Faltaba un semiótico de guardia en el Tribunal Supremo. Un experto en significantes y significados, símbolos y pragmáticas del texto que descifrara la declaración de Carme Forcadell cuando alegó que la declaración unilateral de independencia que aprobó el Parlament el 27 de octubre tenía solo un valor “simbólico” y carecía de efectos jurídicos.

Para juzgar tales símbolos, el magistrado Pablo Llarena, además de la Constitución, debió tener a mano las tesis del filósofo Ludwig Wittgenstein: “el lenguaje es su uso”. Y de ahí la prisión eludible bajo fianza de 150.000 euros a la presidenta del Parlament. Porque decir que una declara la independencia, sobre todo si es el árbitro de la Cámara de todos los catalanes, y hacerlo pasando por encima de la Constitución, de los letrados del Parlament y la oposición, se parece tanto al uso de declarar la independencia que hace falta un experto para diferenciarlo.

Existe un segundo Wittgenstein, como una segunda Forcadell, ambos alejados de sus tesis iniciales

En realidad, Wittgenstein no siempre pensó así del lenguaje. Forcadell, tampoco. Existe un segundo Wittgenstein, como una segunda Forcadell, ambos alejados de sus tesis iniciales. El austriaco renegó del Tractatus como la indepe catalana lo hizo de la DUI ante el juez. De ahí que ella ahora alegue que tampoco hay que tomarse al pie de la letra la declaración unilateral de independencia ni la Ley del Referéndum, con la que se convocó el 1-O en unas caóticas sesiones los días 6 y 7 de septiembre.

Desobedeció entonces Forcadell hasta cinco veces al Tribunal Constitucional y al Estatut. Ignoró al Consell de Garanties Estatutàries, trámite de obligado cumplimiento para aprobar una ley. Como si los cauces parlamentarios habituales no hicieran falta para quienes aprueban leyes. Al menos, para la primera Forcadell. Para la segunda, solo si son simbólicas.

La primera Forcadell era la que, micrófono en mano, arengaba a los manifestantes el 21 de septiembre delante del Tribunal Superior de Justicia de Cataluña. La segunda Forcadell, la que compareció frente al juez Llarena en el Supremo, “renuncia a cualquier actuación fuera del marco constitucional”.

La primera Forcadell convocó el pleno del Parlament en el que el 27 de octubre el Parlament hiciera la proclamación de la independencia de Cataluña. Actuó en él de maestra de ceremonias, facilitando la tramitación de la DUI y su votación secreta. La segunda Forcadell, sin embargo, aportó pruebas en el Tribunal Supremo para intentar demostrar que el Parlament no actuó en contra de la ley.

El juez Llarena y los semióticos de guardia deberán decidir si juzgan o no como simbólica la proclamación de la independencia

La primera Forcadell decía aquello de “ni un paso atrás” y acusaba a Mariano Rajoy de haber dado “un golpe de Estado de facto” al aplicar el artículo 155. A diferencia de lo que hicieron los exconsellers encarcelados, sin embargo, la segunda Forcadell acata el 155.

El juez Llarena y los semióticos de guardia deberán decidir si juzgan o no como simbólica la proclamación de la independencia. A Carles Puigdemont, que sigue huido y creyéndose president mientras Carme Forcadell reniega de la República Simbólica Catalana, de momento le están juzgando ya los suyos. Sobre todo los que han ido a prisión, en parte, por el riesgo de fuga que él materializa.

Siendo pragmáticos, como recomendaba el segundo Wittgenstein, la República Simbólica de Cataluña ha fracasado. Lo malo es que la crisis profunda del Estado de Derecho a la que ha dado lugar no tiene nada de simbólica. Y esa no la van a arreglar ni los semiólogos ni los jueces.