Estos señores siguen instalados en su fantasía y son incapaces de poner el pie en el suelo. La negociación que han celebrado este lunes los miembros del PdCat con los fugados de Bruselas con la intención de que Puigdemont sea investido presidente no honorífico, sino «presidente legítimo» con mando en plaza pero ejerciendo desde Bruselas con un gobierno en el exterior, y otro gobierno con sede en Cataluña votado en el parlamento catalán y encabezado por un presidente de trapo que cumpla el expediente de respetar la legalidad española, es una idea que sólo ellos, en su delirio, pueden pensar que colaría en el Gobierno de España.

Pero eso es lo que pretenden a juzgar por las palabras ayer del portavoz de las negociaciones. Dijo Eduard Pujol: «Investidura solo hay una y presidencia sólo hay una, la legítima de Cataluña» y apuntó a Puigdemont para ocupar ese cargo. Pues resulta que no va a poder ser, porque el señor Puigdemont no puede ser investido de ninguna de las maneras presidente de la Generalitat sin pasar antes por el juez del Tribunal Supremo instructor de la causa, que decidirá si le autoriza o no a acudir al Parlament. Y, en todo caso, tendría que acudir en persona, ya lo ha explicado el Tribunal Constitucional. Pero, siguiendo la senda del astut Artur Mas, ellos insisten en tratar de engañar al Gobierno y al Poder Judicial buscándose una nueva estratagema: que sea la llamada Asamblea de Electos de Cataluña la que invista a Puigdemont.

La Asamblea de Electos es una réplica de la que crearon los partidos nacionalistas vascos firmantes de aquel inicuo Pacto de Estella

Aquellos dos pactos fueron la repuesta defensiva a la arrolladora respuesta que los ciudadanos españoles habían dado contra el terrorismo de ETA tras el asesinato un año antes de Miguel Ángel Blanco. Los nacionalistas y los proetarras tuvieron miedo de ser derrotados por el Estado democrático español y una de sus reacciones fue esa creación de la Asamblea de Electos Municipales.

La Asamblea de Electos de Cataluña tiene un origen similar: el miedo a que el Estado impida «al Govern o al Parlament ejercer libremente sus funciones». Y su función es, como la Udalbiltza inicial del País Vasco, «asumir la máxima representación legítima soberana e institucional para completar el proceso de independencia», como dice el documento de su presentación en octubre de 2016.

Pero los catalanes han ido mucho más lejos que los vascos porque esta Asamblea, a la que se han apuntado cerca de 4.000 concejales y alcaldes de los más de 9.000 que tendrían derecho a formar parte de esta plataforma, se ha arrogado la potestad de «confeccionar, aprobar y sancionar las normas jurídicas de la nueva legalidad» y de convocar de forma inmediata unas «elecciones constituyentes». Ahí queda eso.

Bien, pues en el imaginario de estos secesionistas, alucinados por la doctrina que emana de sus chamanes, se daría un paso más, y un paso de la máxima importancia: sería esta Asamblea de Electos la que legitimaría a Puigdemont como presidente de la Generalitat y luego, ya el parlamento votaría a ese presidente de andar por casa que cumpliera con la apariencia de legalidad que exigen el Gobierno y los tribunales de Justicia de modo que el 155 quedaría así automáticamente suspendido. Aunque resulte estupefaciente para cualquiera con dos dedos de frente y un mínimo principio de realidad, parece que los fanáticos creen que esa fórmula tan «creativa» y tan rebosante de astucia va a colar.

Creen posible que el Gobierno admita el fraude, sumiso y obediente, y retire el artículo 155

Es decir, creen que es posible que, ante semejante locura, el Gobierno va a admitir el fraude y, sumiso y obediente, va a retirar la aplicación del artículo 155  cinco minutos después de que el «presidente de pega» reciba los votos de la mayoría de los diputados del parlament.  Y ni siquiera eso está garantizado porque los cuatro representantes de la CUP, sin cuyos votos no alcanzan la mayoría,  advirtieron ayer tarde que esa fórmula del nombramiento de Puigdemont por parte de la Asamblea de Electos no les gusta y que, por lo tanto, no se puede contar con ellos, que exigen una investidura canónica de Puigdemont . Así que puede que ni siquiera ese disparate salido de una mente de rebosante fantasía logre prosperar.

Ya no es posible el engaño: habrá 155 mientras la situación política en Cataluña no entre en lo que comúnmente se conoce en el mundo racional como normalidad legalSea como sea, inventen lo que inventen, a este lado de la raya que separa a quienes respetan y cumplen la Constitución de quienes están dispuestos a violarla, la ingenuidad afortunadamente ha desaparecido, esperemos  que para no volver nunca más. Por esa razón ya no es posible el engaño, lo cual quiere decir que habrá 155 mientras la situación política en Cataluña no entre en lo que comúnmente se conoce en el mundo racional como normalidad legal. Entre otras cosas porque si el Gobierno, en una hipótesis inverosímil, aceptara como buena esa situación delirante, que sería fraudulenta de principio a fin, se encontraría con una auténtica rebelión de la opinión pública española.

Lo que pretenden los secesionistas irreductibles de Puigdemont  no va a pasar porque no puede pasar. Y aunque lo intenten, que pueden intentarlo, no les va a servir de nada. Las condiciones están claras: el autogobierno le será devuelto al govern de la Generalitat cuando cumpla la ley, es decir, cuando actúe con respeto al Estatut y a la Constitución. Lo demás es perder el tiempo. Pero el Gobierno no debe tener prisa: fuera de las batallas internas del independentismo alucinado, la administración del día a día en Cataluña va de momento como la seda. Podemos esperar tanto como sea necesario.