La victoria de Vladimir Putin en las elecciones del domingo es incuestionable. Aunque tanto la OSCE como el principal opositor Andrei Navalny, que llamó a la abstención, han acusado al Kremlin de fraude, la verdad es que incluso los críticos reconocen que el triunfo del presidente ruso ha sido aplastante.

La lectura para Europa del putinazo es ampliamente coincidente: la inmensa mayoría del pueblo ruso ha respaldado con su voto las políticas de su líder. Es decir, han avalado la anexión de Crimea, la intervención en Siria e incluso las operaciones de castigo a los espías traidores.

Con Putin seis años más en el poder podemos estar seguros de que la inestabilidad política mundial se incrementará, ya que el nuevo zar no desaprovechará ninguna ocasión para extender sus dominios. La preocupación es perfectamente comprensible en Ucrania, donde ya en una ocasión los tanques rusos merodearon peligrosamente sus fronteras del este.

Ahora bien: ¿se arriesgará Putin a poner en peligro la paz mundial? ¿Le interesa resucitar otra guerra fría con Occidente?

El poderoso ejército que pretende Putin, con capacidad para hacer frente a otras superpotencias como EEUU o China, no se puede sostener sobre una economía débil y una atrasada tecnología

Putin es un político inteligente que sabe distinguir muy bien entre el poder y la apariencia de poder. Sus fanfarronadas tienen un enorme éxito entre la opinión pública rusa, deseosa de recuperar el orgullo perdido tras la caída del régimen comunista. Según una reciente encuesta, el 82% de la población desea que Rusia vuelva a ser una gran potencia. Y Putin le está proporcionando esa sensación. Al menos, en apariencia.

Exhibe la «recuperación» de Crimea como un éxito sin precedentes, al mismo tiempo que pone en valor los eficientes bombardeos de su aviación sobre Siria. Justo antes del domingo anunció que su ejército posee un misil invencible con capacidad para destruir infraestructuras clave en Estados Unidos sin ser interceptado.

Pero una superpotencia militar no se puede construir sobre una economía endeble. El PIB de Rusia es similar al de España y la renta per capita de los rusos es un tercio inferior a la de los españoles (8.000 dólares frente a 25.000 dólares).

Rusia es absolutamente dependiente en tecnología y la promesa de Putin de convertir a su país en un estado autárquico no mejorará su atrasada posición en ese ranking.

Es verdad que la subida de los precios del petróleo (el presupuesto ruso de este año se ha hecho sobre la base de 40 dólares por barril y los precios oscilan en torno a los 60 dólares) va a ayudar un poco a mejorar el precario nivel de vida de los ciudadanos rusos, pero esa mejora de los ingresos no garantiza que puedan compaginarse enormes inversiones militares con más y mejores carreteras y hospitales.

Putin va a medir muy bien hasta dónde puede llegar. Sabe que no puede comprometer a su país en un conflicto bélico largo y costoso (el recuerdo de Chechenia está fresco todavía). Pero no desaprovechará la oportunidad de desestabilizar el proyecto europeo o de meter baza en las elecciones de los países que la incomodan. Eso es todo.

El pueblo ruso quiere recuperar la autoestima pero también necesita vivir mejor. Putin no puede mantener su popularidad sólo sobre la base de su agresividad.