Los escraches los carga el diablo. Sean del signo que sean. Sean contra el político que sea. Y deberían estar tipificados como delito en nuestro Código Penal.

Sin embargo, aquí, en España, están considerados como una forma de «libertad de expresión». Así lo estableció el juez Marcelino Sexmero al decretar el archivo de la denuncia por amenazas que presentó el marido de Soraya Sáenz de Santamaría tras sufrir un escrache en su domicilio de Madrid el 4 de abril de 2013, cuando era vicepresidenta del Gobierno.

La Fiscalía recurrió el archivo, pero la Sección 16 de la Audiencia Nacional rechazó el recurso, estimando que la concentración delante del domicilio de la vicepresidenta se trató de «un mecanismo ordinario de participación democrática de la sociedad civil… Expresión del pluralismo de los ciudadanos».

Sexmero, en su auto, argumentaba que «el derecho a la intimidad -en personas públicas- cede ante los derechos de expresión y manifestación».

Así que, no se quejen. Porque esas resoluciones judiciales fueron aplaudidas por los denunciados, entre los que se encontraban Jorge Verstringe y Ada Colau (ahora alcaldesa de Barcelona). Verstringe defendió el escrache a Sáenz de Santamaría con una explicación menos sutil que la del juez: «Si a la gente se la trata como a un perro, acaba mordiendo».

Es decir, que a no ser que se produzca una agresión o una amenaza expresa (del tipo, «si sales te matamos») el escrache es una forma de manifestación o concentración perfectamente legal en España. Y a mi eso me parece una barbaridad.

Pero hay personas a las que parece bien. Dar un escarmiento a los ricos nunca viene mal.

Como sucede en estos casos, nada mejor que acudir a los clásicos. En este caso, al portavoz de Podemos en el Congreso, Pablo Echenique. Que ayer, en un tuit para guardar, definió el escrache como «una concentración de gente humilde a la que le han quitado la casa». Eso es una cosa y «otra muy distinta -apunta el fino analista-, una protesta de pijos maleducados y algún otro simpático neonazi».

En resumidas cuentas, para Echenique la Policía debería actuar ya contra las concentraciones ante los domicilios de su jefe de filas, Pablo Iglesias, y del ministro José Luis Ábalos, pero debería permitirlas, si no alentarlas, en las que tienen como objetivo a políticos de la derecha (como Sáenz de Santamaría o similares).

El escrache ha sido recientemente incluido en el Diccionario de la Real Academia Española, que lo define como una «manifestación de protesta contra una persona, generalmente del ámbito de la política o de la Administración, que se realiza frente a su domicilio o en algún lugar público al que debe concurrir».

La Real Academia, como se ve, no distingue entre escraches de derechas y de izquierdas, lo que no le debe parecer bien al portavoz de Podemos.

Pablo Iglesias defendió los escraches como una forma legítima de protesta de los pobres contra los ricos. Ahora le toca probar su propia medicina

Cuando se produjeron los primeros escraches, hace ya siete años, el líder de Podemos los defendió públicamente como una especie de «jarabe democrático», una manera que tenían los pobres de «pedirle cuentas a las élites».

Quien siembra vientos, recoge tempestades. Ahora le toca probar al vicepresidente del Gobierno ese jarabe de palo que le parecía de tan buen gusto cuando se lo daban a probar a otros.

Iglesias se quejó ayer amargamente de la situación que sufre en su chalet de lujo (es curioso que algunos sólo utilicen ese término cuando se trata de políticos de la derecha) de Galapagar. Pero, además de protestar, se ocupó de señalar con el dedo en La Sexta: «Mañana le puede suceder a Ayuso o a Espinosa de los Monteros» ¿Se puede ser más irresponsable?

Vivimos momentos de crispación desconocidos, agudizados por una pandemia que ha causado casi 30.000 muertos y cientos de miles de afectados, y que va a generar la mayor crisis económica desde la guerra civil. El ambiente ya está suficientemente caldeado como para que algunos dirigentes políticos echen más leña al fuego.

La sociedad española debería tomar nota de los dirigentes que ponen sus intereses políticos o personales por delante del interés de la mayoría de la sociedad, y al coste que sea ¡Pongan fin ya de una vez a este bochornoso espectáculo!