Los votos han puesto en su sitio a Podemos en Galicia y en el País Vasco. Como no hay peor cuña que la de la propia madera, quedémonos con la valoración de dos ex dirigentes de la organización sobre lo sucedido. Íñigo Errejón: «Podemos no existe. Ahora se llama UP y tiene los resultados de IU». Ramón Espinar: «Cuanto más poder interno acapara la actual dirección, más desastrosos son los resultados».

Tanto Errejón (que le disputó a Pablo Iglesias el liderazgo de Podemos), como Espinar (ex líder del partido en Madrid) abordan con brevedad y contundencia dos de las causas que han llevado a Podemos al desastre, por ahora, en dos autonomías. Por un lado, la unión con Izquierda Unida -en la que se empeñó Iglesias- hizo perder a Podemos su capacidad para atraer a sus filas a votantes no comunistas, de tal forma que, en lugar de ensanchar su base, la redujo de forma drástica restringiendo su espacio a la izquierda del PSOE. Lo que plantea Espinar tiene que ver con la concepción del partido, que está ligada necesariamente a la unión con IU, a esa especie de vuelta a lo orígenes, no olvidemos que Iglesias procede de ahí, al igual que muchos de los dirigentes de Podemos. Podemos engulló a IU, pero IU impuso su modelo de partido. Una concepción del poder basada en el modelo leninista del centralismo democrático, que no tiene nada que ver con la génesis de Podemos, que fue un movimiento asambleario nacido de las movilizaciones del 15-M. Ahora el partido es más homogéneo ideológicamente y la dirección tiene todo el control sobre la organización. Los disidentes no tienen sitio en esta iglesia. Se van o se le expulsa.

El fracaso no debería haber sido ninguna sorpresa. Estaba ya anunciado en la Tercera Asamblea de Podemos, que ya casi nadie recuerda a pesar de haberse celebrado el pasado mes de mayo, en plena pandemia. Se celebró de manera telemática, y de forma muy discreta, lo que hizo añorar a muchos aquellos primeros años en los que el partido llenaba la plaza de toros de Vistalegre.

Iglesias y su candidatura (Irene Montero, Pablo Echenique, Alberto Rodríguez, Ione Belarra, Isabel Serra, Juanma del Olmo, etc. etc.) obtuvo el 92,2% de los votos. Victoria aplastante que los triunfadores celebraron como un refrendo a su estrategia de entrada en el Gobierno de Pedro Sánchez. Pero a Iglesias y su grupo sólo le votaron 53.167 inscritos, de un total de 516.492 ¡Un 11%! Si el cálculo se hace sobre los inscritos activos (219.158), el porcentaje no mejora demasiado: 25%.

Pablo Iglesias no puede radicalizarse aunque quiera. La permanencia en el Gobierno es ahora el principal activo que le queda a Podemos. Como ocurrió con el impuesto a los ricos, se tragará lo que haga falta

Lo que reflejó esa votación fue la desmovilización de un partido que, poco a poco, había ido perdiendo atractivo. Las luchas intestinas, la falta de democracia interna, la confusión en torno al modelo de Estado, la patrimonialización de la organización por la pareja dirigente, la compra del chalet de Galapagar, etc. Todo eso fue sumando frustración. Pero en el partido ya no había capacidad de respuesta. El dúo Iglesias/Montero convirtió a Podemos en un instrumento de poder personal.

Podemos convocará esta semana una reunión de su Ejecutiva para valorar lo que el propio Iglesias calificó en la amarga noche del 12-J como una «derrota sin paliativos». Dudo que se tomen medidas, al margen de que se hable de autocrítica. Los partidos son remisos a ajustarse las cuentas, sobre todo cuando, como ocurre en este caso, internamente nadie se lo va a exigir.

Al margen del recorrido que tenga la derrota en Galicia y País Vasco para el devenir interno de Podemos, que será en todo caso cosmético, el asunto tiene su importancia para el futuro del gobierno de coalición. En Moncloa no están contentos. No por el tortazo que se ha dado su socio, sino porque de ese desastre el PSOE no se ha llevado ni las raspas. Todo, o casi todo, lo que ha perdido Podemos se lo han comido dos partidos independentistas: el BNG y Bildu.

Eso demuestra el error cometido ya el año pasado por los estrategas monclovitas: el hundimiento de Podemos no implica necesariamente un fortalecimiento del Partido Socialista. Podemos tiene unas bases que conectan mejor con otros movimientos radicales que con un partido de Estado, como es el PSOE.

Así que, en resumen, la coalición ha quedado debilitada, a pesar de que el PSOE gane un poquito en el envite (un escaño). Se darán muchas excusas en Ferraz, muchas explicaciones, el acoso al gobierno, el desgaste por la gestión de la crisis del coronavirus,… Pero la conclusión es evidente: la suma de PSOE y UP pesa ahora menos que antes.

Eso no significa que el batacazo de Podemos (UP) sea una mala noticia para Sánchez. El presidente prefiere un Iglesias débil a su lado que un Iglesias crecido por los resultados electorales.

La cuestión es si esa derrota radicalizará a Iglesias, en busca del voto radical perdido, o bien le adocenará aún más, dado que el Gobierno es el único activo sólido que le queda a la organización.

Un ministro resumía lo sucedido el 12-J de forma drástica: «Se ha demostrado que Podemos es un cascarón vacío». Iglesias sabe que se avecinan momentos duros. Que los presupuestos que tiene en la cabeza el presidente no tienen nada que ver con lo que a él le gustaría. Pero hará de tripas corazón. Después del 12-J a Iglesias sólo le queda una cosa que, ¡ojo!, no deja de ser importante. Cada vez que se mira al espejo lo que ve es la imagen del vicepresidente del Gobierno. Y eso no está nada mal.