Opinión | Series y Televisión Maldito verano

El chiste del hombre blanco

Hannah Hadsby en “Nanette”, el show que triunfa en Netflix

Hannah Hadsby en “Nanette”, el show que triunfa en Netflix

Nadie sale del teatro convertido en mejor persona. Ni de un museo. Ni de una película. Por mucho que hagamos al salir las paces con el mundo. Eso dice Hanna Gadsby, la humorista que se ha convertido en el último fenómeno de la temporada en Netflix con Nanette, su monólogo entre el club de la comedia y la tragedia.

Y como no suele presentarse a ningún monologuista como un hombre heterosexual, por qué habríamos de etiquetar a la gran Gadsby como una cómica lesbiana. La australiana, que pone en pie el teatro de la Ópera de Sidney a rebosar sin más ayuda que la de un micro y sus palabras, no se define como homosexual. Describe su identidad, ante todo, como la de una persona más bien «cansada».

Gadsby se pregunta si tal vez no será suficientemente lesbiana cuando critica la celebración carnavalera del Orgullo LGTBi: «¿Dónde están los gays tranquilos?», cuestiona con sorna ese afán por la fiesta. Diagnosticada con autismo, a la comediante le gusta vestir siempre de un sobrio azul marino y le agobia tanto colorido de la bandera arcoiris.

Nanette se ríe de las etiquetas de género, tanto el humano como el teatral, porque las trasciende. Su show se ha convertido, tras menos de un mes disponible en Netflix, en un éxito internacional porque no es de Hanna de lo que habla, sino de la condición humana. De sus contradicciones y miserias. En setenta minutos se ríe de todo. De sí misma, pasando por Picasso, Trump y Polanski. Y también del humor como coartada para aliviar tensión.

La risa es tan solo la miel que endulza la medicina amarga. La cura está en las historias», sostiene en Nanette

Nació y creció en Tasmania, una isla «en el culo» de Australia en la que la homosexualidad fue considerada un delito hasta 1997. Antes de salir del armario «yo ya era homófoba», reconoce con desgarro. No falta el clásico gag gay de cómo salió del armario ante la familia: «¿Por qué tienes que contarme eso? A lo mejor yo soy asesina, pero no te lo digo», dice que le respondió su madre cuando le contó que le gustaban las mujeres.

Nanette deconstruye la risa hasta llegar a la rabia. Y es con esta cuando llega la catarsis. No es habitual que un comediante reniegue del perverso poder que tiene el humor para quitarle hierro a los asuntos que no nos atrevemos a confrontar: «La risa es tan solo la miel que endulza la medicina amarga. La cura está en las historias», sostiene en el show. Y al llegar la furia el espectador se va preguntando dónde está la gracia. Hay cosas que no la tienen.

Esta «bollera, gorda y fea», como ella misma se describe, reconoce que a menudo al entrar en los sitios la confunden con un hombre y cuenta el apuro de una azafata que, confundida por su aspecto masculino, la llamó señor al embarcar. «No se disculpen. Me encanta que me confundan con un hombre aunque solo sea por unos momentos, la vida se vuelve muchísimo más fácil porque de repente soy… ¡Lo mejor de lo normal! ¡El rey de los humanos! ¡Un hombre blanco hetero!», bromea con los brazos en alto en señal de victoria.

Nanette es la mejor receta para quienes se preocupan por los límites del humor en la era de lo políticamente correcto

Nanette es la mejor receta para quienes se preocupan por los límites del humor en la era de lo políticamente correcto. ¿Es que ya no se pueden hacer chistes de negros, de maricas ni de gangosos? Claro que sí. Otra cosa es que hagan gracia, porque lo que una sociedad considera divertido, igual que lo que considera delito, evoluciona. Los chistes no hace falta prohibirlos porque desaparecen al caducar.

«Es broma», continúa Gadsby. «No me gustaría ser un hombre hetero blanco,  al menos no ahora. Este no es un buen momento por primera vez en la historia para ser un hombre hetero blanco. No querría ser uno ni aunque me pagaran. Aunque si lo fuera me pagarían mucho más…»

«No querría ser un hombre hetero blanco ni aunque me pagaran. Aunque si lo fuera me pagarían mucho más…»

No hay que ponerle límites al humor. Lo que hay es que cuestionarlos. Sobre todo los límites del humor que durante siglos excluyeron de la burla a aquellos considerados normales: los hombres blancos heterosexuales (que no fueran ni gordos ni gangosos ni demasiado incultos ni demasiado pobres). Ahora ellos también entran en el universo de lo etiquetable: «De repente vosotros también sois una subcategoría de lo humano», se compadece Gadsby. Y se imagina la réplica: «No, nosotros inventamos las subcategorías, ¡se suponía que no tendríamos que participar! Somos humano-neutrales». Risas.

Aunque nadie salga de un episodio de Netflix convertido en mejor persona conviene dedicar un rato del verano a ver Nanette. Reír y llorar con ella en su hora y pico de show puede que no haga este un mundo más justo. Pero merece la pena intentarlo por si acaso. Sobre todo si crees que eres una persona normal. O que tal cosa existe.

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