No hay manera de saber con certeza cuantas pruebas de detección del virus se llevan ya realizadas en España pero lo que sí se sabe es que son muy insuficientes. Desde luego, la cifra ofrecida en primera instancia por la directora del Instituto de Salud Carlos III el 21 de marzo pasado, cuando ya la pandemia estaba arrasando España y llevábamos ya una semana de confinamiento, no respondía de ninguna manera a la realidad a menos que ella estuviera contabilizando todos los test que se estuvieran haciendo a los pacientes ya diagnosticados, a los que se les repiten las pruebas tantas veces como sea necesario hasta comprobar en su caso, que han superado la enfermedad y, muy importante, que ya no pueden contagiar a otros.

Porque ésta es la cuestión: cuántas personas hay ahora mismo en España que son portadores del virus pero no han tenido síntomas. Y cuántas están padeciendo la enfermedad recluidas en sus casas porque su estado no reviste la gravedad suficiente como para acudir al hospital, sabiendo como saben que todos están saturados y al borde del colapso. Eso por no hablar de todos los ancianos que han muerto en las residencias de mayores sin haber pasado por el hospital y, por supuesto, sin que se haya podido establecer mediante un test la causa precisa de su fallecimiento. Todas esas personas, y serán seguramente cientos de miles en todo el país si no son millones, no se han sometido a test alguno por la sencilla razón de que el sistema no dispone ahora mismo de un número suficiente de ellos.

Y es precisamente todo ese grupo de población -hablo de los que están vivos- el que constituye un peligro potencial de cara al futuro porque de nada valdría que se consiguiera «aplanar la curva» de contagios si, una vez alcanzada esa meta y despejadas las UCI de todos los hospitales, la gente empezara a salir a la calle sin saber a ciencia cierta si está ya libre de contagiar a otras personas o ignorando en términos absolutos que son portadores de un virus que no se ha hecho presente en ellos porque no les ha producido síntoma alguno pero, que sin embargo, conserva intacta en su cuerpo su potencia de contagio.

Los datos de los test que se hayan podido realizar hasta hoy en toda España no casan porque no hay interés en que se constate hasta qué punto estamos lejos de contar con un instrumento tan esencial e imprescindible

Para eso se necesitan imperiosamente los test que en España no tenemos o no tenemos aún. No tenía razón ninguna la señora María Neira, directora de Salud Pública de la OMS cuando a principios del mes de marzo dijo: «No sería lógico hacer el test del coronavirus a toda la población española». Pues sí, señora Neira, sería muy lógico hacérsela si no a toda la población, a cuantos más mejor porque lo que ya se ha comprobado desgraciadamente es que este virus se propaga de una forma silenciosa pero con enorme facilidad y que durante nada menos que 14 días en que puede no dar la cara en el enfermo portador puede estar contaminando a un número gigantesco de víctimas.

Los datos de los test que se hayan podido realizar hasta hoy en toda España no casan porque no hay interés en que se constate hasta qué punto estamos lejos de contar con un instrumento tan esencial e imprescindible, no sólo para determinar el índice de letalidad real que el virus está teniendo en nuestro país -porque, insisto, hay muchísmos más casos de los que están contabilizados- sino para contener en el futuro un posible segundo brote de esta epidemia.

Para que ese hipotético segundo brote se vuelva a producir, que ojalá no llegue nunca, no hace falta que pasen muchos meses: los expertos no descartan que el coronavirus vuelva a hacer su aparición el próximo otoño. Y para entonces es imprescindible que las autoridades sanitarias sepan ya con un alto nivel de certeza cuánta parte de la población ha desarrollado ya inmunidad al virus y cuánta parte está todavía expuesta a la enfermedad.

Después del fiasco gigantesco de los cientos de miles de test fallidos que fueron comprados por el ministerio de Sanidad pero del que todavía no sabemos el nombre del intemediario que lo hizo posible, y no será porque los periodistas no lo hayan preguntado una y otra vez, después de ese escándalo hay que insistir en la necesidad urgente de que las autoridades sanitarias, sean del Gobierno o sean de las comunidades autónomas, se hagan con un número muy amplio, cuanto más amplio mejor, de pruebas para detectar el Covid-19. Sólo así se podrán combatir a tiempo los posibles focos de propagación porque se haya podido actuar rápidamente.

Cuantos más españoles se sometan a esos test, sean éstos de la modalidad que sean, mejor. Eso es lo que necesitamos imperiosamente, no solamente ahora. A partir de ahora también porque serán nuestra mejor garantía y nuestra más eficaz defensa una vez que regresemos a las calles.