Ahora es cuando empieza de verdad el arduo camino que ha de recorrer Pablo Casado si aspira a no perder para su partido, de entrada, la primogenitura de la oposición y, de salida, un puesto relevante -a poder ser el primer puesto- en las próximas elecciones generales. Y eso es porque su indiscutible victoria en el XIX Congreso Extraordinario del Partido Popular nació con varios frenos de mano activados que han impedido hasta ahora que el nuevo líder pusiera en marcha su estrategia de recuperación de esa formación en términos de apoyo popular pero también de conformidad de sus militantes consigo mismos y con lo que esas siglas representan.

Los primeros frenos se fueron liberando conforme el nuevo presidente fue anunciando la composición de su equipo y, a continuación, cuando se despejó el futuro de la que había sido su apoyo más firme una vez celebrada la primera vuelta de aquellas primarias sui generis: Dolores de Cospedal no concurriría como candidata del PP a las elecciones autonómicas de Castilla-La Mancha y apuntaba así a una retirada de la primera fila de la acción política.

Pero quedaba pendiente despejar el destino de su rival en la carrera por la presidencia y sus intenciones dentro del partido. No era lo mismo que Soraya Sáenz de Santamaría ocupara un puesto relevante dentro de la estructura orgánica del PP que el que no lo ocupara. Y tampoco era lo mismo que fuera promovida a una candidatura de postín como la Alcaldía de Madrid -que, de ganarla, la habría colocado en una situación de poder político muy favorable para medirse de frente con el propio Casado- que el que no tuviera ningún hueco relevante dentro de su partido.

No era lo mismo que Soraya ocupara un puesto relevante, a que no lo ocupara

Esa incógnita no se ha despejado hasta bien entrado el mes de septiembre cuando la propia ex vicepresidenta del gobierno anunció su retirada de la vida política. Seguramente ella no quiso, pero la verdad es que tampoco se le ofreció, ocupar ningún puesto de importancia que estuviera mínimamente a la altura de sus responsabilidades en el gobierno de Mariano Rajoy. Pero mientras Sáenz de Santamaría estuvo ahí, oculta pero presente, sentada en la tercera fila de los escaños populares y sin despejar de una manera definitiva su destino final, el de Pablo Casado seguía amarrado a ese poste y eso, ante los propios afilados del PP y ante los ojos de la opinión pública, le impedía alzar el vuelo.

Liberada esa maroma, aún le quedaba al flamante presidente del Partido Popular un potentísmo freno que no permitía que el vehículo que pretendía pilotar echara a andar con toda la potencia que él fuera capaz de imprimirle: el caso de su máster y la investigación judicial iniciada por la juez de instrucción y elevada al Tribunal Supremo por la condición de aforado de Pablo Casado. Durante todo este tiempo el líder del PP ha sido un político bajo sospecha, y seguramente todavía lo es para algunos, pero ya en mucha menor medida desde el momento en que la Fiscalía del Supremo ha solicitado -en un muy duro escrito contra la juez de instrucción- el archivo de la pieza.

Lo previsible, sería extraordinario lo contrario, es que la Sala de Admisiones del TS decrete el archivo el caso. Sólo entonces Pablo Casado podrá empezar a dar vuelo a la cometa de su partido y sólo a partir de entonces el electorado estará en disposición de calibrar si el nuevo líder conservador tiene o no la capacidad y las aptitudes necesarias para devolver al PP cerca de las posiciones que ocupó no hace tanto tiempo. De momento, y a tenor de los datos publicados en el sondeo de DYM Politicas para El Independiente/Prensa Ibérica, ni siquiera los propios votantes tradicionales del Partido Popular  le conceden apenas crédito: son mayoría quienes califican su liderazgo con un despectivo «regular» y se acerca al 60% el porcentaje de los electores de ese partido que se mueven en una consideración más negativa que positiva del papel desempeñado por él hasta el momento.

