«Noches más tenebrosas que las tinieblas y cada uno de los días más gris que el día anterior. Como el primer síntoma de un glaucoma frío empañando el mundo». En la cinematográfica novela de Cormac McCarthy La carretera, un hombre y su hijo tratan de escapar de un mundo devastado por una catástrofe global. La literatura y el cine nos ofrecen relatos apocalípticos de situaciones aterradoras provocadas, en la mayor parte de los casos, por la codicia o la extrema negligencia del ser humano. «La propia gente se lo había hecho a sí misma», escribe Rachel Carson en Primavera silenciosa, otro célebre relato de un mundo en descomposición, publicado en 1962 en la revista The New Yorker.

El miedo es natural, comprensible e incluso necesario para la supervivencia. El temor a la enfermedad y a la muerte de seres queridos ha existido en todas las etapas históricas, también en el mundo global contemporáneo. La Universidad de Chapman publica una interesante encuesta anual con el título What do americans fear. Se trata de un ranking de los temores de los norteamericanos, en cuyo quinto puesto aparece el miedo a que los seres queridos enfermen gravemente. El reconocimiento de este temor es una respuesta espontánea, perfectamente entendible, aunque la realidad demuestre que, en las últimas décadas, especialmente tras la II Guerra Mundial, el mundo ha mejorado en infinidad de campos, entre ellos los relacionados con la salud.

El miedo a una nueva enfermedad y a sus consecuencias explica que busquemos respuestas en el nuevo orden moral de la sociedad global. La globalización es el resultado de cambios económicos, tecnológicos, culturales, sociales y políticos que han derribado viejos paradigmas y han generado nuevos interrogantes. Un proceso en el que el centro de gravedad se ha alejado progresivamente de Occidente, confirmando el prematuro pronóstico realizado por Oswald Spengler tras la I Guerra Mundial. Westlessness es el ingenioso término utilizado por la Conferencia de Seguridad de Múnich en 2020 para describir esta pérdida paulatina de relevancia del mundo occidental y su sustitución por nuevos enfrentamientos entre potencias con aspiraciones de hegemonía en todos los campos: The Great Power Competition.

La globalización trae consigo también nuevas amenazas y desafíos que, como recoge la Estrategia de Seguridad Nacional aprobada por el Consejo de Ministros en 2017, «se desarrollan en los espacios comunes globales». Entre tales amenazas y desafíos, la Estrategia advierte del riesgo que constituyen las epidemias y pandemias en un mundo globalizado. La conclusión de este punto, redactada en 2017, merece una cita literal: «Es necesario, además de reducir la vulnerabilidad de la población, desarrollar planes de preparación y respuesta ante amenazas y desafíos sanitarios, tanto genéricos como específicos, con una aproximación multisectorial que asegure una buena coordinación de todas las administraciones implicadas, tanto a nivel nacional como internacional».  

China, gran protagonista de ese nuevo orden, es la superpotencia que, al abrirse al mundo, ha generado ese torrente imparable de transformaciones que nos permiten hablar de un cambio de época más que de una época de cambios. «Curiosa paradoja, propia de la argucia de la razón hegeliana», afirma Benigno Pendás, «para el país que construyó la Gran Muralla con el objetivo de evitar los contactos con el extranjero». China es también el origen de la pandemia del Covid-19 que ha impactado violentamente en el corazón mismo de la globalización y que ha hecho descarrilar todo el proceso por la sinuosa pendiente de la incertidumbre.

Esta sociedad global y digital no es peor que la de épocas anteriores. En muchos aspectos es sólo diferente: otros protagonistas, otros valores, otros intereses, otras aspiraciones y otros liderazgos. El mundo globalizado es el escenario de nuevos equilibrios acelerados por la disrupción tecnológica y el desvanecimiento de las fronteras físicas, lo que ha provocado también un cierto desvanecimiento de los principios y de las convicciones.

La globalización es también la extraordinaria velocidad a la que todos los fenómenos llegan en poco tiempo a los diversos rincones del planeta. Todo se hecho viral, hasta los virus. La mundialización del desconcierto es la pandemia de una sociedad desorientada, que se encuentra en el desfiladero de un abrupto punto y aparte en tendencias que hasta ahora parecían imparables.

En medio de todo ello, naturalmente, buscamos nuevos referentes para viejas ansiedades, modelos que aporten consuelo ante el temor a lo desconocido. Los miedos no son nuevos, lo que ha cambiado abruptamente con esta crisis es su magnitud. Lamentablemente, esos referentes no aparecen en la vida pública. En esta crisis el crédito de los dirigentes políticos no ha conseguido romper su tendencia hacia una irreparable erosión; más bien está sucediendo lo contrario. En la hora de la política por antonomasia, nos invade un profundo escepticismo, caldo de cultivo de la antipolítica y de los peores populismos.

Esta sociedad agitada, sin embargo, conserva en su intimidad valores imperecederos, especialmente apreciados en tiempos convulsos. No deja de ser llamativo que en nuestro país las instituciones más valoradas, sistemáticamente, por los españoles sean las Fuerzas Armadas, la Guardia Civil y la Policía Nacional. En Francia, según reiteradas ediciones del barómetro de la confianza política, las instituciones que generan mayor confianza son, por este orden, los hospitales, las pequeñas y medianas empresas y las Fuerzas Armadas. En la última posición aparecen los partidos políticos.

Buscamos nuevos referentes y, tal vez sin ser conscientes de ello, renovamos la confianza en instituciones, principios y valores que no nos han defraudado. Tal vez, sin ser conscientes, aplaudimos a todo ello a las ocho de la tarde y nos resignamos a aceptar que la globalización también era esto.