La conmemoración de los 90 años de la proclamación de la II República ha transcurrido con más pena que gloria. El documento tal vez más interesante de la efemérides fue el podcast ideado por Carlos Alsina para Onda Cero, en el que me tocó leer, casi interpretar, un artículo publicado a principios de marzo de 1931 por el diputado socialista Juan Sánchez Rivera en el Heraldo de Madrid.

Lo más interesante de ese artículo es que expresa con nitidez la argumentación de los republicano socialistas para convertir unas elecciones municipales en un plebiscito sobre el modelo de estado. Escribía Sánchez Rivera: «Las elecciones del 12 de abril van a ser las verdaderas cortes constituyentes que decidirán si el pueblo quiere monarquía o república». Luego explicaba el porqué: «Si en las capitales de provincia y las poblaciones importantes son elegidas mayorías republicano socialistas es indudable que la corona tendrá que inclinarse ante este hecho. ¿Por qué? Pues por la razón sencilla de que siendo las capitales de provincia las únicas en las que los electores gozan de verdadera libertad, es en ellas donde puede manifestarse auténticamente la voluntad popular. Los electores rurales, ignorantes, sometidos al cacique, el amo y el usurero, se verán siempre obligados a votar contra sus deseos. En estas elecciones quedará resuelto el enigma de si la opinión pública es monárquica o republicana».

En efecto, las candidaturas republicano socialistas ganaron en las capitales y la II República se proclamó sin que se hubieran contabilizado todos los votos. El debate sobre quién ganó en realidad aún sigue abierto. Pero, como puede comprobarse por ese artículo, a la izquierda no le importaba demasiado el cómputo total de votos, ya que previamente había establecido una doble vara de medir entre el voto urbano y el voto rural, que le daba a aquel una calidad democrática superior al de éste último, basada en un análisis sociológico difícilmente demostrable de forma empírica, pero a todas luces incompatible con lo que significa la esencia de la democracia: un hombre, un voto.

En el fondo, esa diferenciación también estuvo presente en el debate mantenido unos meses después, octubre de 1931, entre Clara Campoamor (Partido Radical) y Victoria Kent (Partido Republicano Radical Socialista). Mientras que la primera defendió en las Cortes el principio de igualdad para defender el derecho al voto de las mujeres, Kent propuso aplazar esta conquista basándose en una supuesta debilidad que hacía a las mujeres más dúctiles a la manipulación y menos libres para expresar sus verdaderos ideales.

La supuesta superioridad moral de la izquierda lleva a algunos líderes como Pablo Iglesias a planteamientos genuinamente antidemocráticos

La izquierda en España presumía de una superioridad moral evidente, casi indiscutible, respecto a la derecha y eso le llevó a mantener unas posiciones tan poco democráticas como las expresadas por Kent o Sánchez Rivera.

Lo increíble es que noventa años después ese prejuicio sigue existiendo y se mantiene como una bandera identitaria. No hay más que ver el vídeo que se hizo grabar ayer Pablo Iglesias (la filmoteca del líder de Podemos es impagable) en la antigua tapia del Cementerio del Este de Madrid, en un acto conmemorativo del noventa aniversario de la II República.

En un lenguaje sencillo y cercano, Iglesias despreció a los que creen que hay que abandonar las trincheras: «Si estas cuñadeces te convencen, tú mismo», sentencia. Nada de equidistancias. Lo que hubo entonces y hay ahora es la lucha de los que defienden los privilegios y los que quieren un «país sin reyes ni ladrones», en una equiparación poco sutil.

«Hay que estar en el lado decente de la Historia» afirma rotundo. Es decir, hay que defender los valores de la izquierda, o lo que él dice que es la izquierda, o bien situarse del lado de la indecencia, o la corrupción.

Lo que propugna el líder de Podemos, ahora en la pelea para «parar el fascismo en Madrid», es una vuelta a los orígenes, un regreso a los años 30, sin pararse un momento a pensar cuáles fueron las consecuencias que acarreó para la inmensa mayoría de los españoles que hubiera líderes como él, tanto en la izquierda como en la derecha, que sólo aceptaban que el suyo era el lado decente de la historia.

Lo que hemos aprendido la mayoría de los españoles, por fortuna somos muchos más, es que la democracia significa aceptar que lo decente es respetar la voluntad de la mayoría, aceptar la diferencia de opiniones y admitir que algunas veces todos nos equivocamos.