Afirma la BBC cuando se escriben estas líneas que Ilhan Omar ha anunciado que está escribiendo los artículos para iniciarle un juicio político a Donald Trump. Eso mientras el edificio del Congreso de los Estados Unidos está ocupado por una marea de partidarios de Trump y el presidente aprovecha para insistir, vía Twitter, en que le han robado una mayoría masiva en las elecciones y en que «ama» a los asaltantes.

Omar, aunque por lo visto no se ha enterado de que Trump ha perdido las elecciones y deja el puesto en un par de semanas, es la representante demócrata en el Congreso de los Estados Unidos por el 5 distrito de Minnesota y miembro del célebre pelotón (squad en inglés)  de mujeres jóvenes situadas en la izquierda radical y, por tanto, la imagen en el espejo o el vaso comunicante en el que se retroalimenta el delirio presidencial.

Normal, la fruición con la que usa el incidente y normal, también, Katty Kay, la presentadora de la BBC, haya perdido durante unos maravillosos segundos la pulcra compostura que es marca de su flemática casa. Difícil saber que le ha provocado más exasperación si el populismo mendaz de Trump y la derecha radical, el populismo cínico de Omar en la izquierda igualmente radical, o el aparente colapso del orden en la capital de los Estados Unidos. 

Estados Unidos es una nación violenta y los estadounidenses un pueblo polarizado

Lo último es lo más atractivo del asunto y lo menos importante. Estados Unidos es una nación violenta y los estadounidenses un pueblo polarizado. En realidad lo de Washington es, cuando se escriben estas líneas, pecata minuta comparado con los sucesos en Seattle o Minneapolis de hace unos meses.

Echando la vista más atrás, durante los disturbios civiles de los 70 hubo que rodear la Casa Blanca de autobuses escolares para prevenir, precisamente, imágenes como esta – lo primero que se van a preguntar los estadounidenses en cuanto digieran el drama es por qué no había un plan de seguridad con suficientes medios para hacer frente a una manifestación anunciada.

Tampoco hace falta rebuscar mucho en la hemeroteca para descubrir recurrentes imágenes del ejercito restaurando el orden público o de milicias armadas campando a sus anchas por las calles inimaginables en cualquier otra democracia avanzada.

Lógicamente, no se trata de minimizar el asunto: presenciar como una horda de energúmenos armados tomar por asalto la sede de la soberanía nacional es una vergüenza y captura perfectamente la tensión política que viven los estadounidenses; pero sí es bueno contextualizar y evitar reacciones hiperventiladas. Estos sucesos no son un golpe de Estado, ni anuncian en sí mismos el fin de la República ni, aunque cueste creerlo, son particularmente anómalas más allá de la localización icónica. 

Más al caso, tampoco sirven para demostrar las presuntas inclinaciones fascistas ni tan siquiera autoritarias del presidente; ya lo verán, se van a aburrir de leer el disparate, aunque sea a todas luces evidente que el asalto al Congreso ha cogido al presidente tan de sorpresa como al resto de nosotros.

Donald Trump es un estafador común que resulta estar instalado en la Presidencia de EEUU, lo que le ha permitido timar a buena parte de la opinión pública

Donald Trump es un estafador común que resulta estar instalado en la Presidencia de los Estados Unidos, lo que le ha permitido timar a buena parte de la opinión pública estadounidense y global – en España, por ejemplo, donde además los secuaces del Timador en Jefe abundan tanto como los cómplices de Maduro, ya ven que tenemos también aquí nuestro vasos comunicantes. Pero Trump no es un fascista, igual que Jack El Destripador no era fascista aunque tuviera una moral reprobable o que Yoko Ono no es fascista por mucho que a uno le gusten los Beatles. Lo que según se mire, es casi más alarmante. 

