Por primera vez en su historia el PP afronta un Congreso sin cocina previa. A diferencia del cónclave celebrado en Valencia en 2008, en el que las huestes de Esperanza Aguirre amagaron con presentar una candidatura competidora a la de Mariano Rajoy para luego retirarse sin dar explicaciones antes de comenzar la batalla, ahora hay dos candidatos que van a pelear por el liderazgo hasta el último minuto.

Soraya Sáenz de Santamaría ganó la primera vuelta de unas primarias sui generis, que se estrenan precisamente en un momento de retroceso del partido, tras haber perdido el gobierno y con la militancia sumida en una cierta sensación de orfandad tras la precipitada retirada de Mariano Rajoy.  Santamaría recibió el respaldo del 37% de los votantes. Pablo Casado, con el que nadie contaba hace tan sólo un mes, quedó en segundo lugar con un 34% y fue la gran revelación del proceso, pasando a la segunda vuelta, una vez que María Dolores de Cospedal no consiguió apoyo suficiente como para enfrentarse cara a cara con su archienemiga.

La ex vicepresidenta del gobierno ha utilizado su pírrica victoria como argumento para que su contrincante retire su candidatura y ha llegado a hablar incluso de «doble legitimidad» si, finalmente, gana Casado. La forma en que plantea la cuestión explica bien por qué ha concitado tanta animadversión en muchos militantes. La unidad, según su criterio, sólo se puede construir con la puesta en marcha de una lista única, pactada antes de la votación que tendrá el sábado entre los 3.000 compromisarios que acudirán al Congreso. Y, naturalmente, con ella como presidenta. Es como si descartara que el PP pudiera salir reforzado y unido si los compromisarios votan mayoritariamente por Casado.

La apelación de Santamaría a la unidad es poco creíble. Los que han convivido con ella cuando era vicepresidenta han podido comprobar que su forma de entender el poder es tan elemental como implacable: o estás conmigo, o estás contra mí.

El conocido como G-8 (el grupo de ministros que se reunían con cierta frecuencia y cuyo denominador común es que no eran de la cuerda de la vicepresidenta) no se constituyó como un grupo de presión contra Santamaría, sino, más bien, como un comité de autodefensa, dada la forma en que aquella ocupaba parcelas de influencia hasta constituirse en un núcleo de poder autónomo.

«¿Cómo puede apelar a la unidad la protagonista de la mayor división que se haya visto nunca en un Consejo de Ministros?», se pregunta un destacado miembro del G-8.

A Soraya le puede suceder lo mismo que a Bono en el 35º Congreso del PSOE. A veces, en política, pesan más las fobias que las adhesiones

Santamaría debería reflexionar sobre un hecho significativo: todos los candidatos que no han conseguido pasar a la segunda vuelta se han posicionado públicamente del lado de Casado.

A la ex número dos de Rajoy podría ocurrirle lo que a José Bono en el 35º Congreso del PSOE, en el que perdió por sólo 9 votos frente a un neófito como Rodríguez Zapatero porque había muchos delegados que estaban dispuestos a votar cualquier alternativa con tal de que él no saliera elegido.

Habla Santamaría de «coalición de perdedores» para definir lo que podría ocurrir en el Congreso extraordinario este fin de semana. Pero la doble vuelta y la posibilidad de unir fuerzas de diversas candidaturas forma parte de las normas que se ha dado el partido, y a las que ella misma no ha puesto ninguna pega hasta que ha visto que le podían perjudicar.

En democracia, como hemos visto en la moción de censura contra Rajoy, a veces pesan más las fobias que las adhesiones.

El argumento más potente que tiene a su favor Santamaría es la experiencia. Pero esa también es un arma de doble filo. Santamaría ha sido responsable de una gestión que, en sus aspectos puramente políticos, ha llevado al PP a perder casi 4 millones de votos.

Desde luego, lo que no puede esgrimir de ninguna forma es que su victoria supondrá la renovación del Partido Popular.

Santamaría representa la continuidad; Casado, el cambio. Ella dice que ahora toca elegir entre Rajoy o Aznar. Esperemos que el congreso sea algo más que un viaje al pasado reciente o remoto

Dicho todo esto, en su favor hay que resaltar su gran capacidad de trabajo y el hecho de que, a día de hoy, es la mejor parlamentaria con la que cuenta su grupo.

El principal hándicap de Casado es que su intención de dar un sesgo más ideológico al PP escore el partido a la derecha. De hecho, Santamaría ha creído ver en esa posible deriva hacia posiciones más conservadoras el talón de Aquiles de su contrincante. A sólo unas horas de la votación ha lanzado el mensaje de que los compromisarios deciden entre «Rajoy o Aznar«. Ella se presenta como la heredera de Rajoy.

Casado tiene que evitar que el refuerzo de las señas de identidad del PP que pretende no expulse en las futuras citas electorales al votante de centro, que ahora tiene la posibilidad de optar por Ciudadanos.

Ese el mayor riesgo que tiene el triunfo de Casado. Pero su victoria es la oportunidad de poner al frente del partido a una persona que puede trazar su propia hoja de ruta sin grandes lastres con el pasado. Casado es el cambio, mientras que Soraya significa continuidad.

Gane Casado o gane Soraya, lo que espera al triunfador es muy difícil: la integración que habrá que llevar a cabo inmediatamente después del Congreso. El PP no se puede permitir el lujo de una fractura interna. El proceso de primarias nos ha permitido conocer mucho mejor el estado real del partido. No era ni mucho menos esa gran organización que presumía de tener más de 800.000 militantes. Los jóvenes lo han abandonado. El PP necesita una renovación de personas y de mensajes y, sobre todo, cerrar definitivamente la etapa negra de la corrupción.

El Congreso que comienza este viernes es el más importante de la historia del PP, porque es el primero en el que existe un riesgo real de división, de ruptura.

Hay que exigir a los cabeza de lista de las dos candidaturas que asuman su responsabilidad y acepten ponerse a disposición del ganador lealmente para que el resultado final sea un PP más fuerte, más pegado a la sociedad y dispuesto a poner toda su capacidad y talento al servicio de los ciudadanos.