Más que el escenario de un golpe de Estado, el Parlament parecía estar celebrando el Festival de Cannes. No faltaban la alfombra roja de rigor ni el photocall de flashes para recibir a los diputados que llegaban al hemiciclo catalán. Hasta la HBO estaba entre los centenares de medios extranjeros acreditados con el encargo de retransmitir en riguroso directo un presunto golpe de estado.

Las decenas de furgones de los Mossos que tenían rodeado el Parlament y el helicóptero que durante todo el día sobrevolaba el Parque de la Ciudadela añadían más emoción a la cita.

Y como en los grandes estrenos, máxima expectación en los pasillos durante las horas previas. Aunque no estaba muy claro de qué género acabaría siendo el film que se rodaba entre tanta cámara. Si sería un thriller político o una película de acción. ¿Declararía Carles Puigdemont la independencia? ¿Entraría la Guardia Civil a detenerlo? ¿Habría batalla campal en la calle entre policía y manifestantes?

Creíamos los allí presentes que viviríamos un golpe de estado en directo y resultó ser un gatillazo en diferido

Todas esas preguntas se hacían los periodistas que pululaban tensos por los pasillos del Parlament. El de la tele belga explicaba con gesto severo a unos colegas japoneses que a lo mejor los Mossos acababan enfrentándose con la Policía Nacional para proteger al president. Si Puigdemont quería ser el Lluis Companys del 34, Barcelona estaba llena de corresponsales aspirando a ser Hemingway en la España del 36.

Pero esta vez no hubo épica. La película de la declaración de independencia de Cataluña nacida el 10-O resultó ser una de suspense. Literalmente. Porque así fue como quedó la presunta República catalana apenas ocho segundos después de haberla proclamado: suspendida.

Creíamos los allí presentes que viviríamos un golpe de estado en directo y resultó ser un gatillazo en diferido. El president dijo asumir “el mandato” inapelable e irreversible de crear “un Estado independiente en forma de república”. Para segundos después proponer “que el Parlament suspenda los efectos de la declaración de independencia”. ¿Pero ha declarado o no ha declarado la independencia?, pasó a ser la nueva pregunta en los corrillos.

También se vivió como una burla por las miles de personas que esperaban estelada en mano la proclamación de independencia que les habían prometido en el Paseo Lluis Companys.

La prolongación de un caos que tiene en vilo el orden constitucional y muy entretenida a la HBO

En la calle, poco dada a los matices, reinaba la confusión. “Traidor es lo primero que me viene a la cabeza”, decía un chico que minutos antes ondeaba una bandera esperando la declaración de Puigdemont y ahora bebía cerveza apoyado en la entrada de un Donner Kebab con cara de desilusión. Él y su amigo habían hecho 100 kilómetros en coche desde su pueblo para vivir lo más cerca posible del Parlament el del nacimiento de la República Catalana. “Pero tengo que volver a verlo al llegar a casa para enterarme bien”, añade. La hinchada, igual que el Gobierno de Rajoy, necesitaba anoche la repetición de la jugada para confirmar qué ha pasado exactamente.

Esta es la versión posmoderna de desafío al Estado de Derecho con photocall: alfombra roja para una independencia de quita y pon. Luces, cámara y confusión. La prolongación de un caos que tiene en vilo el orden constitucional y muy entretenida a la HBO. A la espera del próximo capítulo, el que protagonizará la respuesta del Gobierno de España.