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Qatar, la perla del Golfo

Souq Waqif de Doha, su corazón y primordial reclamo para los turistas. EFE

Si preguntásemos a nuestros amigos o familiares qué saben sobre Qatar, la respuesta oscilaría entre “poco” o “nada”. Lo más curioso es que si realizásemos la misma pregunta a un historiador, un político o un periodista, la respuesta no sería demasiado diferente. A lo sumo, saldrían a colación unos cuantos estereotipos sobre el emir, las tribus o los petrodólares. De ahí la necesidad de escribir un libro que arroje luz sobre dicho país, mucho más urgente por el hecho de que la celebración de la Copa Mundial de 2022 coloca el foco mediático sobre este minúsculo emirato.

El mundo árabe en general y la región del Golfo Arábigo (llamado Pérsico por los iraníes) en particular siguen siendo unos grandes desconocidos para el público español. Más allá de las imágenes distorsionadas sobre jeques opulentos, mujeres obligadas a cubrirse de pies a cabeza y ciudades fabulosas erigidas en mitad del desierto se carece de información fidedigna de los países y sociedades del Golfo.

Suele aducirse como pretexto la enorme distancia que nos separa o la ausencia de relaciones históricas entre ambos países. En realidad, no somos unos completos desconocidos, ya que algunas tribus procedentes de la Península Arábiga se establecieron en la Península Ibérica a comienzos del siglo VIII, donde jugaron un papel relevante en los emiratos, califatos y taifas que se sucedieron, durante un periodo de casi ocho siglos, en Al Ándalus. Una parte indispensable de nuestra historia que, desgraciadamente, muchos consideran una mera nota a pie de página. 

Algunas tribus procedentes de la Península Arábiga se establecieron en la Península Ibérica a comienzos del siglo VIII, donde jugaron un papel relevante en los emiratos, califatos y taifas

La extensión de la región de Murcia

La celebración de la Copa Mundial de Fútbol nos ofrece una excelente oportunidad para tratar de desentrañar algunos de los secretos que esconde Qatar. Un emirato de apenas 11.596 kilómetros cuadrados, aproximadamente la extensión de la Comunidad de Murcia, que, aun compartiendo con el resto de petromonarquías del Golfo una serie de elementos comunes, tiene sus propias dinámicas.

La dinastía Al Thani, que llegó al poder hace unos 150 años, ha conseguido fortalecer su posición gracias a las formidables reservas de petróleo y gas. De hecho, el emirato alberga la tercera bolsa de gas más grande del mundo y es el primer productor de gas licuado, lo que le ha permitido convertirse en uno de los países con mayor renta por habitante (67.470 dólares en PIB per cápita en 2022, casi el doble que España), máxime si tomamos en consideración que este maná gasístico apenas debe repartirse entre 330.000 qataríes, algo más del 10% de la población total.

Todo ello contrasta abiertamente con los humildes orígenes del emirato, cuyos escasos habitantes -en 1930, la población apenas superaba las 10.000 personas-, se dedicaban a las perlas, la ganadería o el comercio a pequeña escala. Quién habría podido imaginar que una diminuta península habitada por pescadores y camelleros a comienzos del siglo XX se habría de convertir, entrados ya en el s. XXI, en un verdadero emporio económico, comercial y empresarial.

Quién habría podido imaginar que una diminuta península habitada por pescadores y camelleros a comienzos del siglo XX se habría de convertir, entrados ya en el s. XXI, en un verdadero emporio económico, comercial y empresarial

Un impresionante skyline

En las últimas décadas, en particular tras el ascenso al trono del emir Hamad bin Khalifa Al Thani en 1995, el peso específico de Qatar ha aumentado de manera considerable, en paralelo con el aumento de los precios del gas y el petróleo. De este dinamismo da buena cuenta Doha, cuyo impresionante skyline compite asimismo con el de otras ciudades del entorno como Abu Dabi o Dubai, al igual que sus museos de diseño, sus prestigiosas universidades y sus florecientes compañías mercantiles. Obviamente, el peso específico de Qatar no puede compararse con el de sus vecinos, mucho más importantes en términos demográficos y económicos; sin embargo, nunca antes un país tan pequeño y tan joven había conseguido tamaña relevancia a escala mundial. 

