Europa busca a su candidato de consenso para la dirección del Fondo Monetario Internacional (FMI). Ha de ser alguien con peso más allá de Europa y que reúna el consenso suficiente entre los socios de la UE. Francia y Alemania pujan por impulsar a sus favoritos para suceder a Christine Lagarde. Francia, de forma oficiosa, apuesta por la búlgara Kristalina Georgieva (Sofia, 1953), hasta abril directora general del Banco Mundial, y Alemania apuesta por el holandés Jeroen Dijsselbloem (Eindhoven, 1966), ex ministro de Finanzas y ex presidente del Eurogrupo. También compite por el puesto Olli Rehn (Mikkeli, 19629, gobernador del Banco de Finlandia, impulsado por los países nórdicos.

El ministro francés de Finanzas, Bruno Le Maire, coordina esta búsqueda y desempeña el papel de árbitro. Dotes de liderazgo político, conocimiento técnico y grandes dosis de calma y pragmatismo va a necesitar el sucesor de Christine Lagarde, que llevaba en el puesto desde 2011.

El pistoletazo de salida se ha dado este lunes y el objetivo sería contar con un candidato único a finales de semana. Si no hubiera acuerdo, se intentaría cerrar un nombre en la cumbre del G-7 del 24 al 26 de agosto en Biarritz, en Francia. Los candidatos de partida son cinco, incluidos la ministra española de Economía, Nadia Calviño, y el portugués, Mario Centeno, actual presidente del Eurogrupo.

Según Financial Times y Bloomberg, los dos aspirantes del sur habrían sido ya descartados, de acuerdo con fuentes cercanas a la negociación. Sin embargo, un portavoz del Ministerio francés de Finanzas asegura que la carrera sigue igual, con cinco candidatos.

La selección de Christine Lagarde como sucesora de Mario Draghi al frente del Banco Central Europea ha abierto este proceso. Lagarde deja el FMI el 12 de septiembre. Será la primera mujer a cargo del BCE. Fue la gran apuesta del presidente francés, Emmanuel Macron, que así evitó que un alemán, Jens Weidmann, dirigiera la política económica europea. Sin embargo, es alemana la presidenta electa de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen. Llegó incluso a especularse con un cambio, que Draghi se fuera al FMI, pero finalmente no prosperó esta idea. Además, Draghi sobrepasa ampliamente la edad límite: tiene 71 años.

El peso de los ‘fundadores’

En este reparto de los llamados top jobs Francia y Alemania han hecho valer su peso directamente. Los principales puestos han sido para los países fundadores de la UE: Francia (Christine Lagarde, presidenta del BCE); Alemania (Ursula von der Leyen, presidenta de la Comisión Europea: Bélgica (Charles Michel, presidente del Consejo); Italia (David Sassoli, presidente del Parlamento, en la primera fase, y el alemán Manfred Weber al final de la legislatura). España ha ganado peso con la designación del Alto Representante para Política Exterior, cargo que ocupará Josep Borrell. En esta lógica quedarían los Países Bajos (Dijsselbloem). De Luxemburgo ya procedía el presidente saliente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker.

Francia oficialmente no ha defendido a Kristalina Georgieva, quien fue comisaria europea de Cooperación Internacional, Ayuda Humanitaria y Respuesta a las Crisis, de 2010 a 2014, y vicepresidenta de Presupuesto y Recursos Humanos (2014-2016), a cargo del presupuesto de la UE, pero entre bambalinas defiende su candidatura.

Si fuera Georgieva, los países del Este alcanzarían un puesto de gran relevancia. Además, pasaría de una mujer a otra. A su vez, es una candidata que gusta más a los países del Sur que el holandés Dijsselbloem, la apuesta alemana. Como directiva del Banco Mundial, ha creado sólidos lazos con la Administración Trump. Su gran aval es su habilidad para buscar consensos.

El problema con Georgieva es su edad. El FMI tiene vetados a los mayores de 65 años para ocupar su dirección y Georgieva cumple 66 años el próximo 13 de agosto. Habría que cambiar las normas del FMI para que su candidatura tuviera éxito. Francia ha pedido que se introduzca esta modificación, que ha de ser aprobada por los 24 miembros de la institución financiera.

