Asistimos expectantes a un nuevo giro en la guerra que no sabemos muy bien a qué responde y que nos deparará. Con una prudencia no exenta de firmeza el ejército ucraniano sigue avanzando en el sur hacia la ciudad de Jersón que, aparentemente, ha sido abandonada de forma voluntaria por el ejército de la Federación Rusa.

Si recuerdan, durante la reciente toma de posesión del coronel general Surovikin como mando -ahora sí único- de la «operación militar especial» sobre Ucrania, adelantó que «sería necesario adoptar decisiones difíciles que podrían no ser bien entendidas». Bien, creo que nos encontramos ante una de esas «decisiones difíciles» que pueden no ser bien entendidas por la audiencia objetivo del relato ruso. Que la guerra de Ucrania va mal no es un secreto para nadie, incluso que va demasiado mal para poder corregir el relato y adaptarlo, es algo que también empieza a estar fuera de toda duda.

En la escenificación retransmitida en directo sobre la orden que el ministro de Defensa, Serguei Shoigu, le daba al general Surovikin para retirar las fuerzas rusas desplegadas en la orilla occidental (derecha, aguas abajo) del río Dniéper, incluyendo la ciudad de Jersón, faltaba una figura clave que sí había hecho acto de presencia en momentos trascendentales anteriores, el jefe del estado, el presidente Putin.

No son muchas las lecturas que se pueden hacer de esa ausencia, creo que, siguiendo a fray Guillermo de Ockham, la hipótesis más simple es la más probable, algo así como los responsables de este fiasco que lo arreglen, esto no tiene que ver conmigo, creo que diría un presidente que ve acercarse peligrosamente el fracaso a su esfera más próxima. Ya se sabe que el mejor amigo del hombre es el chivo expiatorio y es probable que algún cargo político de alto nivel esté adoptando una apariencia en esa línea.

El ejército de la Federación Rusa ha sido capaz de redesplegar más de 30.000 efectivos a través de un obstáculo formidable como es el río Dniéper»

Lo cierto es que el ejército de la Federación Rusa, apoyado en  una fuerte campaña de desinformación, ha sido capaz de redesplegar más de 30.000 efectivos a través de un obstáculo formidable como es el río Dniéper, sin medios de paso con capacidad logística suficiente debido al acierto de la campaña de interdicción del campo de batalla realizado por el ejército ucraniano. Lo ha hecho en muy poco tiempo, con escasas bajas y buen orden mientras parecía que seguía fortificando la ciudad de Jersón y sus alrededores dispuesto a dar «la batalla definitiva», aprovechando el serio obstáculo que supone una ciudad como Jersón que tiene la superficie aproximada de la ciudad de Valencia. Así pues, en este caso y al parecer, la maskirovka (decepción) sí que les ha funcionado.

Aunque sea de forma simplificada, permítame el lector que le describa grosso modo lo que supone una operación de paso de río con fuerzas enemigas en presencia. Salvando las distancias, lo que Federico Guillermo de Prusia el rey sargento definía en el siglo XVIII como una operación en extremo peligrosa y arriesgada es, hoy en día, una pesadilla a la que no quisiera tener que enfrentarse un ejército del siglo XXI en las condiciones que se dan actualmente en Ucrania. Un río de la anchura y profundidad del Dniéper es un obstáculo de tal envergadura que requiere una maniobra de nivel operacional (mucho más allá del punto o zona de paso) para poder siquiera intentarse.

Vayamos por partes: no existe la posibilidad de utilizar medios de paso continuos (puentes) por estar destruidos o severamente dañados. La profundidad del río hace inviable su vadeo lo que significa que o se emplean medios anfibios, o hay que utilizar medio de paso discontinuos (pontones, ferris, barcazas o similares) o bien puentes de campaña de zapadores construidos y mantenidos ex profeso. En ambos casos, la velocidad de cruce es muy lenta y la exposición al fuego enemigo es muy elevada con lo que la posibilidad de sufrir bajas y de interrumpir el tránsito es extrema.

Para pensar siquiera en una mínima posibilidad de éxito, hay que tener superioridad aérea al menos local, superioridad en inteligencia, reconocimiento y vigilancia del campo de batalla y disponer de medios de apoyo de fuego con una superioridad abrumadora -no es el caso- sobre aquellos que intentan defender la orilla sobre la que queremos poner pie. Lo dicho, una pesadilla que supone en el mejor de los casos para quien lo intenta una enorme pérdida de vidas y nivel de pérdidas de material y recursos.