En apenas unas décadas, las inversiones qataríes se han convertido en referente en Nueva York, Londres y París; sus fondos de inversión han llegado incluso a los clubes de fútbol más prestigiosos como el Paris Saint-Germain; sus petrodólares sostienen medios de comunicación, multinacionales y proyectos empresariales que se entremezclan en una tupida red de intereses y conexiones planetarias; su diplomacia participa, unas veces con mayor acierto que otras, en el intento de mediar en conflictos regionales enquistados (el palestino-israelí, el libanés, el iraní, el afgano o el libio), al tiempo que acoge bases militares turcas y estadounidenses en su territorio sin dejar de procurar relaciones cordiales con Irán, Rusia y China.

El “estadillo insignificante” al que se refería despectivamente un ministro de exteriores saudí en los ochenta –“Qatar es a Arabia Saudí lo que un mosquito a un elefante; cuando lo pica, se siente orgulloso de sí mismo, pero el paquidermo no se da ni cuenta”– se ha convertido en un actor internacional de relevancia, capaz incluso de salir airoso de un embargo por tierra, mar y aire de tres años de duración, decretado por sus veleidosos vecinos en 2017. 

Qatar se ha convertido en un actor internacional de relevancia, capaz incluso de salir airoso de un embargo por tierra, mar y aire de tres años de duración, decretado por sus veleidosos vecinos en 2017

Inversiones por medio mundo

La bonanza económica le ha permitido establecer uno de los fondos soberanos más importantes del mundo, que en la actualidad gestiona un patrimonio de 450.000 millones de dólares. Qatar Investment Authority invierte en sectores punteros de la economía europea como bancos, eléctricas, aeropuertos, marcas de lujo, grandes almacenes o medios de comunicación. Pero no sólo en Europa: en nuestro país, sus inversiones se han concentrado en Iberdrola, Iberia, Inmobiliaria Colonial o el Grupo Prisa. Y los vínculos comerciales y empresariales van a más, como muestran los acuerdos surgidos de la visita oficial del emir Tamim a Madrid en la primavera de 2022, que se saldaron con nuevas inversiones por valor de 5.000 millones de dólares. 

Qatar también ha puesto en marcha la cadena de televisión Al Jazeera, la de mayor audiencia en el mundo árabe, considerada una herramienta más de su ambiciosa política exterior. Por otra parte, el emirato dispone de una de las líneas aéreas más modernas del mundo: Qatar Airways, que mantiene una flota de 200 aviones y vuela a 150 destinos internacionales. El Aeropuerto Internacional Hamad se ha convertido en un puente de comunicación indispensable entre Europa y el Extremo Oriente, en continua competencia con otros hubs de conexión aérea instalados en la región.

Plató principal de Al Yazira en inglés durante un informativo. FRANCISCO CARRIÓN

Precisamente este intento de situar a Qatar en el mapa y plantear una política exterior y una economía autónomas está detrás de las tensiones que le enfrentan con sus vecinos: Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos y Bahréin, que mantienen una fuerte rivalidad en los ámbitos político y económico, pero también deportivo y cultural. Doha intenta ganar peso específico frente a sus rivales, proyectándose como una potencia regional a tener en cuenta por medio de herramientas de “poder blando” (soft power) con las que contrarrestar el “poder duro” (hard power) de sus vecinos. 

La presencia de vecinos poderosos, manifiestamente hostiles en algunos casos, sobredimensionada por la falta de unas fuerzas armadas propias dignas de tal nombre, se ha convertido en una espada de Damocles que pende sobre su futuro. Conscientes de su vulnerabilidad, los gobernantes qataríes han intentado blindar la supervivencia del país mediante la conformación de alianzas con las potencias internacionales.

De ahí que, tras el final de la dominación británica, Qatar forjase una asociación estratégica con Estados Unidos, que dispone de su mayor base militar aérea en Oriente Medio en la localidad Al Udeid, a las afueras de Doha. Sus exportaciones de gas licuado a China, India, Japón o Reino Unido constituyen, igualmente, una forma de garantizarse el apoyo de dichas potencias en caso de potenciales amenazas. 

Los Reyes con el emir de Qatar y su esposa en el Palacio Real.
Los Reyes con el emir de Qatar y su esposa en el Palacio Real. EFE

Frente a sus contradicciones

En este fulgurante ascenso hay algo que choca a cualquier observador perspicaz: el intento de conciliar la rampante modernidad con una tradición que puede resultar arcaica según el prisma con que se mire. La misma portada de este libro nos muestra un fragmento del skyline de Doha, una ciudad-Estado que concentra a más del 80% de la población del emirato, y, frente a ella, un dhow, la embarcación artesanal de madera en la que se embarcaban los buceadores de perlas en el pasado.

