invitaban a la descoordinación.

Lo visto hasta ahora en el campo de batalla trae a la luz la consideración que ya hizo Clausewitz en De la guerra, de que la superioridad de medios, por sí sola, no garantiza la victoria. La guerra es el territorio del azar, de la incertidumbre y de la fricción; una empresa sujeta a las limitaciones del ser humano. La resistencia de un combatiente es el producto de sus medios materiales y de su voluntad, y las fuerzas morales ejercen un importante papel en la guerra. La cuestión es que, aunque los números inducían a pensar que Rusia acabaría imponiéndose —y era la hipótesis más probable—, lo cierto es que el final de esta guerra no estaba escrito.

La superioridad de medios, por sí sola, no garantiza la victoria. La guerra es el territorio del azar, de la incertidumbre y de la fricción; una empresa sujeta a las limitaciones del ser humano

No ha hecho el texto ninguna referencia a los medios nucleares y no parece oportuno cerrar este análisis sin hacer alguna reflexión sobre la sombra que gravita sobre todo el conflicto. Contrariamente a lo que pueda pensarse, aunque no se produjeran explosiones atómicas, las armas nucleares sí estaban siendo empleadas en su papel principal, que es el de la disuasión. La mera posibilidad de que Rusia las pudiera usar es lo que impidió a la OTAN implicarse directamente en un conflicto por un país con el que, por otra parte, no mantenía ningún vínculo jurídico de defensa. Esa misma posibilidad es la que hizo que Rusia se cuidara de extender la guerra hacia ningún país miembro de la Alianza.

El anuncio hecho por Putin el día 27 de marzo sobre la puesta en estado de alerta máxima de sus «fuerzas de disuasión» nuclear en respuesta a las sanciones económicas y a lo que consideró como «declaraciones agresivas» occidentales respondería a la lógica de «escalar para desescalar», que trata de exhibir el riesgo de escalada nuclear para provocar en el enemigo una reacción apaciguadora que, de hecho, desescalaría el conflicto. El empleo de este tipo de armas, sin poder descartarse, se consideraba bajo, salvo que Rusia viera directamente amenazada su supervivencia.

Conclusiones

Se seguía combatiendo en Ucrania al cierre de este capítulo. Era posible que Rusia alcanzara sus objetivos y ganase la guerra. Pero su victoria podría ser pírrica. El número de bajas se sospechaba elevado; tendría que administrar un territorio destruido y traumatizado por su invasión, y con una población antagonizada; ese territorio, probablemente, no sería aquel cuyo control ambicionaba, con lo que no habría obtenido la profundidad estratégica que necesitaba; además, debería afrontar las consecuencias de las sanciones; vería mermado el prestigio internacional de Rusia a pesar de la victoria, su poder militar hipotecado por las consecuencias de la guerra y por las limitaciones que había exhibido al mundo, y los puentes con muchos líderes internacionales, rotos. Cabía preguntarse si el resultado de la guerra sería una Rusia más fuerte.

Cabe preguntarse si el resultado de la guerra será una Rusia más fuerte

No se sabe a ciencia cierta qué papel habrían podido desempeñar las percepciones en la decisión de Putin de invadir Ucrania. No puede descartarse que viera a Estados Unidos y a Europa como jugadores débiles y divididos, incapaces, por tanto, de oponerse a sus planes. Esta guerra debía servir para despertar a Europa del letargo en que se hallaba en materia de seguridad, y para llevarla a concluir que debía invertir más en ella, que la seguridad no puede improvisarse; que debía prepararse para un futuro en el que el conflicto armado estaría más presente, y que su seguridad estaba íntimamente ligada a su unidad. Lamentablemente, la lograda en apoyo de Ucrania se antojaba precaria y de corto alcance.

Cuando las armas callaran y la niebla de la guerra se despejase, sería el momento de ponderar lo visto en ella y llegar a conclusiones definitivas. Incluso entonces, algunas de sus dimensiones, como el significado que pudiera tener como catalizador de una transición hacia un orden mundial nuevo, sólo podrían ser intuidas. En no poca medida, de lo acertado de los análisis que se hicieran a nivel estratégico dependería la seguridad futura de Europa.


Salvador Sánchez Tapia es General de Brigada de Infantería, diplomado de Estado Mayor; máster en Estudios Estratégicos por el US Army War College; y doctor por la Universidad de Navarra.

Este texto está incluido en ‘¿Hacia un nuevo orden mundial? La guerra de Ucrania y sus consecuencias’: Un análisis imprescindible y exhaustivo de la invasión de Ucrania‘, publicado por Ediciones Deusto. Una obra dirigida por José María Beneyto, catedrático de Derecho Internacional Público y Relaciones Internacionales, abogado y escritor, con la participación de 16 expertos para ofrecer un estudio interdisciplinar sobre la guerra de Ucrania.

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