Alemania, su entonces ministro de Finanzas, Wolfgang Schäuble,  ya jugó a favor de Dijsselbloem cuando optó a la presidencia del Eurogrupo a finales de 2012. Cuando optó a su renovación en 2015, se impuso frente a Luis de Guindos, entonces ministro español de Economía en el Gobierno de Mariano Rajoy. Tiene a su favor ser socialista, ya que en el reparto de top jobs quedaron en desventaja. A Dijsselbloem también le ven con buenos ojos los países nórdicos, pero Italia, Grecia, Portugal y España le asocian a las políticas de austeridad posteriores a la crisis de 2008.

El propio presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker, ha pedido perdón recientemente a Grecia. «Siempre he lamentado la falta de solidaridad con la crisis griega», declaró Juncker en Estrasburgo durante su discurso sobre el 20 aniversario del euro: «No fuimos solidarios con Grecia, la insultamos, la injuriamos, y nunca me he alegrado de que Grecia, Portugal y otros países se encontraran así. Siempre he querido que remontaran su lugar entre las democracias de la UE».

Quien pide solidaridad tiene obligaciones. No puedo gastarme el dinero en copas y mujeres, y luego pedir ayuda», dijo Jeroen Dijsselbloem sobre los países del Sur

Sin embargo, Dijsselbloem jamás se excusó por sus declaraciones al Frankfurter Allgemeine Zeitung, en las que arremetía contra los países del Sur. «En la crisis del euro, los países del Norte se han mostrado solidarios con los países afectados por la crisis. Como socialdemócrata, atribuyo a la solidaridad una importancia excepcional. Pero quien la pide tiene obligaciones. No puedo gastarme el dinero en copas y mujeres, y luego pedir ayuda».

Italia y Portugal pidieron su cabeza por esta declaración prepotente, basada en prejuicios y machista. El ministro holandés se limitó a decir que tendría más cuidado. Portugal al menos se pudo sacar la espinita al colocar a Mario Centeno como su sucesor en 2018.

Duopolio anticuado

Desde su creación al finalizar la Segunda Guerra Mundial, el FMI siempre ha estado liderado por un europeo, mientras que al frente del Banco Mundial siempre ha estado un estadounidense. David Malpass, nominado por Trump, fue elegido presidente del Banco Mundial. Como la UE ha cumplido con el apoyo al elegido por Trump, se espera que EEUU también esté de acuerdo con quien propongan los europeos para el FMI. Pero con Trump no hay que dar nada por sentado.

Hasta ahora ha habido 11 directores gerentes del FMI desde el belga Camille Gutt (1946-1951). Cinco de ellos eran franceses, incluidos los dos últimos, el polémico Dominique Strauss-Kahn y Christine Lagarde. Tan solo uno ha sido español, el ex ministro de Economía, Rodrigo Rato (2004-2007).

Sea quien sea el nuevo número uno del FMI, tendrá que afrontar un momento crítico con las guerras comerciales impulsadas por el presidente de EEUU, Donald Trump, en el horizonte. Además, el momento es de mayor debilidad, con la perspectiva de crecimiento más débil desde la crisis, con un 3,2% de previsión de aumento del PIB global este año.

Lo peor que puede pasarle a los europeos es que no se pongan de acuerdo. Hay quienes consideran que este duopolio de Estados Unidos y Europa es anticuado y que debería romperse en favor de candidatos de economías emergentes.

Varios nombres se han manejado en la prensa especializada: desde el ministro de Singapur, Tharman Shanmugaratnam, que puede contar con el respaldo de China y la India, el mexicano Agustín Carstens, al frente del Banco de Pagos Internacionales, o bien el canadiense, con pasaporte irlandés y británico Mark Carney. Pero la Unión Europea tendrá peso si no hay fisuras en quien sea su apuesta final. Y si esa persona cuenta con el visto bueno de Washington.

Según un editorial del Financial Times del 7 de julio, «la economía global está en un punto de inflexión. Las tensiones entre China y EEUU están dañando el crecimiento… El FMI debe preparar su respuesta». Y añadía: «Más importante que la nacionalidad es la habilidad para hacer lo más importante de este trabajo: usar el peso del FMI  para defender una economía global abierta y ayudar a sostener la cooperación global. Esto implica saber cómo manejar una relación compleja con la Casa Blanca».