La tentación de utilizar la bomba atómica ha sido una constante en la política norteamericana desde que Harry Truman decidió lanzar las dos primeras sobre Hiroshima y Nagasaki. Eisenhower se lo planteó durante su mandato para utilizarlas contra Corea del Norte si este país rompía  el armisticio firmado en 1953. Kennedy tuvo sobre la mesa un plan para frenar el programa nuclear chino en 1963, justo un año después de la crisis de los misiles que derivó en el bloqueo de Cuba. Hasta el acorralado Richard Nixon trató de convencer a Henry Kissinger de la conveniencia de usar la bomba en Vietnam.

La diferencia entre las anteriores tentativas -por fortuna fracasadas- y la nueva amenaza que se cierne sobre el planeta es que ahora se encuentran a la cabeza de los países enfrentados dos irresponsables: Donald Trump y Kim Jong-un.

Los acontecimientos se han desarrollado de forma tan rápida como peligrosa. Una semana después de que Corea del Norte hubiese ensayado con éxito el lanzamiento de un misil intercontinental, el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas acordó una serie de sanciones sobre dicho país: quedan prohibidas las compras de carbón, acero, plomo y pescado. La decisión es importante porque implica un posicionamiento claro de Rusia y, sobre todo, de China, aliado estratégico de Pyongyang, contra la carrera nuclear de Kim Jong-un.

A renglón seguido se produjeron las amenazas norcoreanas sobre EEUU y después la respuesta de Trump desde su club de golf en Bedminster (Nueva Jersey):  “Será mejor que Corea del Norte no vuelva a amenazar a Estados Unidos o se encontrará con un fuego y una furia nunca antes vistos”.

Y después llegó la amenaza de Pyongyang de atacar la isla de Guam, donde Kennedy instaló en 1964 una base con bombarderos nucleares y misiles submarinos pensando en frenar  a China.

Inmediatamente después de la escalada verbal, los mercados reaccionaron con miedo, al igual que la mayoría de los ciudadanos y que algunos dirigentes políticos, como el presidente de Corea del Sur, Moon Jae-In, que ha propuesto un rearme de su ejército.

Todo el mundo teme a Kim Jong-un, pero nadie sabe qué piensa realmente Trump. Lo que hay es una gran confusión

Todo el mundo teme a Kim Jong-un, pero nadie sabe qué piensa realmente Trump. Lo que hay es una gran confusión. Mientras el secretario de Estado, Rex W. Tillerson afirmó que los norteamericanos podían “dormir tranquilos”, el secretario de Defensa, Jim Mattis amenazó con “el fin del régimen y la destrucción de sus habitantes” si no se producía un cese en las agresiones verbales.

¿Se plantea seriamente Trump un ataque sobre Corea del Norte o se trata de una de sus fanfarronadas? Cuando pronunció sus palabras sobre la “furia y el fuego” algunos analistas creyeron ver un mensaje meditado, ya que coinciden casi literalmente con las pronunciadas por Truman tras el lanzamiento de Little Boy sobre Hiroshima. Tras llamar a la rendición de Japón, amenazó: “Pueden esperar una lluvia de fuego  y destrucción como nunca antes se ha visto en la Tierra”.

Si realmente Trump se estuviera planteando un ataque sobre Corea, hubiera puesto sobre aviso de su declaración a Corea del Sur o Japón

Pero, si eso fuera así, si realmente Trump se estuviera planteando un ataque sobre Corea, hubiera puesto sobre aviso de su declaración a Corea del Sur o Japón (los dos países aliados de EEUU que quedan bajo la amenaza directa de los misiles norcoreanos). Ni ellos, ni Rusia, ni China estaban al tanto de esa amenaza directa, ni por supuesto, de supuestos planes para atacar Pyongyang.

Los mensajes de Trump hacia Corea han sido, cuando menos, confusos. En su campaña electoral el ahora presidente norteamericano invitó a Kim Jong-un a charlar sobre los asuntos pendientes “tomando una hamburguesa “. Recientemente, la contradicción ha sido el denominador común. Mientras Tillerson asume el rol de hombre bueno, Mattis e incluso el vicepresidente Pence descartan la posibilidad de negociar mientras Kim Jon-un no desista en sus amenazas.

La táctica de Trump, en todo caso, es muy peligrosa. Sus mensajes disuasorios chocan con la arrogancia del líder norcoreano, un gallito por excelencia. Si la amenaza no marca una línea clara, Trump corre el riesgo de que no se le tome en serio. Pero aún es peor si el presidente de Corea del Norte cree que, efectivamente, Estados Unidos prepara un ataque, porque entonces tendrá la tentación de golpear primero.

Según los informes más solventes, Corea del Norte dispone de 60 cabezas nucleares, menos que Israel (80), que Pakistán (140) o que China (260); y, desde luego, muchas menos que Estados Unidos (6.800) o que Rusia (7.000).

No es una buena noticia que Kim Jong-un posea bombas atómicas listas para ser disparadas. Pero es aún peor enfrentarse a un conflicto nuclear preventivo que provocaría un desastre humanitario sin precedentes y nos retrotraería a la guerra fría.

En 1964, Stanley Kubrick estrenó Dr. Strangelove or how I learned to stop worrying and love the bomb (titulada en español: Teléfono rojo, volamos hacia Moscú). Habían pasado dos años desde la crisis de los misiles y el mundo vivía bajo la psicosis de la guerra fría. La cinta narra la historia de un general que se vuelve loco y lanza un ataque preventivo contra la capital rusa. Esperemos que la capacidad de un loco de apretar el botón nuclear siga siendo sólo un reclamo para la ciencia ficción. Pero, por desgracia, esa posibilidad puede convertirse en realidad. Por eso, la mayoría de los pacíficos ciudadanos del mundo no podemos dormir tranquilos. Al menos, mientras Trump y Kim sigan al frente de EEUU y Corea del Norte.