“Perseguís a la gente de quien dependéis: preparamos vuestras comidas, recogemos vuestras basuras, conectamos vuestras llamadas, conducimos vuestras ambulancias, y os protegemos mientras dormís, así que no os metáis con nosotros”.

Esta frase que tan bien resume el caos que traerá en Cataluña la aplicación del artículo 155 no es de Junqueras, Forcadell ni Puigdemont. No la han dicho Los Jordis en la cárcel, sino Brad Pitt en El Club de la Lucha. Y a falta de que se haga una película sobre el procés, la de David Fincher es lo más parecido que tenemos de momento a una adaptación dramatizada de la independencia de Cataluña.

Los miembros de El Club de la Lucha, igual que los independentistas, están por todas partes. Son bomberos, médicos y controladores aéreos. Son maestros, periodistas y camareros. Y como los seguidores del musculado Tyler Durden, que en la película organizaba peleas clandestinas para afianzar el sentimiento de comunidad de su gente, están dispuestos a hacer saltar el sistema por los aires en nombre de un bien superior.

Cuando lleguen los hombres de negro del 155 a decirles lo que tienen que hacer, los miles de funcionarios favorables al procés planean quedarse cruzados de brazos. Porque el club de la lucha independentista, además de pacifista, está muy bien organizado. Ya están los de Omnium y ANC organizando las cadenas humanas que rodearan la Plaza de Sant Jaume.  Llevan años entrenándose a ver a quién le sale mejor hacerse un Rosa Parks.

En la película de Fincher, con el fin de reventar el sistema capitalista desde dentro, los rebeldes trazan un plan secreto perfectamente coordinado que acababa con el sistema financiero saltando por los aires. La voladura de la Constitución del 78 no ha sido, sin embargo, un movimiento clandestino. Como nadie ha tomado realmente en serio su plan, no les ha hecho falta esconderse. Ni siquiera en el Congreso de los Diputados, donde se han sucedido los gobiernos que han pactado con los que ahora les desafían.

Convencidos de que con pancartas y velitas lograrían separar a Cataluña de España, desde el Govern han ido colocando a la gente necesaria en los puestos estratégicos, preparándose para este momento. En el que el president de la Generalitat declara la independencia y el Estado hace el uso de la fuerza que considere necesario para retomar el control y la legalidad. Qué mejor puesta en escena para el primer mandamiento del procés, ese que reza “esto no va de independencia, va de democracia”, que cuelga de miles de balcones barceloneses. La profecía autocumplida.

La Constitución, desconcertada, ha estado mirando boquiabierta la rebelión del postureo pacifista desde el 1-O. El código penal contempla la rebelión como “alzamiento violento” y como sedición si es “público y tumultuario”. No estaba previsto un alzamiento de gente armada de móviles y buen rollo gritando democracia.

Paso por paso, el plan del club de la lucha independentista se ha ido cumpliendo. Y está a punto de llegar el caos que traerá la aplicación del artículo 155, sobre todo si el jueves se combina con una declaración formal de independencia. Es la siguiente fase.

Y si hay algo peor que el uso de la fuerza para restablecer el orden es que este, como pasó el 1-O, resulte inútil.