Otra muestra del peso notable de la tradición en los usos y costumbres de los qataríes podemos hallarlo en la vestimenta: los hombres suelen vestir los consabidos thob de color blanco, tocados con el shamag (pañuelo que cubre la cabeza) y el iqal (cordón grueso de color negro que mantiene a este sujeto), mientras que las mujeres se mantienen fieles a la abaya o túnica negra.

En este fulgurante ascenso hay algo que choca a cualquier observador perspicaz: el intento de conciliar la rampante modernidad con una tradición que puede resultar arcaica según el prisma con que se mire

Se trata de una política de Estado destinada a mantener viva la memoria de su historia y tradiciones, antes de que terminen devoradas por el apetito insaciable de una fiebre urbanística sin límite. En el ánimo de restaurar de antiguas ciudades, fortalezas o zocos destaca el propósito de preservar la autenticidad arquitectónica, cultural e identitaria qatarí, algo que queda claramente patente en el zoco Waqif de Doha o la ciudad de Zubara. O en el interés en promocionar actividades enraizadas en las costumbres sociales y económicas de los qataríes, como la cetrería (qasara) o las carreras de camellos (sibaq al-hayan).

El factor tribal, la consanguinidad o el linaje siguen pesando. El ascenso social está en numerosas ocasiones condicionado por la qabila o tribu a la que pertenezca el individuo

Esta tendencia sirve también para cimentar una de las grandes apuestas del gobierno: el turismo, incluido el de convenciones y grandes eventos culturales y científicos, que se quieren presentar como alternativa a un hipotético declive de los hidrocarburos. De ahí el fulgurante desarrollo de sus líneas aéreas, instalaciones hoteleras e infraestructuras de todo tipo.

No obstante, a pesar de esta radical transformación, podemos decir que la sociedad qatarí sigue ligada a valores tradicionales profundamente conservadores. Por ejemplo, el factor tribal, la consanguinidad o el linaje siguen pesando. El ascenso social está en numerosas ocasiones condicionado por la qabila o tribu a la que pertenezca el individuo. Para tratar de afianzarse en el poder, las dinastías del Golfo intentaron imponer su autoridad al conjunto de las tribus, proceso que chocó con fuertes resistencias. La dinastía saudí fue la que fue más lejos al incluir su apellido en el nombre del reino. En Qatar no se llegó a tanto, pero sí resulta evidente que los Al Thani han conseguido asentar su posición y consagrar la imagen de que su pervivencia en el poder es esencial para el mantenimiento del Estado mismo. 

Partidos y sindicatos, prohibidos por ley

El sistema de gobierno qatarí queda muy lejos de los criterios democráticos básicos, ya que los Al Thani rigen el país con un amplísimo margen de maniobra ante la inexistencia de partidos políticos y sindicatos, prohibidos por ley. Empero, no se aprecia una demanda de apertura política por parte de la población con nacionalidad qatarí. Junto con la falta de tradición democrática en la zona y el peso de la tradición y las relaciones intertribales, el factor demográfico –una población árabe minoritaria frente a una mayoría extranjera, compuesta por trabajadores temporales– contribuye a explicar la solidez de un “contrato social” no escrito entre los ciudadanos qataríes y sus gobernantes.

La inmensa mayoría de los qataríes se declara musulmán practicante, en un Estado cuyo rito oficial es el wahabí, al igual que en Arabia Saudí

La religión islámica aporta otro de los grandes pilares en la vida de los qataríes. La inmensa mayoría de estos se declara musulmán practicante, en un Estado cuyo rito oficial es el wahabí, al igual que en Arabia Saudí, aplicado no obstante de un modo mucho menos rigorista que en el vecino reino.  El islam compone un elemento sustancial en la relación establecida entre gobernantes y súbditos; y no se pueden entender las realidades básicas de la sociedad local sin prestar atención a su enorme influjo, en especial en el ámbito familiar, o la percepción “puritana” de los ciudadanos sobre asuntos como la homosexualidad o las relaciones extramaritales. En lo anterior, la sociedad qatarí no difiere en exceso de las del resto de los países del Golfo, si bien podemos emplazarla entre las más tolerantes y abiertas dentro de sus limitaciones. 

El Mundial de fútbol como escaparate

El 2 de diciembre de 2010 significó un punto de inflexión en la breve historia de Qatar. Ese día, la FIFA la eligió, en un proceso sumamente controvertido, para organizar la Copa Mundial del Fútbol de 2022. Se culminaba así un ambicioso proyecto centrado en patrocinar eventos deportivos de gran resonancia como el Gran Premio de Qatar MotoGP, el GP de Fórmula I, los Juegos de Asia, la Copa de Asia de Fútbol, el Campeonato Mundial de Balonmano, la Copa Mundial de Gimnasia Artística, el Mundial de Atletismo o la Copa Árabe de Fútbol, por citar tan sólo algunos ejemplos. 

