Hasta el 10 de marzo en el Gobierno no se fue consciente de la dimensión sanitaria y política de la crisis del coronavirus.

Hasta entonces, Moncloa había tratado el caso como una «problema sanitario». El ministro de Sanidad, Salvador Illa y el director del Centro de Coordinación de Alertas y Emergencias sanitarias, Fernando Simón, daban ruedas de prensa diarias en las que ofrecían las cifras de la evolución del virus, tratando, eso sí, de no alarmar a la población. Ya hemos hablado aquí de esa ceguera que llevó al propio Gobierno a alentar la manifestación del 8-M. Irresponsabilidad que cada día se constata: ayer fue ingresada la vicepresidenta primera, Carmen Calvo, aquejada de problemas respiratorios. Estuvo en la cabecera de la marcha junto a Irene Montero y Begoña Gómez, también afectadas por el coronavirus.

El gobierno le vio las orejas al lobo cuando salieron a la luz las disensiones con la Comunidad de Madrid. Isable Díaz Ayuso forzó el cierre de los centros de enseñanza, cuando en Moncloa esa orden se consideraba todavía «precipitada».

«Falta liderazgo político», esa fue la conclusión a la que llegó el asesor aúlico del presidente, Iván Redondo, en esa semana crítica en la que todavía el gobierno no era capaz de ver la dimensión real del problema.

La potente maquinaria se puso en marcha:

En primer lugar, Pedro Sánchez debía asumir el papel de «comandante en jefe» de la nación en la guerra contra el coronavirus. Es en situaciones de crisis profundas, como la que estamos viviendo, en las que se consolidan o se arruinan las carreras de los líderes políticos en los países democráticos.

Esa decisión de ponerse al timón de la crisis permitió a Sánchez apelar a la unidad de la Oposición. Es la salud lo que está en juego. No hay margen para la politiquería.

Cualquiera que no entienda eso quedará arrumbado por los acontecimientos. Los ciudadanos quieren ver a todo el mundo arrimando el hombro.

Así, se cambiaron de súbito las relaciones con el líder de la Oposición. De ignorarle o tratarle con desdén, Sánchez ha pasado a hablar casi a diario con Pablo Casado. El líder del PP, como no podía ser de otra forma, le ha brindado su total apoyo. Las negociaciones con la Generalitat, el acuerdo con ERC, han quedado en un segundo plano. La alteración de las prioridades ha dejado en una posición de debilidad a los partidos independentistas y a Torra convertido en un excéntrico egoísta.

El presidente ha asumido el papel de «comandante en jefe» en la guerra contra el virus. La estrategia de comunicación consiste en poner en valor su liderazgo en tiempos de crisis

Pero, para dar credibilidad a esa batalla, y que los ciudadanos no la percibieran como una forma astuta de sacarle partido a un desastre sanitario, había que cambiar completamente el relato sobre la situación. En su intervención en la noche del pasado sábado, Sánchez no tuvo ningún inconveniente en calificar la crisis como «la más grave que ha vivido España tras la guerra civil». Así que hemos pasado de que el coronavirus era como una gripe que iba a afectar a muy poca gente a considerarlo como un terrible enemigo en una guerra casi sin solución de continuidad.

En apenas unos días, el presidente ha aprobado el decreto del estado de alarma y un plan para evitar una recesión económica que movilizará 200.000 millones de euros.

El retraso en la adopción de medidas y en la compra de material sanitario queda así tamizado por esa disposición del presidente a «hacer toco lo que haga falta y cuando haga falta».

Los responsables públicos -secretarios de Estado, ministros, etc.- insisten una y otra vez en sus comparecencias públicas en que el gobierno siempre ha seguido las recomendaciones de las autoridades sanitarias. Es un parapeto frente a los errores de bulto que se cometieron en los primeros días. Pero ahora el Gobierno ha decidido tomar sus propio camino y presume de haber adoptado «las medidas más duras» de los países de nuestro entorno.

El presidente ha visto en esta crisis una oportunidad. El gobierno nos inunda a diario con información y ruedas de prensa. La transparencia siempre es bien valorada por los ciudadanos, sobre todo cuando se vive una pandemia global sin precedentes y sienten miedo.

Sin duda, es pronto para medir el efecto que está teniendo la crisis del coronavirus en la intención de voto. Pero es muy probable que el papel de Sánchez salga reforzado. Siempre, claro, que esta guerra se gane o que no sea demasiado larga y costosa en vidas.