El señor Puigdemont se está convirtiendo en una caricatura de sí mismo y corre ya desbocado a destrozar el poco crédito que en el seno de la Europa con memoria de su pasado no tan lejano pueda todavía conservar la opción independentista que él encarna de esa manera enloquecida. No se trata de desmentir aquí todas y cada una de las atrocidades que salen de su boca con el único propósito de llamar la atención de la opinión pública belga, de los diputados del Parlamento europeo o de cualquiera que esté dispuesto a prestar oídos a sus intervenciones.

Ya ha dicho tantas barbaridades, ya ha acusado a España y a sus gobiernos de tantos atentados contra los derechos y libertades ciudadanos sin que de momento haya tenido el menor éxito en su intención de «internacionalizar el conflicto» -una expresión que nos retrotrae a tiempos pasados, y trágicos, en el País Vasco- que ahora se ha lanzado a elogiar a la NVA, el partido flamenco pro nazi para a continuación vincular al Gobierno de Mariano Rajoy con el fascismo imperante en una parte de Europa en los años 30.

Se está comportando como un mal payaso; sus coces contra nuestro sistema democrático no provocan ya más que un decreciente asombro

Se está comportando como un mal payaso de tal manera que sus coces contra nuestro país y contra nuestro sistema democrático no provocan ya más que un decreciente asombro y una cada vez más amplia sonrisa de incredulidad. A este paso va a haber que abrir en los periódicos una sección titulada Las ocurrencias de Puigdemont. Pero, claro, es que este señor, con esta corta capacidad intelectual, con esta ínfima talla moral, con esta impresionante cara dura que pretende hacer tragar a los ex consejeros que se quedaron en España mientras él salía de najas a refugiarse bajo el manto del independentismo flamenco que, en realidad, él lo ha hecho por su bien y que desde allí puede defender mejor la causa del poble catalán con mucha mayor eficacia, este señor pretende ser otra vez presidente de la Generalitat.

Y mientras él fabula y monta como puede ese tipo de espectáculos a que nos tienen acostumbrados aquí las organizaciones callejeras del secesionismo bien regadas con dinero público por la Generalitat, en la Cataluña real se está viviendo una situación de todo punto intolerable en una sociedad libre y abierta como es, o debería ser, la sociedad española en toda la extensión del territorio nacional. Me refiero a la formidable presión que los independentistas están ejerciendo desde hace décadas pero especialmente de 2012 hasta hoy sobre muchos ciudadanos catalanes. Ciudadanos que no se han atrevido hasta ahora a oponerse a la doctrina imperante por la fuerza, porque es la fuerza de la coacción social la forma precisa de violencia que se está ejerciendo impunemente en Cataluña.

Es la fuerza de la coacción social la forma precisa de violencia que se está ejerciendo impunemente en Cataluña

Los alcaldes socialistas son un ejemplo dramático de lo que aquí se afirma: alcaldes que no pueden soportar más y que renuncian a sus cargos en el seno de su partido, que se ven obligados a optar entre seguir ejerciendo el cargo para el que fueron elegidos en su día y la fidelidad a su partido. La crónica que hoy firma aquí Iva Ánguera de Sojo es una escandalosa muestra de un hecho denunciable que se está produciendo en numerosas localidades catalanas.

De lo que se trata es de debilitar la fortaleza de un Partido Socialista que, de acuerdo con los sondeos, está subiendo en intención de voto. Un PSC al que se quiere frágil para que, llegado el momento del recuento de votos y de escaños, los de Miquel Iceta no estén en disposición de imponer condiciones ante un eventual pacto de gobierno con ERC que se sabe vencedor de los comicios. Y que tampoco tenga la fuerza, ni siquiera la fuerza moral, requerida para componer un acuerdo que diera el poder a los partido constitucionalistas.

Pero sobre todo y por encima de todo, de lo que se trata es de imponer a la sociedad en su conjunto una manera de ser y de estar en Cataluña. Esto es autoritarismo en estado puro y tiene infinitamente más puntos de semejanza con la Europa de los años 30 de lo que haya tenido jamás la España salida del pacto de la Transición. Este es el problema de Puigdemont, de Junqueras y de tutti cuanti: que en su intento de descalificar a una sociedad libre y saludable como es la sociedad española, están reflejando en el espejo su propia y amenazadora imagen. ¡Vade retro!