El manejo de los tiempos en política es importante. Pablo Iglesias no es un gran teórico y tampoco es muy original en sus ideas, pero tiene la astucia del político de la calle, sabe quiénes son sus enemigos y cuáles sus puntos débiles. Es un buen táctico, pero un mal estratega.

El 19 de mayo Podemos y sus confluencias registraron formalmente la moción en el Congreso. Es decir, dos días antes de las primarias del PSOE. El movimiento era la coronación de una campaña de agitación contra la corrupción del PP, calentada previamente por el pasacalles del ‘tramabús’. Aunque el Congreso de Podemos le había salido bien a Iglesias, que derrotó con holgura a Errejón, en la organización se había generado una cierta sensación de reflujo. Sin elecciones a corto plazo, un partido de masas antisistema necesita constantes reclamos para mantener movilizadas a sus bases.

A finales de abril se planteó la posibilidad de presentar una moción de censura. El objetivo era que los ciudadanos visualizaran a Podemos como la única oposición real a Rajoy, toda vez que la gestora socialista había propiciado su investidura como presidente.

Iglesias no logrará lo que sí consiguió Felipe González frenta a Adolfo Suárez: demostrar que es una alternativa de poder real.

Pero la decisión, en efecto, no se llevó a cabo hasta el 19 de mayo. Era una jugada de riesgo, pero ciertamente hábil. Si ganaba Susana Díaz, era la ocasión para demostrar que la nueva líder del PSOE no podía competir con Podemos a la hora de liderar a la izquierda ¿Y si ganaba Pedro Sánchez? Aunque esa era la alternativa menos probable, la moción daba la ocasión a Iglesias de poner al recuperado secretario general socialista contra las cuerdas: si quería distanciarse de la gestora y de lo que representaba la presidenta de la Junta de Andalucía, tendría que mojarse.

La llamada del líder de Podemos a Sánchez, al día siguiente de su victoria, era una trampa bien planeada: “Si presentas tu propia moción, nosotros retiramos la nuestra”. Afortunadamente, el secretario general socialista no le siguió el juego. Iglesias, por tanto, se presenta a la moción sin bazas políticas de sustancia, con las encuestas mostrando una recuperación apreciable en intención de voto del PSOE y con el único objetivo de monopolizar mediáticamente la iniciativa. Es una moción fatua.

El formato de la moción permitirá a Iglesias aparecer en los informativos durante, al menos, 24 horas. Pero no logrará lo que si consiguió Felipe González en su iniciativa contra Adolfo Suárez: consolidarse con claridad como alternativa de poder. En lo que de verdad le interesa al líder de Podemos, que es avanzar en el sorpasso al PSOE, la moción puede considerar antes de comenzar un rotundo fracaso.

El gobierno, acorralado por la corrupción, tiene algunas bazas a su favor: siempre que la alternativa a Rajoy sea Iglesias, el PP tiene las de ganar. El Ejecutivo (intervendrá Soraya Sáenz de Santamaría y probablemente Rajoy) se presentará ante los ciudadanos como la mejor garantía frente al aventurerismo político, como pilar de la unidad de España y como protagonista de la recuperación económica. La vicepresidenta como el presidente son buenos parlamentarios y estarán a la altura de las circunstancias.

Tanto el PSOE como Ciudadanos tienen el papel más difícil, pero también puede que sean los que tengan más que ganar. Para José Luis Ábalos es su bautismo de fuego. Tendrá que mostrarse duro con el gobierno, pero, a la vez, demostrar que el PSOE no le hace el juego a Podemos. Albert Rivera, por su parte, ha asumido la responsabilidad de intervenir en el debate. Tiene sobre su cabeza el sambenito de ser la muleta del PP ¿Puede distanciarse de Rajoy al tiempo que mantiene su pacto de estabilidad?

No espero grandes alteraciones en el tablero político, pero sí consolidación de las tendencias: para desgracia de Iglesias, Sánchez seguirá recuperando voto socialista a Podemos. Rivera tiene la ocasión de arañarle votos al PP.