El agravio con los hijos, con los niños, siempre ha irritado mucho a la familia, al padre o la madre con carrito o con cenicero de pretecnología o con domingos de rodilla pelada o de comunión de almirante de ultramarinos. En la guardería, en el recreo que es la primera tribu, en la mirada al que tenía un balón homérico o una bicicleta como un tiovivo; en la pelea teológica de los colegios de monjas, donde descubríamos el pecado que tiene siempre la santidad, contra los colegios públicos, donde estábamos los gamberretes que apedreaban a los ángeles y a sus vestales. En todo eso estaba siempre la guerra de los niños, de cabezas abiertas y chiquilla recóndita, y estaba la guerra de los padres, una cosa entre ellos que no tenía nada que ver con el catecismo, el maestro, el fútbol o las raíces cuadradas, sino con su ego vecindón. O sea, que a ver qué vas a decir de mi hijo, vamos.

Esta polémica de los niños andaluces, la derecha clasista y respingona y la madre pata que es Susana tampoco tiene nada que ver con la educación, sino con esa cosa entrañal de la paternidad. La política también es algo paternal, más en Andalucía. Los ciudadanos, hijos de pan y moco, “mi gente” que diría Susana con una contracción religiosa del diafragma, quién se va a meter con ellos, con mis votantes, con mi público, con mis polluelos. La guerra de papá otra vez deja a los niños al margen, con su libro como una lluvia machadiana o su maestro que canta los ríos y las declinaciones, que ya no se cantan. Lo importante no es eso, sino el orgullo dominguero de padre, que siempre es más violento que el domingo salvaje de los chiquillos.

La exministra Tejerina no dijo una mentira, sino una impertinente verdad a la cara de la madre enjarrada que es Susana

La exministra Tejerina no dijo una mentira, sino una impertinente verdad a la cara de la madre enjarrada que es Susana. Sólo tomó los datos del informe PISA, que no es una historia del Rh ni una tabla de diámetros craneanos, sino un estudio sobre la calidad de la educación, y que constataba la diferencia que hay entre el nivel académico de los niños de Andalucía y los de Castilla y León; diferencia medible con la misma regla respetable y pitagórica que colgaba el maestro al lado de la pizarra.

En realidad, ese informe no mide a los niños, y ése es el principal fallo del argumento del insulto de Susana y de los socialistas. Ese informe mide, al contrario, todo lo que no son los niños. Los niños son todos iguales aquí o en Corea. Lo que no son iguales son el sistema, los burócratas, la ley que te pone o te quita asignaturas o reyes o afluentes, los políticos de todos los escalafones, los pedagogos de piscina de bolas, los dineros que hay o faltan o se pierden… Y, claro, la sociedad más o menos pendiente o motivada para una buena educación que se ha construido con todos esos burócratas, leyes, políticos, pedagogos y dineros. Todo es diferente, menos el niño, que sigue sumando con los dedos al norte o al sur.

Los políticos que cuentan o pierden el dinero, que hacen o deshacen leyes quizá pensando más en si los niños y las niñas tendrán el mismo grifo que en cómo se preparen para la vida y la carrera; los políticos que mandan que en la televisión pública salgan chiquillos cantando copla o simulando cofradías, como pequeños enanos de jardín folclórico, o chistosos de la picha y de la taberna; los políticos que desvían dinero público a arrimados y amigotes, los políticos que a lo mejor tienen a su partido gobernando 40 años seguidos; esos políticos son los juzgados por este informe, por otros similares, por la realidad y por la exministra Tejerina, que se metió en una pelea de tendedero, la pobre. Esos políticos, no el niño que se ensucia de témpera y mariposas al norte o al sur.

El miedo a quedar como enemigo de Andalucía, como de Cataluña, ha hecho que incluso el PP andaluz, como otro PSC, repudie a Tejerina, o sea a la verdad

Susana, pues, es la responsable de todo esto, ése es su trabajo, la responsabilidad, no los paseíllos. Pero Susana, como madre ropavejera, aprovecha la crítica, más la crítica molinillo sobre la contumaz ineptitud del socialismo andaluz, para acroquetarla y dejarla en un insulto a Andalucía, a los andaluces y a la madre que nos parió a los andaluces. Es el “contra Andalucía” de Susana, o de Chaves, que recuerda tanto al “contra Catalunya” de Pujol, o al “contra España” de Franco. Yo suelo decir que no hay nada más parecido al pujolismo que el socialismo andaluz. La diferencia es que, habiéndonos hecho a los andaluces igual de sensibles a la tribu y a sus glorias, e igual de ciegos a nuestros defectos, no nos ha hecho igual de ricos que a los catalanes. El miedo a quedar como enemigo de Andalucía, como de Cataluña, ha hecho que incluso el PP andaluz, como otro PSC, repudie a Tejerina, o sea a la verdad. Temen ser expulsados de esa comunidad de sentimentalidad quejumbrosa, como el PSC teme que lo llamen botifler.

Fácil nos inflamamos todos con el agravio, más los andaluces, víctimas de tantos prejuicios y menosprecios. Pero Tejerina no sacó el tópico malaje ni el insulto supremacista, aunque otros, del PP y otras marcas y lugares, sí lo hicieran antes. Sólo sacó datos, como cuando te dan el colesterol, que a ver si ahora va a ser culpa del analista tu colesterol. Sin embargo, a los andaluces nos cogen ya muy quemados de tanto vago de botijo o de vinazo, tanta chacha analfabeta y tanta grasia de echarle guindas al pavo.

Susana se aprovecha del ardor sobrecompensador del complejo (del catalán también se aprovechan los complejos, por arriba o por abajo). Así que el andaluz no se pone a mirar los desconchones del colegio o del hospital, sino esa hundida mina de su orgullo muchas veces machacado. Y responde con un corte de manga, con alguna frase levemente bética o sacando a Lorca o a Juan Ramón Jiménez como muñecos de ventrílocuo que tiene para eso (yo también lo he hecho). Cualquier cosa, antes que quitarnos de encima la verdadera miseria a la que nos han condenado los políticos, no la estadística ni Beatriz Carvajal. Ésta es una guerra de papá, sobre el orgullo y el dinero y los chantajes sentimentales de papá, sea papá Pujol o mamá Susana. El ciudadano, tan niño, aún cae en esa trampa en el recreo o en ese sueño en la nana.