 Y es que Trump es desde luego el responsable directo, aunque accidental, de los sucesos de Washington. Es legítimo y sensato espantarse cuando presenciamos que un farsante con unas capacidades cognitivas claramente limitadas y una ausencia radical de convicciones – Trump ni siquiera es un fanático, o solo lo es de sí mismo – se las ha arreglado para convencer a un número significativo de sus compatriotas de que de la supervivencia de la democracia en América depende de su supervivencia personal. Ahí es nada. Para empezar, lógicamente, no ha podido hacerlo él solo. 

El deterioro en el respeto a las normas democráticas que ha conducido a este esperpento arranca, como mínimo, en la disputada derrota de Al Gore ante Bush y tanto la retórica como las tácticas que Trump usa ahora son indistinguibles de las empleadas por Stacey Abrams cuando perdió las elecciones a gobernador de Georgia en 2018, o por la izquierda radical a la que pertenece Ilhan Omar cuando Trump logró su victoria hace cuatro años.

Acuérdense de la mani de las señoras enfurecidas o del permanente cuestionamiento de la legitimidad de Trump desde la misma noche electoral. Y tanto Omar como Abrams están instaladas en el panteón de héroes de buena parte del mismo Partido Demócrata que se ha dejado querer por los teóricos de la conspiración que solo se explican los resultados de hace cuatro años involucrando a Putin.  

Aparte del sectarismo partidista, Trump tampoco ha inaugurado la ausencia de escrúpulos a la hora de violar las normas más o menos no escritas que rigen la vida política de las sociedades democráticas – lo que los antiguos romanos y los muy cursis llaman mos maiorum – y que son esenciales para prevenir espectáculos como el que hemos visto en el edifico del Congreso.

En esto el todopoderoso portavoz  de los Republicanos en el Senado Mitch McConnell se adelantó al presidente y McConnell, a su vez, tan solo seguía en la senda desbrozada por Harry Reid, su predecesor demócrata.

Poca sorpresa que Ted Cruz y otros diez senadores republicanos se hayan sumado al tocomocho que se ha montado Trump sobre la validez de las  elecciones. Ya saben, resulta que los bobos que se han dejado engañar por el de Nueva York, luego van y votan. O, más al caso, se cabrean (más) y no votan. Y la honorabilidad está muy bien, pero tampoco es plan de palmar el escaño. 

Los asaltantes al Congreso han decidido que, ante una realidad que les contraría, es preferible refugiarse en el relato, imaginario pero gratificante, que les suminisra Trump

Trump ni siquiera ha sido especialmente innovador en lo que de verdad explica el esperpento de Washington: sustituir la realidad objetiva por el relato gratificante. En los palmarios términos de María Solano, decana de Humanidades y CC de la Comunicación del CEU, los asaltantes del Congreso han decidido que ante una realidad que les contraría, es preferible refugiarse en el relato, imaginario pero gratificante, que les suministra Trump.

La resultante colisión entre realidad imaginaria y realidad objetiva genera frustración, que termina derivando en ira. Y de ahí las imágenes que hemos visto. El presidente es, desde luego, hábil en la táctica, pero la misma es antigua y además está bastante extendida. De Gaulle, por poner un ejemplo al azar, convenció a sus compatriotas de que Francia había ganado la II Guerra Mundial, con un par; y, más cerca, hay quien precisa que le expliquen que la República Catalana no existe.

Ni estos últimos son idiotas, aunque cierto mosso de escuadra se exasperara tanto como Katty Kay; ni lo de Washington ha sido una «insurrección» como afirmaba un visiblemente afectado Joe Biden. Ambos son ejemplos particularmente espectacularizados de onanismo político. Gratificante pero estéril.

Katty Kay, recuperada la flema, ya ha informado de que Nancy Pelosi ha anunciado la reanudación de las sesiones parlamentarias. Lo del Congreso, en sí mismo, no pasa de la anécdota. Gratificante para unos pocos, estéril para todos. Lo peligroso es la suma de los fenómenos que han desembocado en semejante esperpento.


David Sarias es profesor de Historia del Pensamiento Político y Director del Master en Comunicación Social, Política e Institucional en la Universidad San Pablo CEU.