El joven presidente del PP es un político bajo sospecha por su polémico máster

Y aún hay más. Es verdad que durante las pocas semanas en las que Casado, un líder demediado por las razones que se han expuesto más arriba, ha ejercido su cargo se ha esforzado por recuperar lo que él ha llamado las «señas de identidad» de su partido y en ese esfuerzo ha dedicado mucha más atención y muchísimos más mensajes al ala derecha del PP que a quienes ocupan posiciones más centradas. Es evidente que durante este tiempo los recados del presidente iban dirigidos a recuperar para el PP a los electores, y probablemente también a los cuadros, de un partido como VOX que, a tenor de los sondeos, podría conseguir una mínima representación parlamentaria en los próximas elecciones. No sorprende, por lo tanto, que sean sus votantes más claramente encuadrados en el sector de la derecha sin matices quienes se muestran mayoritariamente conformes con lo transmitido por Pablo Casado hasta ahora.

Pero, si esa tendencia sigue así, se convertirá en un serio problema para él y para su partido, que se encuentra en este momento con un panorama político insólito hasta la fecha para esta formación: la existencia, tanto a su derecha como a su izquierda, de sendas formaciones dispuestas a arrebatarle los votos de sus antiguos partidarios. Porque, si a su derecha le ha aparecido por primera vez en democracia una formación, como es VOX, con alguna posibilidad de dañar su base electoral, en el centro del espectro político se ha consolidado Ciudadanos que se nutre fundamentalmente de votantes del PP y, en mucha menor medida, de votantes del PSOE.

Esa es la batalla en dos direcciones que está obligado a ganar Pablo Casado si no quiere que su liderazgo se estrene en las próximas elecciones con un fracaso estrepitoso que lastraría de una manera quizá irreversible su ejecutoria y las posibilidades del Partido Popular de recuperar el gobierno de España.

El PP tiene rivales a la derecha y a la izquierda, algo insólito para esta formación

Pero Casado tiene un problema serio y es que las próximas elecciones pueden ser las andaluzas y las siguientes son inexorablemente las municipales y autonómicas que están a la vuelta de la esquina. Pero las perspectivas en Andalucía son más bien de color ala de mosca y en virtud de esa triste realidad los populares sólo aspiran en esa comunidad -de verdad, no en apariencia- a que Ciudadanos no les pase por delante porque si eso llegara a ocurrir el partido llegaría malherido a la siguiente convocatoria electoral del mes de mayo. Y, dado que la duración de lo que queda de legislatura bajo el Gobierno de Pedro Sánchez es una incógnita, el Partido Popular corre el muy verosímil riesgo de llegar sin aliento a la gran y decisiva convocatoria electoral de 2020 o quizá de 2019, eso no se sabe.

Como apunte de su situación actual baste decir que los de Casado no tienen candidatos claros para las grandes capitales españolas, ésas que dan la medida del éxito o del fracaso electoral de un partido, razón por la cual están haciendo sondeos para encontrar los nombres más adecuados, por ejemplo en Madrid, una plaza talismán donde no se han recuperado todavía del golpe que les supuso perder el Ayuntamiento de la capital por sólo 9.000 votos.

Tiene, pues, el líder del PP una titánica tarea por delante que, además de todo lo anterior, incluye obligatoriamente conseguir la recuperación psicológica del partido, traumatizado y con las heridas abiertas por la pérdida abrupta del gobierno de la nación, y la recuperación al mismo tiempo del crédito perdido ante varios millones de sus antiguos electores que se han ido a Ciudadanos o a la abstención a causa de su rechazo a una de estas dos cosas: o a la corrupción de algunos de los suyos pero que ha asolado al partido en su totalidad, o a la política llevada a cabo tras las últimas elecciones por el gobierno presidido por Mariano Rajoy, que ha insatifecho a muchos de sus seguidores.

El único consuelo que le queda a Pablo Casado ante la enormidad de la empresa que a partir de ahora puede empezar a emprender libre de ataduras propias es que tiene sólo 37 años y eso le otorga el plus de entusiasmo, de energía y de fortaleza del que va a tener que tirar muy mucho de hoy en adelante.