A partir de entonces se inició un faraónico plan dotado de una inversión de 200.000 millones de dólares. Las obras públicas incluían la construcción o acondicionamiento de ocho estadios olímpicos equipados con la última tecnología, junto con un sinfín de infraestructuras para transporte, alojamiento y entretenimiento de los visitantes. Dichas obras no se habrían completado sin la decisiva contribución de cientos de miles de trabajadores extranjeros, provenientes en su mayoría del subcontinente asiático. Buena parte de ellos sufrió una evidente explotación laboral con jornadas maratonianas en condiciones climáticas extremas, lo que provocó centenares de muertes. 

Las denuncias de diversas organizaciones de derechos humanos pusieron sobre la mesa, una vez más, la controvertida pervivencia del sistema de la kafala, que obliga a los trabajadores extranjeros a asociarse con un kafil o patrón que suele quedarse con una porción de su salario y confisca sus documentos oficiales.

Desde entonces ha llovido mucho y, ahora, el gobierno ha tomado medidas enérgicas destinadas a suprimir dicho sistema con resultados desiguales según se mire: satisfactorios, para las autoridades locales e instituciones gubernamentales extranjeras, insuficientes a decir de algunas ONG y defensores de los derechos humanos. Como quiera que sea, la cuestión de la explotación laboral de la mano de obra foránea resucitó las acusaciones de “neoesclavismo” formuladas recurrentemente contra Qatar y el resto de los países de la región, incidiendo así en el pasado esclavista de todos ellos. En nuestro emirato, sin ir más lejos, se mantuvo vigente hasta 1952.

La concesión del Mundial se convirtió, además, en un arma de doble filo para los dirigentes qataríes, ya que puso todo el foco mediático sobre su creciente protagonismo internacional. Muchas voces denunciaron que los ingentes ingresos obtenidos por la venta de hidrocarburos habían contribuido a financiar a diferentes actores islamistas con dudosas credenciales democráticas, entre ellos los Hermanos Musulmanes egipcios o el Hamas palestino. Al mismo tiempo se denunció que el emirato tendiera puentes con los talibanes afganos o diferentes grupos yihadistas sirios. Precisamente estas amistades peligrosas sirvieron de justificante para que algunos vecinos, entre ellos Arabia Saudí y Emiratos Árabes Unidos, impusieran un bloqueo por tierra, mar y aire entre 2017 y 2021, del que Qatar logró salir, contra todo pronóstico, airoso. 

Hoy en día, con el nuevo contexto surgido de la invasión rusa de Ucrania y la consecuente situación de inestabilidad económica y política mundial, Qatar ha reforzado su condición de actor internacional emergente, gracias a la importancia de sus riquezas gasísticas y su condición de interlocutor de prestigio entre Oriente y Occidente. Un motivo más para intentar descubrir los secretos de esta verdadera “perla del Golfo” en la que no siempre es nácar todo lo que reluce.


Prólogo del libro ‘Qatar. La perla del Golfo’, publicado por Península. Sus autores son Ignacio Álvarez-Ossorio e Ignacio Gutiérrez de Terán.

Ignacio Álvarez-Ossorio es catedrático de Estudios Árabes e Islámicos en la Universidad Complutense de Madrid, donde es director del Grupo de Investigación Complutense sobre el Magreb y Oriente Medio (GIGMOM) y de la revista Anaquel de Estudios Árabes. Ha publicado una decena de libros, entre ellos Geopolítica de las Primaveras Árabes (2022) y Siria. La década negra (2022). Además, es analista habitual en varios medios de comunicación, entre ellos RTVE, El País, y El Periódico.

Ignacio Gutiérrez de Terán es profesor titular de Estudios Árabes e Islámicos en la Universidad Autónoma de Madrid. Es especialista en historia contemporánea del mundo árabe e islámico y transiciones políticas en Oriente Medio. Entre sus publicaciones destacan Yemen, la clave olvidada del mundo árabe (2014) y Las revoluciones árabes: relato de un proceso en desarrollo (2017). También ejerce como traductor del árabe al español y viceversa. Recientemente Los susurros de las estrellas (2021) del premio Nobel de Literatura egipcio Naguib Mahfuz. Es miembro del consejo de redacción de la revista Nación Árabe.

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