Obama advirtió en 2012 que, si se violaba su línea roja”, que prohibía el uso de armas químicas, se tomarían medidas, pero el uso de armas químicas por parte de Bashar Assad en 2013, no fue finalmente respondido por Estados Unidos. La antigua secretaria de Estado Madeleine Albright se lamentaba recientemente de que el presidente Barack Obama no hubiera tomado medidas después de establecer su línea roja en Siria. Nadie esperaba entonces que Obama ordenara un ataque con fuerza.

Rusia se ofreció a mediar para encontrar una solución pragmática que evitara la anunciada intervención norteamericana, presentándose como adalid de la nueva geopolítica en Oriente Próximo, ocupando el vacío dejado por la entonces dominante influencia norteamericana, que se vio debilitada por su inacción y por la implantación de su estrategia de pivote hacia el Pacifico, interpretada por las potencias pro occidentales del Golfo Pérsico como un abandono del área.

Por qué una intervención

Rusia se presentó a sí misma como un mal menor, para solucionar un problema que se le había escapado de las manos a EEUU. Pero intervenía directamente en el conflicto y bloqueaba en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas cualquier decisión condenatoria contra el régimen de Bashar Assad. Rusia estaba participando en una guerra híbrida, donde las medidas cinéticas, empleo de la fuerza, era tan solo una parte de un bloque mayor que incluía las resucitadas medidas activas.

El objetivo de esas medidas activas es influir en las opiniones y acciones de individuos, gobiernos y público en general. El engaño es la esencia de las medidas activas, y ningún estado había empleado las técnicas de medidas activas de manera tan extensa o efectiva como la URSS, actualmente en forma de guerras de información u operaciones de influencia aplicadas prolíficamente por la Rusia de Putin.

Como nos recuerda un informe sobre Riesgos Globales 2018 del Foro Económico Mundial, la intensificación de políticas duras por parte de las grandes potencias está empeorando las relaciones mutuas a nivel global. Estas potencias son cada vez más asertivas, y el consenso sobre las reglas diseñadas para gobernar las interacciones internacionales pacíficas se desvanece rápidamente.

La herencia de Obama

Estados Unidos estaba cada vez menos dispuesto a actuar, liderando una coalición amplia, como de defensor de las citadas reglas para gobernar las interacciones internacionales pacíficas. Como resultado, las potencias emergentes y resurgentes interpretan que ciertas acciones que violan el derecho internacional, el derecho del mar o el derecho internacional humanitario (Convenciones de Ginebra) pueden alcanzar sus objetivos sin incurrir en costos inaceptables en términos de oposición o de castigo.

Esta es la herencia que había recibido el presidente Trump cuando se produce un ataque químico en Siria, el día 7 de abril de 2018 y Trump advierte a Bashar Assad que pagaría un precio muy alto por este ataque. Trump ha recibido apoyo de un continente –Europa- que hasta ahora había sido muy cauteloso con sus políticas, pero que se siente amenazado por la creciente interferencia rusa por medio de sus viejas “nuevas medidas activas” como envenenamiento de antiguos agentes u “operaciones de influencia”.

Las tácticas rusas

Rusia, como es habitual, y reforzada tras la última cumbre regional con los presidentes Turquía e Irán (tres auténticos campeones de los derechos humanos), ha apoyado al régimen de Bashar Assad, mientras que ponía en cuestión inicialmente la propia existencia del ataque, y ante las evidencias del mismo, su autoría por parte de las tropas fieles a al-Assad, basándose en la teoría de la decisión racional. Las mismas viejas tácticas de medidas activas soviéticas: negar la evidencia, crear realidades paralelas y desacreditar al adversario.

Pero Trump no es Obama, y tiene fama –merecida- de cumplir sus promesas: como hiciera en su momento Ronald Reagan, ha sabido resistir los embates rusos, y ha discutido con el presidente Emmanuel Macron –que también había establecido sus líneas rojas en un ataque con armas químicas, sobre un eventual ataque a Siria. Trump se ha ganado el respeto de la comunidad internacional y Putin ha pasado de ser un “mal menor pero necesario” a ser un “encubridor de dictadores” que tarde o temprano tendrán que ser juzgados por crímenes y de lesa humanidad. La intervención es factible.

Una intervención ‘quirúrgica’

La intervención se ha anunciado como una operación “quirúrgica”, sobre un número limitado de objetivos duros, esencialmente las factorías donde se producen o almacenes de armas químicas.

Por lo que sabemos hasta el momento, se ha tratado de limitar al máximo los eventuales daños colaterales sobre la población civil, y sobre las unidades de la Federación Rusa, para evitar acusaciones de provocación. Se ha buscado y conseguido apoyo de Francia  y Reino Unido. Se han utilizado misiles lanzados desde buques pre posicionados y posteriormente con ataque aéreos de la coalición.

El ataque, en su caso, se ha realizado por sorpresa, una vez desplegados todos los medios, y en principio provocará una respuesta cinética rusa muy limitada. La principal respuesta rusa, en forma de guerra de información, será mucho más intensa.

En el conflicto sirio, el uso de la guerra de información tanto por parte de Daesh, grandes maestros de la propaganda y las operaciones de influencia, como de Rusia, que ha resucitado sus medidas activas de la guerra fría, ha sido al menos tan intensa y determinante como los propios combates sobre el terreno.

Recuperando la iniciativa

Trump, como en su momento hiciera Reagan, trata de recuperar el prestigio y la iniciativa en Oriento Próximo, puestas en cuestión por las políticas de Obama, como en su momento lo fuera por las de Jimmy Carter. El mensaje es muy claro: estamos de vuelta y Rusia ya no es la única solución posible o el mal menor. Esta advertencia está dirigida también a Irán, pero muy especialmente a Turquía: no vamos a consentir genocidios contra el pueblo kurdo.

Igualmente, hay un mensaje dirigido a los países del Golfo Pérsico, y otras naciones como Egipto y Jordania, tradicionales aliados de EEUU. El mensaje en este caso es diferente: no te abandonaremos, pero tienes que cumplir con tu parte; Rusia se ha aliado con tus mayores enemigos, Irán–en el caso del Consejo de Cooperación del Golfo- y Turquía, ahora vista como un sultanato expansivo en Oriente próximo y enemigo acérrimo de Egipto.

Los posibles resultados

Los resultados de una eventual operación militar no van a ser militarmente resolutivos, no es ese el objetivo pues requeriría la presencia de botas sobre el terreno, pero sí serviría para limitar la creciente influencia rusa, evitando su posicionamiento como potencia imprescindible en la zona.

La nueva geopolítica rusa pretende situar a Rusia como potencia dominante en Oriente, con su núcleo en Rusia-Rutenia. El eurasianismo, defendido por geopolíticos como Alexander Dugin, se basa en gran medida en la moderna teoría rusa de la guerra de la información, que a su vez se deriva de la propaganda spets soviética. El modelo es una red euroasiática en oposición a la red atlántica norteamericana, que combine los elementos básicos del postmodernismo estadounidense y el enfoque centrado en la red, con la realidad rusa.

La operación norteamericana anulará los resultados obtenidos por Rusia tras años de operaciones activas. Pondrá a cero el contador. Reagan ya lo hizo. Trump lo ha hecho. La línea roja de la seguridad humana y de la responsabilidad de proteger a su propio pueblo se ha sobrepasado claramente y Trump ha cumplido su palabra.


Emilio Sánchez de Rojas es coronel de Artillería. Analista principal del IEEE del CESEDEN.