Puesto que he citado anteriormente a fray Guillermo de Ockham, sigamos con él. ¿Por qué puede decidir el general Surovikin recomendar y obtener la aprobación para replegar una masa de maniobra y apoyos (de fuego, combate, logísticos y otros) de semejante entidad? Se me ocurren tres finalidades distintas para esa maniobra, que ordeno según mi criterio de probabilidad, de mayor a menor:

1. No puedo garantizar la defensa de la orilla occidental del Dniéper. Lo que debería haber sido una acción defensiva sostenida por tiempo ilimitado -incluida la ciudad de Jersón- sin comprometer la supervivencia de los efectivos desplegados para esa misión se antoja inviable en las condiciones actuales.

Significa que la línea de acción del ejército ucraniano que no puedo contrarrestar es el cerco de Jersón y el aislamiento/embolsamiento de las fuerzas desplegadas entre el frente de batalla y el casco urbano, y la orilla occidental del río. Prescindiendo de criterios humanitarios o morales -carencia que hasta la fecha los mandos del ejército ruso ha demostrado con creces- la resistencia a ultranza en una ciudad a las orillas de un río como el Dniéper, encajonada entre un enemigo potente y un cauce que no puedo atravesar por medios continuos (puentes), y que el planteamiento de hacerlo por medios discontinuos o de circunstancias (pontones, ferris o medios anfibios) se antoja una insensatez que acabaría más que probablemente en tragedia estéril, decido, por tanto, realizar una acción retrógrada mediante una maniobra retardadora desarrollada por unas unidades que mantienen -aparentemente- la presencia y postura defensiva, mientras voy replegando de la forma más discreta y sigilosa posible el grueso de su fuerza a través del río y los posiciono en la otra orilla.

Efectuado el repliegue a la orilla oriental (izquierda, aguas abajo) comienza una organización defensiva en profundidad utilizando el río como obstáculo principal sobre el que concentrará todo el potencial defensivo (obstáculos activos y pasivos batidos por fuegos directos e indirectos) en caso de intento de cruce. En el supuesto que el ejército ucraniano pudiera alcanzar la orilla oriental en algún punto, ello no bastaría. Debería afianzar y ampliar una cabeza de playa con una muy difícil alimentación táctica y logística del esfuerzo ofensivo que seguiría entretanto batido durante el cruce del río. Maniobra arriesgadísima de futuro muy incierto y con costes tan elevados que se antojan inasumibles.

En esta hipótesis la voluntad de resistir del ejército de la Federación Rusa se mantiene, aunque con las limitaciones derivadas de la baja moral y de la frustración propia de las maniobras retrógradas (ceder deliberadamente lo que se ha conquistado y mantenido con enorme esfuerzo y sacrificio). En términos prácticos significa ceder terreno para ganar tiempo y ahorrar potencia de combate para establecerse defensivamente en mejores condiciones.

Si consigo sostener el frente hasta la llegada del invierno, se abrirá una ventana de oportunidad para reconstituir las fuerzas, aumentar la presión política sobre algunos países europeos que sufren en mayor medida las restricciones energéticas y la crisis económica, y dejar que trabaje el cálculo de intereses de los países donantes que ven dispararse el coste del sostenimiento de un conflicto vicario que beneficia en primer término a otros.

2. Estoy perdiendo la guerra en el sur. No puedo contener el esfuerzo ofensivo ucraniano en todo el frente, desde Lugansk y Donetsk hasta Jersón y voy a sustraer a su acción el mayor número posible de fuerzas pensando en un futuro a medio, largo plazo.

Siendo consciente de que con los efectivos de que dispongo, las condiciones en que se encuentran y mi capacidad logística remanente (personal y material) no puedo ofrecer una resistencia mínimamente creíble. Opto por un repliegue escalonado apoyándome en el Dniéper como obstáculo principal con la intención última de cambiar espacio por tiempo defendiéndome en sucesivas líneas con un número mínimo de bajas, hasta acogerme al territorio nacional de fronteras anteriores a la incorporación de la región de Jersón.

Considero territorio a preservar a toda costa la península de Crimea y el corredor terrestre que me garantiza su aprovisionamiento desde la Rusia continental

En todo caso, considero territorio a preservar a toda costa la península de Crimea y el corredor terrestre que me garantiza su aprovisionamiento desde la Rusia continental. Para lograr este objetivo haré gravitar todo el esfuerzo defensivo sobre la zona citada advirtiendo al mando político ucraniano de que esta es una situación irreversible y que su intento de alteración supondría una guerra total. Este es, evidentemente, un punto sin retorno que de alcanzarse abre un escenario completamente imprevisible. Es probable que de una u otra forma los países que actualmente apoyan a Ucrania, de forma más o menos incondicional, entiendan que este horizonte de sucesos es el único en el que no vale la pena entrar a jugar y convenzan a Ucrania de la bondad de iniciar un proceso de alto el fuego y abrir una mesa de negociación.

En este escenario la certeza de que el esfuerzo bélico que se puede desarrollar es estéril y que puede llevar en su caso más extremo a una derrota humillante obliga a ceder lo que se cree que se puede ceder y fijar un punto de no retorno que de alcanzarse implica directamente a todos los actores en un conflicto incontrolable. En este caso, la conciencia sobre la escasa capacidad de resistencia del ejército de la Federación Rusa es clara y no se quiere poner a prueba más que en último extremo.

3. Voy a asestar un golpe definitivo a la voluntad de resistencia del ejército ucraniano. Me repliego voluntariamente de la margen derecha del Dniéper. Me voy a organizar defensivamente en profundidad como en la finalidad primera, pero voy a ir mostrando de forma sibilina signos de debilidad e inconsistencia en una parte del frente intentando atraer al grueso de las fueras ucranianas hacia esa zona de paso. Una vez que la masa crítica de la fuerza ucraniana se encuentre en una zona de concentración que la haga realmente vulnerable, utilizaré una potencia de fuego devastadora (sin desechar el arma nuclear) para destruir esas unidades y enviar paralelamente un mensaje de determinación más allá de toda consideración ética o moral.

Pretendo con ello mandar un signo inequívoco de emplear todos los medios a mi disposición para impedir la derrota y llegar a una situación de conflicto congelado que me permita llegar a un alto el fuego y una mesa de diálogo en las mejores condiciones. A la vez, envío un mensaje en clave interna que ponga de manifiesto que la Federación Rusa no es tan débil como se hubiera podido pensar y que, en ningún caso, está dispuesta a soportar la humillación que supondría una derrota total en el campo de batalla recuperando así -aunque sea parcialmente- el sentimiento de orgullo nacional.

Este escenario supone la guerra total de facto iniciada a través de una escalada unilateral y que puede tener cualquier final. Supone virar hacia la línea dura y el «cuanto peor, mejor». En este estadio sobra la sobreabundancia de gestos y se impone la reflexión profunda acerca de lo que supondría iniciar un conflicto que nadie podría ganar. Es también, y a diferencia de los dos anteriores, un escenario caótico que impediría a la Federación Rusa un retorno normalizado al modelo de relaciones internacionales vigente convirtiéndose en paria ad infinitum.

¿Y Ucrania?

He aquí el quid de la cuestión. Ucrania ha hecho ejemplarmente los deberes en el plano político y en el plano militar. Ha sufrido un desgaste que, en palabras del general Mark Milley, jefe del estado mayor conjunto de los Estados Unidos es equivalente al de la Federación Rusa: más de 100.000 bajas entre muertos y heridos, pero que resiste de forma encomiable y que tiene una renovada moral de victoria. Ucrania ve continuidad en el apoyo exterior, tanto económico como militar, pero sería insensato no prever que ese apoyo puede comenzar a disminuir y en último extremo cesar en función de la evolución de la situación de acuerdo con los escenarios anteriormente descritos y, especialmente, en función de la creciente contestación interna en algunos estados de la UE y otros reclamando soluciones a una crisis que experimentan en primera persona y de forma creciente.

Es igualmente consciente de la necesidad imperiosa de recuperar todo el territorio posible antes de que el invierno dificulte las operaciones hasta el extremo de hacerlas inviables. Por ello, presionará todo lo posible y en todos los frentes para conseguir su propósito y llegar así, en su caso en las mejores condiciones posibles a un hipotético alto el fuego y una posterior mesa de negociación. 

Lo que sí parece claro es que no estamos alcanzando el fin de conflicto, ni siquiera el principio del fin, sin embargo, en palabras de sir Winston Churchill, sí que es posible que nos encontremos en el fin del principio.


Francisco José Gan Pampols es Teniente General en situación de reserva.